No hay nada inútil" -postulaba la antigua filosofía helénica. Todo, en efecto, tiene alguna utilidad, tanto en el plano material como en el espiritual. Incluso los trastos más desvencijados pueden ser el punto de partida de algo más presentable o servir de leña para hacer un buen fuego. Lo mismo cabe decir de los personajes más rechazados o de las ideologías más condenables: todo cuanto existe puede cumplir alguna función, ahora o en el futuro, aunque más no sea que para señalar que no debe constituirse en modelo para ser imitado.
Estos escarceos reflexivos acuden a la mente cuando se recuerdan aspectos de la vida cotidiana en la ex Unión Soviética, un régimen despiadado y oscurantista como pocos. Allí, en ese inmenso territorio donde habitaban hombres de todas las razas y culturas, se intentó, sin embargo, inculcar en los estudiantes de todos los niveles normas de conducta que no podemos menos que aplaudir. Más aún, pensamos que muchas de esas normas deberían ser de urgente y necesaria aplicación en nuestra malherida educación.
En verdad, se trata de medidas formales -aunque de raíces conceptuosas por los objetivos que persiguen- pero ¡qué bien vendría aplicarlas en nuestras escuelas, liceos y facultades!
En el libro de Karl Friedrich y Z. Brzezinski "Dictadura totalitaria y autocracia, Ed. Libera, 1955, se recoge la ordenanza del 2 de agosto de 1943 vigente en el imperio moscovita hasta su colapso final.
Veamos algunas de dichas normas:
-El estudiante debe asistir regularmente a las clases y no llegar nunca tarde.
-El estudiante debe obedecer sin discusión las órdenes impartidas por el Director y los maestros o profesores.
-Debe presentarse limpio, bien peinado y vestido correctamente.
-Cuando el docente entra o sale de la clase, el estudiante debe saludarlo poniéndose de pie.
-Al contestar una pregunta o planteo del docente, el estudiante debe levantarse de su asiento y ponerse derecho y sólo se volverá a sentar cuando el docente le dé permiso.
-Debe limitarse a levantar la mano a la espera de la autorización correspondiente para dar una respuesta o hacer una pregunta.
-En la calle, debe saludar respetuosamente a maestros y profesores y, en el caso de los varones, descubrirse la cabeza.
-Debe tratar con cortesía y respeto a los ancianos y comportarse modesta y decentemente en la escuela, la calle y en público.
-No debe decir palabrotas ni juramentos ni fumar ni jugar por dinero o por objetos de valor.
-En el caso de no cumplir estas normas, el estudiante puede ser sancionado e incluso ser expulsado.
Un gremialista uruguayo diría que esta ordenanza soviética era antiestudiantil. Desde su punto de vista, no estaría muy errado. Porque rigió durante casi medio siglo, lapso en el cual el estudiante soviético no oyó hablar -la ordenanza no menciona nada de lo que sigue- ni de peajes, ni de piquetes, paros o huelgas, ni ocupaciones, ni desgremializaciones de estudiantes o de docentes disidentes, ni de pintarrajeadas o grafittis en muros y aulas.
Quizá tenga razón. Quizá este tipo de ordenanza haya acentuado la formación de ciudadanos sumisos la iconización del mandamás, en otras palabras, mitigando la rebeldía, justificando el autoritarismo más crudo, el totalitarismo de la sociedad soviética.
Pero, por otro lado, ¿quién podría negar que el espíritu que inspira esta ordenanza -que no está muy alejado de las normas que forjaron a los abuelos de los actuales estudiantes y sindicalistas uruguayos- debería estar presente en el sistema educativo de nuestros días?
Ni tanto ni tan poco, pues.
También reinaba entre los griegos primitivos la convicción de que la verdad se encuentra en el término medio de dos posiciones extremas.Y refrendaban su pensamiento con una muy sabia consigna: Nada demasiado...