No debe haber satisfacción más grande que ver a las personas que integran un país, acometiendo proyectos que sirvan para resolver sus problemas, superar sus escollos, sortear sus pesadillas y seguir adelante.
Ese fue el mensaje trasmitido la semana pasada cuando las autoridades de la institución educativa Impulso, con presencia de gente del gobierno (incluido el presidente de la República) inauguraron el nuevo edificio donde funcionará la escuela, en pleno barrio Casavalle.
En un país donde muchos creen que hay tareas que corresponden exclusivamente al Estado (y los demás que miren desde afuera), el mensaje enviado es muy poderoso.
Enseñar es un servicio público, no importa quién lo haga. Y enseñar en zonas vulnerables es una necesidad urgente, no importa quién lo haga.
Por eso han sido tan bienvenidas estas experiencias educativas privadas, pero gratuitas, que se extienden por Montevideo y también por otras zonas del país. Algunas están impulsadas por grupos religiosos, otras son laicas, como ocurre con la escuela recién inaugurada o con el proyecto de sectores sindicales, encabezado por Richard Read.
Es bueno que el Estado, a través de sus gobernantes estimule estas propuestas. Por eso fue importante que en la inauguración estuvieran todos: el presidente Luis Lacalle Pou, el ministro de Educación y Cultura Pablo da Silveira y el presidente del Codicen Robert Silva, y junto a ellos las autoridades de la escuela, el presidente de la fundación que impulsó esta obra, Nicolás Herrera, y el empresario que colaboró con su financiación, el argentino radicado en Uruguay Marcos Galperín.
Ese día Uruguay vio a su gente ayudando a poner en marcha una escuela en un lugar donde mucho se la necesita. Vio a la sociedad en acción, personas trabajando hombro con hombro para algo que mucho se necesita.
Enseñar es un servicio público, no importa quién lo haga. Y enseñar en zonas vulnerables es una necesidad urgente, no importa quién lo haga.
Son varias, y todas importantes, las experiencias educativas privadas que trabajan en estos barrios. Además de Impulso, están el liceo Jubilar, una de las primeras de este modelo, Los Pinos, Providencia, Los Tréboles y el ya mencionado Centro Educativo de la Federación de la Bebida impulsado por Read.
Se trata de personas que agrupadas en fundaciones laicas, en organizaciones religiosas, en sindicatos, apuestan a una mejor educación. Son grupos muy diversos, sin duda, pero así funciona el empuje de lo privado en cualquier sociedad libre. Lo privado, ese término que para mucha gente en Uruguay es mala palabra y sin embargo es lo que dinamiza a una sociedad.
En este caso, y eso es lo notable, algunas de las experiencias toman prestado ideas de las otras. En la medida que se expanden, el objetivo se amplía. Conocen sus limitaciones y no procuran una utópica revolución radical. Simplemente pretenden que más chicos, uno por uno, tengan las herramientas para salir de su precaria situación y aspirar a un futuro mejor.
El otro gran aporte de estas instituciones es que inspiran al Estado a tomar sus propias iniciativas y apostar a ellas.
Es el caso de los Centros María Espínola, un pilar de la transformación educativa iniciada por este gobierno.
La propuesta se apoya en estos proyectos porque reconoce que son buenos y dan resultado. Sobre esa base se formuló una mejor manera de educar en zonas complicadas de Montevideo y del resto del país. Se trata de una idea que aplica tanto Secundaria como la UTU y ya funcionan varios de ellos.
Estos centros tendrán un impacto en los lugares donde se instalan. Es que este tipo de propuesta, la haga Impulso, Jubilar, los Centros Espínola o los demás, no queda dentro del aula. Trasciende hacia la zona. Estado y privados de la mano. La sociedad, los uruguayos haciendo cosas que importan. ¡Cómo no celebrar un hecho así!
Lo paradójico y triste es que mientras tanta gente redobla esfuerzos para llevar más y mejor educación a zonas vulnerables, se sigue haciendo ruido por un episodio frívolo, absurdo y surrealista.
Nos referimos al escándalo causado por un gremio estudiantil de 30 afiliados, que rechaza un cambio de local para su grupo y de esa manera impide que a una entrada del IAVA se le haga una rampa. Si bien se intenta darle una mística ideológica, lo que está en cuestión es apenas un pasillo y una rampa. Es de no creer.
Mientras estos militantes pierden (y hacen perder) horas de clase, otros en Casavalle celebran la posibilidad de tener más. Lo que unos desprecian porque lo tienen a mano, otros valoran porque lo necesitan.