El 15 de febrero se cumplieron veinte años de gobierno del Frente Amplio en la capital. Han sido años de retroceso continuo en la prestación de los servicios a cargo del gobierno departamental, y si bien es verdad que los resultados electorales marcan una pérdida de apoyo en la población -como bajó también la votación al Frente en todo el país- todavía la izquierda mantiene una mayoría que hace pensar que Montevideo se ha convertido en un bastión inexpugnable para la coalición.
Si fuera así -habrá que ver qué sucede en mayo- las causas no pueden encontrarse en la conformidad de la gente con la gestión, sino en votos sentimentales. Puede pensarse que fue un fracaso la separación en el tiempo de las elecciones departamentales, pues más que atender al estado de la ciudad o al manejo de su gobierno, los electores votan simplemente por mística frenteamplista. Puede pensarse que esa mística predomina sobre la realidad de la mugre, del estado del pavimento, de la oscuridad de las calles, del imperio de los hurgadores amparados por una permisividad insólita a la conducción de los carros por menores que no respetan regla alguna ni de circulación ni de habilitación reglamentaria y que constituyen, además de la impresión deplorable de su quehacer, un peligro constante de causa de accidentes.
Puede pensarse que esa mística vale más también que la desaparición de expedientes con observaciones al presupuesto, o de los abusos y omisiones conocidos en los casinos municipales. Puede pensarse, en fin, que el objetivo de la gente es el de conceder impunidad política de por vida a las presiones tributarias asfixiantes para todos, sin la contrapartida de una acción administrativa mínimamente decorosa, todo ello para pagar sueldos exorbitantes para la función pública. Y además, para perder juicios por cifras multimillonarias, con costas y costos, que han sido la consecuencia de graciosas concesiones otorgadas al sindicato en convenios que no podrían entenderse sino bajo el supuesto de una irresponsabilidad virtualmente infantil o demostración de incapacidad alarmante de las jerarquías.
Pero no hay poder absoluto y el de la mística también reconoce límites. Por ello no es descartable de antemano que las elecciones montevideanas de mayo sean diferentes. No vamos a abundar sobre el proceso tortuoso que culminó en la candidatura de Ana Olivera. Ello podría determinar que sin negarle el apoyo porque se juegan su propia existencia política, el Frente Líber Seregni (socialistas, nuevo espacistas, astoristas y la lista 708) se lo retacee, por cuanto, con la Intendencia en la mano, y el MIDES, el Partido Comunista puede convertirse en una fuerza considerable, aún para el MPP, que razonablemente se supone topeado en sus rentas electorales.
Los partidos de oposición no han entendido aún que enfrentar a una coalición con otra coalición en lugar de hacerlo por separado, es la manera de llegar al poder. En su lugar, debe admitirse que el presentar dos candidatos por cada Lema, fue un acierto. En lo que al Partido Nacional refiere, la inexperiencia política de Javier de Haedo puede verse compensada con sus valores como técnico en administración, que no se discuten, condición que les faltó tanto a Vázquez como a Arana y a Ehrlich y además por el apoyo que le pueden prestar las listas que comandan Jorge Gandini y Javier García, que conocen el departamento y que saben trabajarlo.
En contrapartida, la UNA eligió muy bien su candidatura en la persona de Ana Lía Piñeyrúa, que además del respaldo de la estructura del lacallismo en Montevideo, que es fuerte y sólida, aporta ella misma una trayectoria política destacada, y es mirada con simpatía.La campaña recién empieza, y las condicionantes en cuyo marco se ha preparado, llevan a pensar que tal vez la oposición -no en su conjunto como pudo ser- podría darle un dolor de cabeza a este oficialismo desgastado por su mala gestión además de sus purgas internas, como lo admiten y se lo reprochan sus propios actores políticos.