Mientras el gobierno enfrenta crisis diarias, y en la mayoría de los casos autoinfligidas, el ministro Oddone se dedica a un rol peculiar. Si durante el gobierno anterior, y cuando todavía era un imparcial analista de la realidad económica, Oddone acusaba a Azucena Arbeleche de ser ministra de Hacienda y no de Economía, él ahora como jerarca del Frente Amplio ha asumido un rol más similar al de director de Uruguay XXI.
Es que el principal papel de Oddone hoy parece ser el de hablar por el mundo en busca de inversiones, y de “vender” a Uruguay como una maravilla. Eso mientras las cuentas públicas lucen cada día peores, y desde su propio partido salen propuestas que espantan a cualquiera que tenga un peso en el bolsillo.
Pero en ese rol de seducción, Oddone concedió una entrevista a un canal francés, donde sacó a relucir su tono más “marsellés”. Y dijo que Uruguay comparte con Europa una concepción común de “cómo gestionar la economía, cómo regularla, cómo regular los mercados y cómo combinar las políticas entre el sector privado y el público”. “Uruguay está más cerca de Europa que de EE.UU. en ese aspecto”, afirmó.
Y la realidad es que Oddone tiene razón. Por motivos bastante complejos de enumerar aquí, nuestro país tiene un modelo económico y social muy europeizado. El problema es que allí está buena parte de su sufrimiento actual.
Europa tiene un modelo que implica una alta participación del estado en la economía, con fuertes regulaciones, impuestos altísimos, y niveles de protección laboral y social extremadamente generosos. Este modelo tiene contrapartidas negativas, entre ellas un desempleo estructural altísimo, especialmente entre los más jóvenes, a quienes cuesta mucho insertarse en ese esquema tan riguroso. Tiene también escaso dinamismo económico, y poca innovación, ya que sus regulaciones no son amigables con quien busca arriesgar y experimentar cosas nuevas y disruptivas.
El modelo europeo tiene base en sociedades históricamente ricas, y que además se beneficiaron al menos durante los últimos 60 años de la generosidad de Estados Unidos. Primero con su participación definitoria en la Segunda Guerra Mundial. Luego con el plan Marshall, y posteriormente con el subsidio encubierto a su sistema de defensa. Todo lo que Washington gastaba en presupuesto militar y en bases en Europa, los países del oeste de ese continente lo podían destinar a sus generosos esquemas de bienestar social.
La gran pregunta es si ese modelo es el que mejor le calza a un país de América Latina como el nuestro. Y cuando se analiza los problemas estructurales que tiene Uruguay, es fácil ver que no.
Uruguay está inserto en una realidad muy distinta a la Europa. Es un país casi sin inversión propia, alejado de los países centrales, y con un mercado interno chico, pobre, y poco atractivo al exterior.
Su sistema de integración regional, el Mercosur, está lejos de ofrecer las certidumbres que puede brindar la Unión Europa en cuanto a mercados externos seductores para la inversión.
Tiene además, una carencia crónica en materia de crecimiento, que hace que en las últimas décadas no logre pasar del 1% anual. Y muestra una sociedad envejecida, con una desigualdad creciente en materia de formación de sus recursos humanos, y con amplias capas de los sectores más jóvenes que no logran insertarse en la economía productiva.
Es además, aunque no lo muestre así su demografía humana, un país joven, con apenas 200 años de vida independiente, y todo por hacer. Mucho más parecido en ello a Estados Unidos que a Europa.
Esto muestra varias cosas. Primero, que Uruguay necesita un verdadero shock de crecimiento para poder simplemente mantener sus estándares de vida históricos. Y que no tiene el capital propio, ni un mercado interno con la escala para generar ese crecimiento. Por lo tanto, la principal urgencia para Uruguay es atraer capitales de fuera, y mostrarse como un país abierto, con regulación inteligente y que no desaliente a la inversión de riesgo. Porque en nuestro continente toda inversión es, al final del día, de riesgo.
En pocas palabras, lo que necesitamos es una economía que se parezca más a la de los países más dinámicos. Para usar la ineludible terminología futbolera, una estrategia de propuesta, de riesgo, de avance. Simplemente porque no tenemos los jugadores para hacer planteos a la europea. Claro que eso es difícil de ver por quienes tienen los ojos clavados en París, aunque vivan en el último rincón del sur de América.