Las paradojas sindicales

La información publicada por este diario el sábado pasado llamó la atención: la Federación Ancap (Fancap) denunció que hubo un par de días en agosto en que la planta de La Tablada funcionó con menos personal del necesario, lo cual afectó al servicio. Así lo confirmó un comunicado del sindicato: “Queremos dejar claramente establecido que la planta se encuentra funcionando por debajo de la dotación mínima necesaria para desarrollar las tareas de operaciones”.

Es frecuente que los sindicatos de funcionarios de las diferentes reparticiones estatales se quejen de que sus tareas no se pueden realizar por falta de personal y exijan que se contrate más gente, a veces amenazando con hacer paros si eso no se resuelve.

Suelen decirlo en tono enojado y tratan de que su planteo sea tomado muy en serio. Cosa que es imposible que ocurra en un país donde todo el mundo sabe que si algo sobra, son funcionarios públicos.

Desde el retorno democrático en 1985 hasta el gobierno de Jorge Batlle hubo una política de reducir el plantel de empleados públicos, realizada en forma paulatina. Determinadas vacantes no se llenaban o, si era necesario hacerlo, se cubrían mediante el traslado de personal de una repartición a otra. Lo cierto es que cada presidente terminaba su gestión reduciendo el número respecto a su antecesor.

Eso se revirtió cuando asumió el primer gobierno frentista con Tabaré Vázquez en 2005. Todo el esfuerzo hecho en los 20 años anteriores se tiró por la borda con un acelerado aumento del número de empleados públicos que superó la cantidad que había cuando retornó la democracia.

La consigna de “achicar el Estado” se perdió por el camino en uno de las pocas áreas en que algo se avanzó. Gastar dinero ajeno siempre resultó fácil para algunos gobernantes.

En el caso de la planta de Ancap en La Tablada, podría considerarse que al trabajar con material inflamable la tarea implica riesgos y por lo tanto el reclamo de que se cuenta con menos personal del necesario, sería de recibo.

El tema es como atender ese reclamo sin generar más puestos y más gastos. Hay una solución evidente, por supuesto, pero da la impresión que el sindicato está distraído y no se dio cuenta que la manera más sencilla de atender su pedido choca frontalmente con otro de sus frentes de lucha.

La solución obvia y de menos costo es cerrar la planta de Portland, que hace dos décadas viene dando cuantiosas pérdidas, y pasar el personal que trabaja allí a La Tablada.

De ese modo se resolverían varios problemas a la vez. Por un lado, se pondría punto final a ese inmenso drenaje de dinero que es la producción a pérdida de portland. Por otro lado, al cerrar esa planta, su personal sería distribuido en las áreas donde se necesita algún refuerzo como es el caso, al menos según lo que reclama Fancap, de La Tablada.

Claro, esta solución no sería del agrado de Fancap. A la vez que pide más personal para un área, se opone a que la empresa estatal cierre de una buena vez la producción de portland. Decisión que, de tomarse, no perjudicaría a quienes trabajan allí porque su empleo (en la rígida cultura de la inamovilidad del funcionario público) no corre peligro.

Si un sindicato abre demasiados frentes en sus reclamos es inevitable que se den estas paradojas: para resolver uno de sus reclamos hay que desarmar lo que ellos pelean para que no se desarme.

La paradoja vuelve a comprobar que en muchos terrenos el movimiento sindical perdió el norte. Su intransigencia, la dureza de sus medidas a veces por motivos que no las justifican, su pérdida de una noción mínima de cuál es la realidad del país, lo ha puesto en rol del villano. Pero nadie se anima a decirle que así no va más.

Que se tolere el largo y sostenido drenaje del portland es un ejemplo; el daño que se le está haciendo a la actividad portuaria (una fuente de ingresos crucial para el país), es otro; que se reduzcan las horas de trabajo en la construcción tendrá un efecto en los costos de viviendas. A eso hay que sumar los continuos paros en la enseñanza, con el daño que implica para los escolares y liceales y en especial los más vulnerables. Y la lista puede seguir.

Quizás el reclamo de la gente que trabaja en La Tablada sea justificado, como rara vez lo son las exigencias de similar tenor en otras dependencias. Pero el sindicato deberá reconocer que quedó ante una disyuntiva. Hay una solución, pero para que se ponga en práctica, es necesario cerrar otra dependencia de Ancap y el sindicato, irracionalmente, se opone a ello.

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