En muy completo artículo publicado este domingo por la sección Qué Pasa de El País, profundizó en el tema que hoy genera más preocupación a los uruguayos. Hablamos de la cantidad de gente viviendo en la calle y consumiendo drogas de manera frenética, que se percibe sobre todo en la zona metropolitana. La pieza no sólo daba un contexto fundamental al problema que todos vemos a diario. Sino que lo contrastaba con lo que ocurre en la región, dejando una conclusión tan dolorosa como ineludible: que si bien el fenómeno se da en otros lados, en Uruguay (y sobre todo en Montevideo) ocurre con una intensidad mayor que en otros países.
Esta conclusión nos obliga a mirarnos al espejo, y hacernos algunas preguntas incómodas. La primera, por qué si Uruguay lleva casi 25 de crecimiento económico sostenido, si el desempleo es bajo para nuestros estándares históricos, y si el país invierte cientos de millones de dólares al año en un sistema de protección social que financia desde la alimentación en la escuela, hasta el título universitario, hay tanta gente que vive en las calles. Tanta gente que vive completamente por fuera de la sociedad formal.
Las respuestas pueden ser varias. Hay problemas de adicción a un tipo de drogas que hace la socialización casi imposible. Hay un tema con las cárceles, y la forma que de allí egresa gente que tal vez no estaba en una situación tan alienada cuando ingresó. Hay cuestiones de lo que hoy se llama “salud mental”, y de los cambios que a nivel estatal se ha implementado en su tratamiento, sobre todo con el abandono de la estrategia de atención en centros cerrados.
Pero hay otro tema que nadie quiere ver, nadie quiere asumir, y que rompe los ojos cuando atendemos al fenómeno. Hablamos de la ineficacia y falta de análisis crítico, de las herramientas que nos hemos dado hace décadas los uruguayos para intentar la integración y el avance social, de los sectores más vulnerables.
El primer ejemplo complicado que deberíamos analizar es el rol del ministerio de Desarrollo Social. El Mides fue creado hace 20 años, para ayudar a encarar las consecuencias sociales del proceso que terminó en la llamada “crisis del 2002”. Allí el país ha invertido miles de millones de dólares en decenas de programas y sistemas de ayuda, que van desde la alimentación hasta los “cuidados”.
Lo que nunca se ha hecho de manera racional y profesional es la evaluación de los resultados que dejan estos programas. Allí se ha generado toda una industria destinada a la asistencia social, que hoy consume casi mil millones de dólares al año, y cuyos resultados no parecen estar siendo los mejores.
Por supuesto que hay evaluaciones puntuales, en muchos casos realizadas por los mismos estamentos sociales y académicos que se nutren de esas ayudas, que dicen que todo va fenómeno. Pero... ¿es así?
Algo similar ocurre con el sistema educativo estatal. En Uruguay nos encanta palmearnos la espalda y creer que como tenemos educación gratuita hasta la universidad, somos el país más solidario y educado del mundo. La realidad es que cuando uno ve que tantas personas, en su abrumadora mayoría de origen humilde, termina en las calles fumando pasta base todo el tiempo, es que el sistema no está funcionando.
De alguna forma, el esquema formal educativo, no está siendo una alternativa tentadora para miles de jóvenes, pero nadie se anima ni por un segundo a cuestionar si algo de ese sistema, que nos cuesta una millonada como sociedad, está funcionando como debería.
De esto no se escapa tampoco la economía y el mercado laboral del país. Un mercado híper regulado, con Consejos de Salarios, escalafones y categorías rígidas de funcionamiento, previsto en muchos casos para un mundo que ya no existe. ¿Qué parte de la responsabilidad tiene ese sistema, supuestamente tan solidario y humano, de que tanta gente quede por fuera del mercado de trabajo formal?
Por supuesto que ningún dirigente político, y menos de los de la llamada “izquierda”, que en Uruguay son los más conservadores del stato quo estatista que domina Uruguay hace décadas, quiere siquiera escuchar hablar de estos temas. Prefieren seguir en el mismo camino, y pretender que con esquilmar todavía más al sector privado, alcanza para solucionar estos temas sin hacer muchas olas. Lamentablemente, esa receta sólo nos hundirá más en el pozo.
Si queremos encarar en serio este problema de la gente que vive en la calle, debemos replantearnos mucha cosas de fondo. Porque esto no se arregla con parches de corto plazo.