SEGUIR
Es una total irresponsabilidad sugerir que el fiscal Luciani pudiera suicidarse. Nadie espera mucho de usted, @alferdez, pero al menos absténgase de seguir diciendo imbecilidades”.
Así, cortito y al pie, se expresó por Twitter el diputado y ex candidato presidencial Ricardo López Murphy, en respuesta a una bochornosa declaración que el mandatario argentino Alberto Fernández acababa de hacer por televisión: “Nisman se suicidió; yo espero que no haga algo así el fiscal Luciani”.
El insólito comentario cayó como una bomba en los medios argentinos, habilitando todo tipo de especulaciones contra el gobierno y el kirchnerismo.
En un sálvese quien pueda, la vicepresidenta Cristina Fernández hizo público un extenso testimonio donde se defendió de la acusación fiscal, contraatacando con todo y contra todos. Su hipótesis es que el Poder Judicial está cooptado por el “macrismo neoliberal” y que las gravísimas denuncias de corrupción expuestas por Luciani solo están orientadas a dañar al “gobierno peronista y popular”. Pero por el camino no duda en llevarse puesto incluso a Alberto Fernández, porque admite la grave crisis actual y reivindica resultados económicos y sociales de cuando su marido y ella ejercieron la presidencia. En una alocución caracterizada por un tono casi desquiciado, Cristina llegó al extremo de justificar sus inconductas, poniendo bajo sospecha a su propio marido fallecido. Mencionó el negocio multimillonario que este cedió al grupo Clarín: “no sé si algún fiscal tomará nota para pedir si hubo algún acuerdo entre Magnetto (el propietario de ese grupo) y Kirchner para firmar la fusión de Cablevisión. Todo es así en la Argentina, todo hace juego con todo”.
Obviamente, el centro de su autodefensa fue, otra vez y como siempre en los gobiernos mal llamados “progresistas”, parapetarse del lado de los intereses populares y victimizarse ante una supuesta conspiración.
Pero tuvo tanta mala suerte, que la declaración del presidente Fernández con que iniciamos esta nota opacó sus malabarismos argumentales, por la gruesa manera como comparó el destino de Nisman con el combate a las denuncias de Luciani. Las exasperadas teorías conspirativas de Cristina pasaron a segundo plano y el disparate de Alberto fue lo que conquistó los titulares.
Inversión de la prueba y victimismo: los procesados de ayer por probados hechos de corrupción, ahora se presentan como carmelitas descalzos. “Si es de izquierda no es corrupto”, dijo una vez un vicepresidente uruguayo de triste recuerdo.
Había más de una razón para trazar un paralelismo entre Nisman, el malogrado fiscal que llevaba la causa contra Cristina por el atentado a la AMIA, y la valentía de Luciani en su pedido de cárcel para la misma persona, por sonados casos de corrupción. Y fue Alberto con su comentario irónico el que reflotó brutalmente la coincidencia. Así, con una sola frase que seguramente fue dicha por ineptitud retórica, pero que alguno podría interpretar como una amenaza mafiosa, el presidente derrumbó todas las armas argumentativas de la vicepresidenta. Si lo hizo para salvarla, la embarró más.
Entretanto, los gobiernos progres latinoamericanos (y los partidos opositores donde han sido desplazados del poder) ensayan distintos tipos de apoyo a la acusada. Una carta firmada por Alberto Fernández, Gustavo Petro (Colombia), Andrés López Obrador (México) y Luis Arce (Bolivia) manifiesta “su más firme respaldo” a Cristina, atribuyendo las graves denuncias que la implican a “estrategias de persecución judicial para eliminar a los contrincantes políticos”. También recibió la adhesión de Dilma Roussef y, nunca falla, del Frente Amplio en Uruguay. Una declaración de la Bancada Progresista del parlamento del Mercosur, suscripta por siete legisladores del FA, declama que “la derecha ha insistido en utilizar fiscales y jueces como parte de un operativo de lawfare para desgastar a los gobiernos populares y sus referentes en América Latina”. Inversión de la prueba y victimismo: los procesados de ayer por probados hechos de corrupción, ahora se presentan como carmelitas descalzos. “Si es de izquierda no es corrupto”, dijo una vez un vicepresidente que con su impericia de gestión llevó a la quiebra a la empresa monopólica más grande del Uruguay. En aquella oportunidad, el mismo FA había hecho altisonantes declaraciones que culpaban a “la derecha” y a “los grandes medios de comunicación” de conspiraciones que solo habitaban en la imaginación de sus mentes fanatizadas.
La probable condena a Cristina y el desbarranque de Alberto son síntomas de que el relato mentiroso de quienes usan el poder para provecho propio, tarde o temprano se cae. La sombra de Nisman proyecta un ideal de justicia que pondrá al país hermano nuevamente en el camino de la ética pública.