Las políticas de seguridad fueron uno de los ejes de la pasada campaña, con virulentas críticas del Frente Amplio a todo lo que hizo el gobierno de coalición. Por eso, existe enorme expectativa por la gestión que comienza el 1° de marzo, para la cual el presidente electo Yamandú Orsi ha hecho una apuesta muy arriesgada, al colocar al exfiscal Carlos Negro como ministro del Interior.
Apuesta arriesgada no solo por los escasos antecedentes de Negro en materia de manejo de un organismo tan complejo como el ministerio del Interior. Sino por lo que dice a la población y al sistema político que alguien que hasta hace 15 minutos estaba encargado de llevar adelante las acciones penales a nombre de toda al sociedad, pase ahora a ser el ministro político de un gobierno de fuerte tono partidista.
Cuando todavía no ha asumido el cargo, Negro acaba de tener un tropezón que, sin dudas, lo hará comenzar la gestión con el pie izquierdo. Y no hablamos aquí de temas ideológicos.
Resulta que en una entrevista con radio Sarandí, Negro dijo que “lo que se conoce como guerra contra el narcotráfico, está perdida”. Y agregó que “lo que podemos hacer es tratar de controlar un mercado que es tan lucrativo que hace que sea imposible su eliminación”.
Claramente, el futuro ministro no ha entendido el cambio de rol que tuvo al dejar la Fiscalía para pasar a ser el conductor de la política represiva del país. Porque sus palabras lo ponen en un plano de comentarista de la realidad, y no como lo que debe ser en los próximos años: la persona a la que la sociedad entrega la responsabilidad de manejar la fuerza pública. Nada menos que la capacidad represiva del Estado.
Desde ese lugar, Negro es la persona encargada de hacer cumplir y respetar las leyes penales del país. Y esas leyes prohíben el narcotráfico, por lo cual su trabajo es buscar y meter presas a las personas que se dedican a esa actividad ilegal. Los razonamientos profundos, los análisis sesudos y sociológicos, no tienen lugar en el complejo rol que el futuro ministro aceptó en el Estado.
Alcanza imaginarse el impacto que estas palabras pueden tener en los miles de agentes y funcionarios policiales que cada día ponen su vida en riesgo para aplicar las leyes penales vigentes. Y que ahora trabajarán asumiendo que su líder, quien está encargado de dirigir sus esfuerzos, cree que esa tarea no tiene ningún éxito posible.
Aquí es necesario hacer un paréntesis. Desde una mirada liberal completa y consistente, se puede compartir la opinión del futuro ministro. Es verdad que mientras que haya personas interesadas en consumir drogas, y dispuestas a pagar el precio disparatado que ellas valen en un mercado negro, habrá alguien dispuesto a satisfacer esa demanda. En ese sentido, la llamada “guerra contra las drogas” está destinada al fracaso desde su origen, porque no es una batalla policial o represiva. Para que una sociedad tenga éxito en su afán por evitar que las personas tomen la decisión de consumir drogas, la batalla es cultural, es en formación, en valores. Es en aportar a las personas las posibilidades de un desarrollo humano que hagan que el autoinfligirse el daño que siempre implica el consumo de sustancias tan dañinas, no sea una opción apetecible.
Incluso, es discutible hasta dónde eso es responsabilidad de la sociedad como colectivo, y no de las familias y de los individuos.
Pero lo que seguro no corresponde es que alguien que tendrá a su cargo el accionar represivo del Estado haga ese tipo de comentario.
En particular, cuando hablamos de un gobierno electo que ha decidido tomar como bandera partidaria el manejo de la seguridad pública, como lo ha hecho el Frente Amplio. Que ha abusado de las estratagemas políticas más cuestionables, con tal de erosionar la credibilidad del gobierno saliente. Poniendo en duda incluso los datos oficiales en la materia, y asegurando tener el plan perfecto para enfrentar la ola de criminalidad que padece el país.
Pues ahora nos desayunamos que nada menos que la persona encargada de llevar adelante ese proyecto mágico, dice públicamente que no cree que haya solución represiva posible, para el problema que está en el fondo, en la raíz, de toda esa ola criminal que tanto nos afecta.
Se trata de un paso en falso notorio y alarmante de alguien que ni siquiera ha comenzado con su tarea. Y que no brinda augurios de éxito en una misión para la cual su partido aseguró a la sociedad en la campaña, tener todas las herramientas para lograr el éxito que, según ellos, no logró la gestión saliente.