El reciente cambio ministerial efectuado por el presidente Boric en Chile, a poco más de un año de haberse instalado en La Moneda, se inscribe en un contexto árido políticamente: su gobierno de izquierda presenta la más baja aprobación ciudadana desde el regreso a la democracia hasta ahora, y su agenda gubernativa ha dado brincos espectaculares.
Todo el mundo recuerda cómo llegó Boric al poder. Por un lado, las manifestaciones de octubre de 2019 en contra del gobierno de Piñera derivaron prácticamente en un golpe de Estado tácito, en el que el poder de la violencia en la calle y el miedo a la desestabilización política llevaron a que los dos últimos años de esa administración navegaran sin ningún rumbo cierto. Lo único relevante fue la reforma constitucional, que se planteó como una salida institucional digna, que fue luego cooptada por movimientos radicales de extrema izquierda, y que terminó en un rechazo histórico del pueblo chileno cuando fue convocado de manera obligatoria a las urnas para evaluar realmente qué había estado ocurriendo en su país desde 2019 hasta 2022.
Por otro lado, el pasado de militante estudiantil del joven presidente chileno electo a fines de 2021 se vio reflejado en la agenda radical izquierdista con la que llegó al poder. En efecto, para resumirla bien puede tomarse su frase de julio de 2021, luego de su triunfo en las elecciones primarias, cuando afirmó que, así como Chile fue la cuna del neoliberalismo, también sería su tumba. Quedaba así bien ilustrada la idea de que todo lo que había estado mal en el país trasandino debía de ser asociado con un modelo económico neoliberal que, sin duda, habría de ser liquidado por esta nueva generación.
El tema es que, como bien ha señalado el brillante analista chileno Carlos Peña, la agenda de reformas con la que llegó Boric al poder ya no es ni la hoja de ruta ni el norte del gobierno. El reciente cambio de gabinete en este sentido muestra lo obvio: aquel entusiasmo sepulturero mutó en una aceptación tácita de que el legado de la izquierda moderada expresado en los gobiernos de la Concertación desde 1990 en adelante, debe ser rescatado y valorado. Se trata pues de una de las volteretas políticas más espectaculares de los últimos lustros en todo el continente.
Lo cierto es que la expectativa que sembró Gabriel Boric de una renovación generacional izquierdista radical y sincera, capaz de implementar cambios anticapitalistas y críticos de la dremocracia representativa, se ha marchitado sin remedio.
¿Por qué Boric decidió abandonar su discurso extremista que prometía romper con los “30 años” previos que, de acuerdo a los cánticos de las manifestaciones populares postoctubre de 2019, eran los responsables de los problemas de Chile, y que abarcaban, claro está, a los gobiernos reformistas de Lagos y Bachelet?
Nadie lo sabe a ciencia cierta. Es que el presidente Boric no aclaró porqué cambió de postura: si responde a un sincero cambio de convicciones personales, o si más bien es el fruto de un realismo político elemental que pasó a tener en cuenta que las ideas extremistas que lo catapultaron al poder no tienen apoyo mayoritario en el país ni viabilidad para ser llevadas adelante.
El asunto no es baladí, ya que se juega aquí la tensión entre la legitimidad de origen y la legitimidad de ejercicio de la autoridad política electa. En efecto, Boric llegó prometiendo grandes reformas: esa es la legitimidad de origen que sustenta su elección. Empero, el mismo Boric, tan sólo un año más tarde, cambia sin explicación alguna y se abraza a los viejos elencos y sectores políticos que formaron la Concertación: allí se juega su legitimidad de ejercicio del poder, más consensuada y razonable, pero que se opone radicalmente a las promesas iniciales.
Como bien escribe otro buen analista chileno, Patricio Navia, en esta situación tan particular “ayudaría mucho que Boric reconozca que estuvo equivocado por tanto tiempo y que lo mejor para Chile es avanzar por el sendero de políticas amigables con el mercado y el fortalecimiento sostenido del sector público para que empareje la cancha y brinde oportunidades a aquellos que las necesitan”, porque incluso hay quienes empiezan a dudar de que efectivamente sea Boric quien está realmente al mando de su gobierno, y no un conjunto de influyentes y viejos políticos que decidieron tomar el timón para evitar que se hundiera un barco que empezaba a hacer agua por todos lados.
En cualquier caso, lo cierto es que toda aquella expectativa que sembró Boric acerca de una renovación generacional izquierdista radical y sincera, con una agenda capaz de implementar cambios anticapitalistas y críticos de la economía de mercado y de la democracia representativa, se ha marchitado sin remedio. Boric ha dado una voltereta espectacular.