Cuesta creer el conjunto de errores y horrores de la política exterior del gobierno de Orsi. Pero hay que dejarlos en claro para establecer su responsabilidad en una materia que es tan importante para el país.
En primer lugar, el alineamiento con Brasil en la región ha sido tal que parece impedir a nuestra cancillería entender hasta qué punto cambió el mundo desde que asumió Orsi su presidencia en marzo de 2025. Estados Unidos (EE.UU.) ha definido una reactivación de la doctrina Monroe que ya tiene consecuencias en todo el hemisferio: entre otras cosas, hay acuerdos de defensa y de infraestructura con Argentina y con Paraguay; hay una política diferente con respecto a Venezuela - que incluye la extracción de Maduro, pero que tiene un largo plazo de alineamiento y cooperación definidos -; y sobre todo hay una convicción clara, surgida justamente de aquella doctrina de 1823, que no debe haber una influencia de potencias extra- regionales en el continente.
Obviamente, Washington no puede impedir el comercio con China continental, que es socio fundamental de Sudamérica -y también del propio EE.UU.-. Pero una cosa es lo comercial y otra muy distinta son los acuerdos vinculados a recursos naturales, tecnología, infraestructura y defensa: en todas estas dimensiones EE.UU. quiere ser un aliado estratégico de todo el continente y no quiere que se extienda allí la influencia china. Y todo esto podrá gustar o disgustar a unos y a otros, pero es lo que está marcando el signo de los tiempos. Es lo que toca en suerte a países pequeños como el nuestro, que cuentan con algunos recursos internacionales importantes, como su “soft power”, pero que de ninguna manera son potencias demográficas, económicas o militares en la escena regional.
En este esquema, es claro que nuestro “soft power” de toda la vida está centrado en nuestra calidad institucional, en nuestro convencimiento democrático y en nuestro clara política en defensa de esos valores. Pues bien: no se está utilizando en esta coyuntura este “soft power” que nos da una influencia regional mayor al que correspondería según nuestro tamaño económico, militar o demográfico, cuando el gobierno se alinea con una agenda internacional tercermundista, pro-China y afín al discurso pro-terrorista islámico.
Es una agenda tercermundista decrépita, desde el momento que el país privilegia un escenario regional como la Celac -en donde no están ni EE.UU. ni Canadá-; es un ademán pro-China, cuando Uruguay se juega a ser protagonista en un grupo como el G-77 en el que esa potencia conserva gran influencia; y es una afinidad pro-terrorista, cuando el intendente de Canelones hace gestos tan importantes como recibir bajo palio al embajador de Irán en Uruguay, cuando no queda claro que las máximas autoridades de cancillería concuerdan con la definición de que Israel no comete ningún genocidio en los hechos en su contexto en Medio Oriente, o cuando se toman decisiones como la de poner en pausa la cooperación entre la ANII y la Universidad Hebrea de Jerusalén.
¿Qué podría estar haciendo nuestra cancillería si entendiera realmente la escena internacional y se jugara por los valores que hacen fuerte la influencia de Uruguay en el mundo? Proponerse como un aliado estratégico de Washington para avanzar en la transición democrática venezolana; apoyar decididamente una candidatura sudamericana como la argentina, por ejemplo, para que Grossi sea el próximo secretario general de las Naciones Unidas (ONU) para el período 2027-2032; apoyarse en la iniciativa paraguaya que tanto éxito ya tuvo para inversiones en materia energética de origen estadounidense; apoyar decididamente el proceso de democratización en Cuba, ofreciendo su capacidad de diálogo en coordinación con las iniciativas estadounidenses actuales; adherir claramente a la defensa de la existencia de Israel en Medio Oriente, desmintiendo la campaña infame que quiere hacer creer que ese país lleva adelante una campaña de exterminio contra la población árabe y denunciando firmemente la violación de los derechos humanos que sufre hace tantas décadas el pueblo iraní; o liderar en la OEA una presión regional en contra de la dictadura total anunciada en julio por Ortega en Nicaragua, en vez de esconderse tras la tibieza brasileña sobre ese asunto.
El problema no es solamente las declaraciones imprudentes de la subsecretaria o los viajes y viáticos del ministro cuyas justificaciones parecen endebles. La tragedia radica en el rumbo en sí de nuestra política exterior.