Lo que está pasando en la región

Para un país como el nuestro, cuyo crecimiento económico y prosperidad social precisaron desde siempre de una amplia y favorable inserción internacional, importa mucho entender bien lo que está pasando en la escena exterior. Sobre todo cuando se están produciendo cambios muy importantes.

El más grande de ellos está ocurriendo en el Mercosur. Desde su fundación en 1991, los dos grandes de Sudamérica se convencieron de dejar atrás la fortísima rivalidad que arrastraban desde el siglo XIX para pasar a cooperar económica y comercialmente en un mundo lleno de novedades por el fin de la Guerra Fría. Rápidamente desde la devaluación brasilera de 1999 y la gigantesca crisis política, social y económica de Argentina en 2001-2002, el rumbo de ese Mercosur tomó un sesgo netamente izquierdista: lo económico quedó ligado a lo político, y la región quedó en manos del liderazgo del Brasil del primer Lula que llega al poder en 2003.

En ese esquema se movió Uruguay por décadas, perdiendo oportunidades de oro, como fue el libre comercio con Estados Unidos (EE.UU.) en 2006, y apostando desde la ideología izquierdista dominante a una especie de patria grande de intereses comunes, que en definitiva nos arrinconó en un encierro feroz en el que, por ejemplo, incluso una apertura tan lateral como un libre comercio con Chile no contó con una mayoría izquierdista que la apoyara en el Parlamento.

El asunto es que toda esa configuración está hoy radicalmente cambiada. Por un lado, luego de que Argentina tocara fondo en 2023, el cambio de signo político que trajo consigo el presidente Milei tuvo su fuerte repercusión en política exterior: Buenos Aires no está dispuesto a seguir tras los pasos de Brasilia, y además ha fijado una relación geopolítica prioritaria y estratégica con Washington. En un contexto internacional muy distinto al de 1991, en donde la clave pasa por el nuevo jugador global que pretende ser China, este cambio argentino rompe con el Mercosur al que nos habíamos acostumbrado en todo este siglo XXI.

Por otro lado, el eje más izquierdista dictatorial vinculado a Caracas y a La Habana está siendo fuertemente puesto en tela de juicio por EE.UU. Hay allí razones de seguridad nacional para la primera potencia mundial que ha tomado clara consciencia de que las redes vinculadas al narcotráfico cuentan con santuarios en Sudamérica que decididamente tienen que ser liquidados. Nadie sabe bien cuál será la ola expansiva de la caída del imperio narco- izquierdista en el continente. Sin embargo, ya va quedando claro con la evolución electoral de este año en Sudamérica que la izquierda ha ido perdiendo peso: su mayor posibilidad de permanecer en el poder ocurrirá con Brasil en 2026, y dependerá además de la vitalidad de un Lula que tiene hoy 80 años.

Todos estos cambios nos imponen espabilarnos. Frente a la alianza que está llamada a fortalecerse entre Washington y Buenos Aires, no podemos razonar como hace veinte años y creer que Brasil seguirá liderando sin grandes contradictores la política exterior de la región. El asunto no es solamente comercial, que por supuesto que hay allí dimensiones importantes de las cuales beneficiarse en alianza con Argentina. El asunto es, sobre todo, geopolítico: hay que asumir que la patria grande latinoamericana pereció ahogada en la corrupción izquierdista y en el sub-imperialismo de un par de capitales regionales que creyeron que el mundo podía delinearse con concepciones propias del siglo XIX.

No se trata de negar la relevancia comercial de la región. Pero sí hay que asumir que nuestra prosperidad precisa romper con el cerco del Mercosur y concretar negociaciones bilaterales que abran puertas a nuestras exportaciones de calidad. ¿Cómo no ver el potencial enorme de Indonesia, que además está queriendo jugar un papel de aliado internacional relevante con EE.UU.? ¿Por qué no apostar decididamente a acompañar el camino bilateral que ha emprendido Argentina, tanto con EE.UU. como con potencias tecnológicas e industriales claves como Italia e Israel, cuando lo que está en juego es la defensa de nuestros intereses nacionales que evidentemente precisan de mayores inversiones extranjeras y de grandes mercados para nuestros productos?

Están ocurriendo cambios como hace veinte años que no se verifican en toda nuestra América. Estamos ante oportunidades de oro que no podemos perder, como ocurrió infelizmente en 2006, por causa de un izquierdismo latinoamericanista de pacotilla. Ojalá esta vez estemos a la altura del desafío.

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