En los últimos días se han robado todos los titulares de la prensa regional los feroces ataques del presidente Javier Milei a su colega brasileño, Lula da Silva. También al integrante del Tribunal Supremo de ese país, Alexandre de Moraes. Lo hizo nada menos que durante el acto de lanzamiento del principal candidato opositor en Brasil, Flavio Bolsonaro.
De vuelta en Argentina, y con la sutileza que caracteriza su lenguaje, Milei profundizó en sus palabras, afirmando que Lula “es un ladrón, es un corrupto, fue condenado por ladrón y corrupto, estuvo preso por lo cual también es cierto lo de presidiario y no solo eso, lo liberaron por una falla administrativa del procedimiento, no por ser inocente”.
Desde ya que esto ha generado una fuerte crisis política entre ambos países socios del Mercosur, y a esta altura parece difícil imaginar a los dos mandatarios compartiendo pacíficamente algún foro regional. Y también ha detonado un escándalo mediático, ya que se sabe que para el “sentido común” de la mayoría de los periodistas y analistas regionales, Lula es casi que un dios, y Milei un salvaje neoliberal sin educación.
La realidad es que lo que dice Milei, aunque a muchos moleste, es todo verdad. Lula fue condenado por orquestar un gigantesco esquema de corrupción, que cambiaba licitaciones millonarias tanto en Brasil como en otros países de la región, por dinero para financiar la campaña de su partido. Y fue liberado por un tecnicismo en una votación del Tribunal Supremo apoyada por el juez de Moraes y varios colegas, que ahora mismo están bajo la lupa por recibir dinero y favores de un banquero que quebró dejando un tendal.
Desde ya que un presidente debería tener otras formas, y códigos a la hora de referirse a quien es el representante electo de un país hermano. Pero nadie puede negar los hechos como son. Tampoco se puede negar a esta hora la hipocresía de varios actores que se han mostrado particularmente erizados por estas palabras. En la política y en la prensa.
En la política, por ejemplo, podemos hablar de varios dirigentes de nuestro oficialismo, que suelen hacer gárgaras con la ética y la moral, pero defienden al mandatario brasileño como si no estuviera más que probado que sus gobiernos montaron fastuosos esquemas corruptos.
Casi más grave que esto es lo que ocurre en los medios y entre los analistas. Donde esta pelea se ha robado todos los titulares, pero otra casi tan grave, ha sido sepultada de manera más que sugerente.
Hablamos de la severa crisis diplomática que ha estallado entre Paraguay y Brasil, por declaraciones del propio Lula da Silva, acusando a Paraguay de haber iniciado la trágica guerra de la Triple Alianza.
Una guerra genocida, que fue planificada con años de anticipación por Argentina y Brasil, y cuyo prolegómeno infame fue la invasión a Uruguay de Venancio Flores y sus huestes, para derribar al gobierno democrático y constitucional encabezado por entonces por Atanasio Cruz Aguirre. Y de la cual la “Defensa de Paysandú” liderada por Leandro Gómez ha quedado para la historia como uno de sus momentos más trágicos.
Este doble juego, esta doble sensibilidad falluta, claramente muestra el sesgo que muchos analistas tienen a la hora de juzgar a la política en nuestro continente.
Ahora bien, esto no disminuye en nada lo condenable del accionar del presidente argentino.
No por las palabras en sí, sino por el hecho de haber concurrido a Brasil, en pleno ejercicio de su función presidencial, para participar en un acto político de un candidato.
Es verdad que el propio Lula ha intervenido de forma descarada en la política de países vecinos, y en Uruguay podemos dar fe de ello. Incluso enviando asesores políticos directos a participar de las campañas políticas de Uruguay, Argentina y otros países. O yendo a visitar a su amiga Cristina Kirchner en su prisión domiciliaria, cosa que a Milei la justicia brasileña impidió hacer con Bolsonaro.
Pero hay una máxima, tanto en política como en la vida, de que no se debe hacer a los demás lo que no nos gusta que nos hagan a nosotros. Y si bien la izquierda regional ha hecho una tradición bochornosa el hecho de inmiscuirse en la política interna de los países vecinos, eso no debería justificar lo mismo de quienes con razón la critican por ello.
La autodeterminación de los pueblos, el derecho sagrado a que cada nación resuelva sus debates internos libremente, y sin injerencias externas, es un principio sagrado, que debe respetarse y defenderse siempre. No sólo cuando el que lo hace es un rival ideológico.