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El encuentro que mantuvo en la estancia Anchorena el presidente Luis Lacalle Pou con un grupo de legisladores norteamericanos, tanto demócratas como republicanos, permitió dar un paso más en la estrategia del gobierno de abrirse al mundo.

Una vez más Uruguay tiene oportunidad para manifestar su interés en abrir sus fronteras y comerciar con quien esté dispuesto a hacerlo. Desde que asumió este gobierno, fueron muy claros los pasos dados por el presidente en esa dirección. Su rol, en ese sentido, es clave. El tema es que solo se lo ve a él en esta estrategia, pese a que es obvio que, por ejemplo, para la preparación de la reunión con los diputados y para su posterior seguimiento, hay un trabajo técnico de la Cancillería que profundiza y maneja los detalles, más allá de la visibilidad del gesto presidencial. Sin embargo eso no se observa con claridad. Al menos no lo ve la opinión pública.

Nada indica que tanto perfil bajo por parte de la Cancillería sea bueno. En una columna publicada en este mismo diario el sábado pasado, el ministro de Defensa, Javier García, insistía en la necesidad de hacer visibles los muchos logros de este gobierno.

Se han hecho muchos avances en poco tiempo. No solo se manejó bien la pandemia sino que gracias a ese manejo y pese a que muchos proyectos se iniciaron con retraso a causa de la emergencia sanitaria, rápidamente se empezó a notar que había un plan de gobierno en ejecución en todos los terrenos. Importa que la población lo vea y lo celebre. Entre los varios logros están los avances en política exterior que por su propia naturaleza suelen ser procesos lentos y tortuosos, pero siguen siendo avances. El interés de la delegación norteamericana tiene que ver con el perfil que viene fortaleciendo Uruguay y que muy bien describen María Eugenia Estenssoro y Silvia Naishat en su libro “Laboratorio Uruguay”.

En momentos en que no cesa la guerra en Ucrania, con todo lo que está en juego, tanto Estados Unidos como Europa necesitan consolidar relaciones con sus aliados, en especial con los países claramente democráticos. Para que ese apoyo sea efectivo, no pueden dejar a sus amigos solos. Si las democracias chicas no encuentran socios comerciales en la naciones democráticas centrales, los buscarán en otro lado. Es el caso de la compleja negociación uruguaya por un acuerdo de libre comercio con China. Sin duda, no se está acordando con una país democrático, en que los ciudadanos gozan de plena libertad y los derechos humanos son respetados. Pero es el que abrió su mercado a la producción uruguaya y al buscar mejores condiciones para hacerlo, Uruguay no intenta concretar una sintonía ideológica con China sino un acuerdo puramente comercial para colocar sus productos.

Eso es algo que por cierto, deben entender las democracias occidentales. Para ello, habrá que ayudarles a que así lo asimilen. También desde Uruguay debe haber un esfuerzo explícito y deliberado, una estrategia bien diseñada desde la Cancillería, para que eso se comprenda.

Uruguay debe ser pragmático en cuanto a sus relaciones de interés comercial y principista en cuanto a sus entendimientos políticos. Relaciones con todos, comercio con los que quieran, pero no necesariamente simpatía política hacia países donde imperan regímenes dictatoriales, liberticidas y violadores de derechos básicos.

Importa tenerlo en cuenta en un momento que algunos países del continente, con los que Uruguay tiene buena relación, pretenden refortalecer Unasur.

Una cosa es la amistad con cada uno de esos países, otra cosa es comerciar con ellos y otra, muy distinta, es ser parte de un organismo de integración regional que demostró ser nefasto.

Más allá de como se defina en los papeles, Unasur fue un club de presidentes amigos y cómplices. No fue un organismo que integraba naciones, con todo lo que ello significa en lo institucional. Eran amigos que se defendían entre sí y que, peor aún, defendían al tirano de turno, Hugo Chávez, que terminó copando un invento que no fue suyo.

Vendrán muchos intentos para seducir a integrarnos a ese organismo. Con buenos modales y elegancia diplomática, Uruguay deberá insistir en que quiere llevarse bien con todos, pero desde su autonomía bien ganada.

En definitiva, si bien siempre hay ajustes por hacer, el manejo que Uruguay ha hecho de sus relaciones con el mundo, es uno de esos logros que hay que mostrar. Y para ello la Cancillería, además del presidente, debe exhibir como trabaja en este tema.

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