EDITORIAL

Prohibido tirar besitos

Tanto cuidado por la inclusión en el Carnaval, y durante el año el Uruguay ostentó el más vergonzante récord de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas. A las preocupadísimas autoridades, ¿no se les ocurre pensar que están poniendo el énfasis en el lugar equivocado?

Alguna vez se ha escrito en esta página que la corrección política es el opio de los progres. La observación vuelve a cobrar relevancia ahora, cuando nos enteramos de que la Intendencia de Montevideo ha decidido cancelar la elección de la reina del carnaval, para que en lugar de ser "un concurso de belleza que fomente estereotipos de género y ejerza violencia simbólica contra las mujeres", se convierta en "una celebración al espíritu solidario y la alegría del carnaval".

Por suerte, en el país de Vaz Ferreira, Real de Azúa y Carlos Maggi, tenemos burócratas que nos enseñan a celebrar las fiestas populares.

Lo que quieren hacer las autoridades ahora es una elección de "figuras", como dice la directora de Cultura de la IM, Mariana Percovich, la misma que hace una semana se mostró complacida de que en Italia se cambiara el final a una ópera clásica, porque para ella era "muy violenta". En esta instancia, como dice con sagacidad el título de la nota de N. González Keusseian, de El País de ayer, "van por la inclusión". Parece que el año pasado, varios centros comunales zonales rechazaron la convocatoria, a pesar de que se había abierto tanto a mujeres como a hombres y personas transgénero. Y este año son siete los comunales que se niegan a este ceremonial calificado como "violencia simbólica".

Es curioso: tanto cuidado por la inclusión en una festividad, y durante el mismo año el Uruguay ostentó el más vergonzante récord de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas. A las preocupadísimas autoridades, ¿no se les ocurre pensar que están poniendo el énfasis en el lugar equivocado? ¿Verdaderamente creen que una muchacha tirando besitos desde una carroza consolida estereotipos de género?

¿Cómo sigue esta cruzada seudomoralizadora? ¿Erradicando a las bailarinas de las llamadas? ¿Prohibiendo las fotos de modelos en la publicidad de lencería? ¿Tapando los pechos de la Venus de Milo, en la reproducción que existe en el museo que está al costado de la misma Intendencia? ¿Y qué harán con el desnudo de Carlota Ferreira en la obra de Blanes "Demonio, mundo y carne", expuesta en el también municipal museo de la calle Millán? ¡Cuánta mojigatería y pérdida de tiempo!

La cultura de los pueblos no nace de una imposición moralizadora de las autoridades. Hay un mesianismo muy típico de la autodenominada izquierda uruguaya, que supone que incidiendo desde el poder en las creaciones artísticas que la gente consume, se logrará modificar sus apetencias culturales, escalas de valores y adhesiones ideológicas. Y no es un invento de unos pocos compatriotas autoerigidos en elite intelectual: es una pretensión histórica de los totalitarismos, muy presente en las políticas culturales aplicadas por Hitler, Mussolini, Franco, Stalin y Mao. Es significativo que tanto Hitler como Stalin proclamaran la necesidad de que el arte reflejara la aspiración de un "hombre nuevo", acrítico y productivo. El primero exigía un arte de masas que difundiera la supremacía racial, regando con ingentes recursos a un puñado de cineastas alcahuetes, mientras los verdaderos artistas huían de Alemania o eran asesinados en los campos de concentración. Stalin, por su parte, mandató a los creadores a adscribirse al realismo socialista, retratando caracteres soviéticos ejemplares ("héroes positivos") y un futuro edulcorado.

En Uruguay, felizmente, los totalitarios son un poco más modestos. Se contentan con incluir en las bases de los certámenes literarios públicos, cláusulas que ofrecen premios especiales a quienes escriban obras promotoras de la diversidad sexual, o a los humoristas que hagan chistes no ofensivos contra sus suegras. Incluso han llegado a condicionar el otorgamiento de subsidios a que los grupos de teatro incluyan en sus repertorios estos mensajes inclusivos. También invitan a los niños a elegir su propio género desde chicos, pero ese es otro tema…

Mientras se aplauden entre ellos por su militancia contra el machismo y la heteronormatividad, se les escapa la tortuga: la violencia de género campea en el país, alcanzando niveles escalofriantes.

Porque los peores flagelos de convivencia que sufrimos, como nunca antes en nuestra historia, no se combaten diciéndole a los artistas lo que tienen que hacer. Solo se erradicarán con un sistema educativo en serio y una política de seguridad severa, esas que vienen brillando por su ausencia en los últimos trece años. Pero claro: están muy ocupados evitando que una muchacha recorra 18 de Julio en una carroza, tirando besitos.

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