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El 24 de febrero (ayer se cumplieron 7 meses) el ejército ruso inició su invasión a Ucrania. Se podía sospechar o se podía venir porque hacía semanas que se registraban intensas movilizaciones militares en las fronteras, aunque Rusia negaba, y negaba una y otra vez.
Vladimir Putin anunció que “he tomado la decisión de una operación militar” para proteger a la “población civil” de la zona de Donbas, un extenso territorio ucraniano donde se encuentran las regiones prorrusas de Donestk y Lugansk, entre otras.
Ese día hubo bombardeos sobre Kiev, la capital de Ucrania, mientras que el ejército tomó el control del aeropuerto de Antonov (situado a 40 km del centro de la capital) y la planta nuclear de Chernobyl.
Putin agregó que no tenía la intención de ocupar a Ucrania, sino “desmilitalizarla” y advirtió a otros países que cualquier intento de intervenir tendría “consecuencias que nunca han visto en la historia”, una amenaza o insinuación de sus armas nucleares que la ha hecho reiteradamente a lo largo del conflicto.
En pocos días, tanques, armamento pesado y un ejército de 190.000 hombres apoyados por el constante bombardeo y el fuego de ametralladoras de los aviones fueron cruzando la frontera y se desplegaron por Ucrania. Todo parecía indicar que aquello iba a ser un simple paseo ruso en forma de exhibición militar que podía demorar no más de 15 días y que el gobierno ucraniano del presidente Volodimir Zelenski iba a hincarse rápidamente ante el poderío de Putin. Ucrania no estaba preparada para una invasión de esas dimensiones y su aparato de defensa militar era cuasi risible ante el número y poderío del ejército de Putin.
Tres meses después (mayo de 2022) más de cinco millones de personas (en mayoría mujeres y niños) habían logrado abandonar Ucrania, en tanto los combates continuaban a lo largo y a lo ancho de ese país. Su ejército plantaba dura batalla en todos los frentes. Se había tomado parte del Donbas y había caído la ciudad portuaria de Mariúpol tras un largo sitio, pero la ofensiva contra la capital Kiev había resultado un rotundo fracaso. Las imágenes de los corresponsales de guerra mostraban cómo peleaban los civiles ucranianos: hombres que sostenían torpemente un fusil, mujeres paradas desafiando a los tanques rusos, niños recogiendo botellas para fabricar cócteles Molotov para lanzar a esos tanques. Sobraba coraje en las calles, porque estaban defendiendo su suelo y su patria ante el invasor.
Siete meses después de la invasión, la gran sorpresa: Putin ha anunciado la movilización de 300.000 reservistas para hacer frente a la contraofensiva de Ucrania que, lentamente y con la ayuda de Occidente, ha ido recomponiendo y armando su ejército. La medida anunciada -que solo tiene el precedente de la Segunda Guerra Mundial con la invasión alemana- provocó manifestaciones de protesta en Moscú, mucha gente que no comprende la razón de la guerra y más de mil personas fueron detenidas en la calles.
Al mismo tiempo, se han agotado los billetes de avión para salir del país, mientras la frase “No quiero morir” se repite una y otra vez. Porque una cosa es defender la patria y otra -muy distinta - es jugarse la vida por una confrontación que no entienden (“esta es una guerra sin sentido”) pese a la masiva propaganda y las prohibiciones de informar que se les ha impuesto a todos los medios independientes.
La movilización de 300.000 reservistas por parte del gobierno de Putin provocó manifestaciones de protesta en Moscú. La gente no comprende el porqué de la guerra y más de 1.000 personas fueron detenidas en las calles.
El almirante Tony Radakin, jefe de Defensa de Reino Unido, afirmaba en la BBC hace un mes que manejaban unas cifras de 50.000 soldados rusos afectados, entre heridos y fallecidos en el conflicto, así como 1.700 tanques, 4.000 vehículos blindados destruidos.
A esta altura, después de 7 meses de una guerra que se pensaba duraría no mucho más de 15 días, el gran tema es cómo se llega a un final que no se vislumbra por ninguna parte. Putin sigue con sus bravuconadas que insinúan el uso de -“llegado el momento”- su poderío nuclear, pero nadie se la cree. Se podrá decir cualquier cosa del líder ruso, pero estúpido no es. De ellas -que son muchas-, nos quedamos con tres:
1) Una paz negociada, con renuncios y sacrificios de ambas partes en sus posiciones y con la mediación de China.
2) La presión del pueblo ruso que ya ha empezado a salir a las calles reclamando paz, puede acelerar la acción de los “amigos poderosos” de Putin. Están perdiendo mucho dinero y no se sabe hasta cuándo ocurrirá eso. Pueden intentar convencerlo o de lo contrario, “sustituirlo”.
3) Hay un vencedor en esta guerra, aunque sinceramente no sabemos quién es y tal vez sea la menos probable.
Así van las cosas.