Más protestas en Brasil

Por segunda vez en un mes cientos de miles de brasileños salieron a las calles el domingo pasado para protestar contra Dilma Rousseff. Aunque las demostraciones fueron menores que las de marzo pasado, volvieron a reflejar la crítica situación en que se halla el gobierno de Brasilia.

Sin respaldo político en el Congreso, jaqueada por las denuncias de corrupción, la presidenta de Brasil procura enfrentar la crisis económica con unas medidas de ajuste imprescindibles pero que la tornan cada vez más impopular. Tan mal están las cosas que muchos se preguntan si ella logrará salir indemne de estas movilizaciones callejeras y de una coyuntura adversa.

La pregunta es válida si se considera que esto ocurre en los comienzos del segundo mandato de Rousseff quien ganó la elección por leve margen a un candidato opositor, Aécio Neves, que pregonaba la necesidad de hacer un ajuste para salvar al país de la bancarrota. Hoy es la propia presidenta la que comienza un gobierno de cuatro años más con medidas drásticas como recortar subsidios, subir impuestos, reducir beneficios jubilatorios y elevar la tasa de interés para frenar el consumo y contener la inflación.

Si los no votantes de Rousseff están irritados desde hace mucho con sus políticas y en general con las acciones demagógicas del Partido de los Trabajadores (PT) qué decir de los millones de esperanzados brasileños que la apoyaron en las urnas en octubre pasado y hoy deben soportar las austeras recetas de Neves. Unos y otros se unen en las calles para gritar por sus reclamos sin importarles un ápice que desde el gobierno se denuncien estas expresiones masivas como un intento de desestabilización de la democracia brasileña.

Al respecto hay que decir que por ahora solo los grupos más radicales exigen el "impeachment" o juicio político a la presidenta con vistas a su destitución. El resto prefiere manifestar en pro de un Estado más eficiente y honesto, con menos burocracia y sin tantos privilegios para los funcionarios públicos, aunque sin arriesgarse a iniciar un proceso cuyo final luce vidrioso sin Rousseff sentada en la presidencia. En tanto, la situación económica sigue cuesta abajo: la moneda se devalúa, aumentan la inflación y el desempleo, crece la fuga de capitales y Brasil dejó de ser el imán que fue en la última década para los inversores extranjeros.

Terminó la era dorada de los grandes precios para las exportaciones y una coyuntura internacional que parecía tallada a la medida de los gobiernos de izquierda como el de Lula primero y el de Rousseff después, hábiles en distribuir pero no tan eficaces para fomentar la producción y menos aun en su capacidad para sentar sólidas bases de un desarrollo sostenible en el tiempo. Así lo delatan, por ejemplo, los déficits de la infraestructura vial que acosan al país norteño y las carencias en materia de generación energética hoy exacerbadas por una sequía atroz que complica aún más las cosas para el gobierno del PT.

En medio de este panorama las denuncias de corrupción atizan la ira de la gente. El escándalo de Petrobras, la gigantesca empresa que movilizaba la estructura productiva del país, es una saga iniciada años atrás con un negocio en Estados Unidos plagado de gruesas coimas y comisiones ilícitas. Con varios de sus exdirectivos apresados y enjuiciados así como también conocidos ejecutivos de empresas constructoras brasileñas, Petrobras es una palabra que hoy equivale a corrupción, un tizne que alcanza incluso a Dilma Rousseff quien estuvo al frente de la compañía en tiempos de Lula da Silva cuando las irregularidades en la gestión ya eran moneda corriente.

Es que la sombra de la sospecha que desde hace años planeaba sobre el ex presidente, su sucesora y el partido de gobierno, se ha tornado cada vez más espesa a medida que avanzan las investigaciones propiciadas por una justicia valerosa. Una sombra de la que se salvan pocos políticos brasileños pues el esquema de corrupción resultante de la indagatoria revela que aquellas denuncias de soborno a los congresistas en el gobierno de Lula (el "Mensalao") no solo tenían fundamento sino que estaban vigentes hasta la ahora.

De este modo, aquella izquierda distribuidora, igualitarista y generosa que tanta ilusión concitó en Brasil muestra hoy su peor cara ante el pueblo. La gente vociferando en las calles le reclama a Dilma Rousseff, a su equipo y al Partido de los Trabajadores que demuestren que pueden gobernar sin la ayuda de la bonanza internacional que tanto los benefició en años anteriores.

¿Sabrán hacerlo?

Editorial

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

Brasil

Te puede interesar