El miércoles 26 se hablaba aquí del problema de la Intendencia Municipal de Montevideo con la basura. El jueves 27, la intendente anunciaba una compra de barredoras mecánicas para la ciudad, reconociendo que las actuales cuadrillas encargadas del barrido son insuficientes. No mencionó el volumen de recolección de residuos que el organismo municipal delega en los 5.000 carros hurgadores que recorren diariamente esta capital, tema que -como se sabe- la Intendencia prefiere eludir. Pero al margen del fracaso que hasta el momento significa el capítulo de la basura, envuelto en la indulgencia del discurso municipal y en la ineficacia de las tareas respectivas, hay otras cuentas pendientes que la IMM no ha saldado hasta la fecha, cuando ya han corrido 21 años de gestión frenteamplista a nivel departamental.
Uno de esos temas refiere a las veredas montevideanas, que en muchos lugares siguen destrozadas bajo el efecto de las raíces de los árboles o del simple abandono, sin que la intimación municipal a los vecinos para proceder a su arreglo haya dado resultados. El deterioro se extiende a plazas y parques, por no hablar de barrios marginales, sin que ciertos ejemplos de esmero (el cantero central de Bulevar Artigas, algunas plazoletas céntricas) lleguen a generalizarse, demostrando que también en ese rubro los cuidados son insuficientes. A eso se agrega un número considerable de árboles muertos que siguen en su sitio, con los previsibles riesgos de caída, mientras otros ejemplares recién plantados son quebrados por la acción del vandalismo o agonizan bajo la desatención municipal.
Otro tema es el de las calles, porque la actuación de cuadrillas reparadoras suele ser visible en las principales vías de tránsito pero no en las secundarias, cuyo pavimento abunda en grietas y baches que sobreviven al paso del tiempo. También allí el mantenimiento es insuficiente, ilustrando la desproporción entre las obligaciones tributarias que pesan sobre los ciudadanos y la calidad de los servicios que reciben a cambio. En ese desnivel entre los aportes compulsivos y la retribución que obtienen, radica uno de los puntos más embarazosos que enfrenta la Intendencia, porque los montevideanos conocen el empinado porcentaje de la recaudación municipal que se destina al pago de sueldos bajo la vigencia del histórico convenio de la década pasada, que la comprometió a ajustar los haberes de sus funcionarios de acuerdo al 100% del IPC. Las obras y servicios se subordinan a ese aplastante acuerdo, pero también a la prepotencia sindical de Adeom, el gremio con imagen más negativa de todo el país.
Un tema adicional es el alumbrado público, que mantiene zonas enteras en penumbra, colaborando así en un cuadro de inseguridad ciudadana que esa media luz favorece. Pero otro gran tema es el tránsito, porque el auge de los birrodados, la violencia de algunos automovilistas, la inobservancia de las señales, la indisciplina de los peatones, la circulación impune de la tracción a sangre y la falta de una inspección que amoneste e instruya a todos los usuarios de la vía pública -no limitándose a poner multas- son partes de un problema que exigiría soluciones generales y un enfoque riguroso, capaz de corregir a quienes van sobre ruedas o a pie, a quienes circulan a contramano, no respetan las luces o los carteles, ignoran el reglamento o cruzan a mitad de cuadra. Esas soluciones y ese enfoque no se aplican por el momento, como tampoco se agregan semáforos en infinidad de cruces que los necesitan desde hace tiempo.
Si a ello se añade la actividad irregular, parasitaria y a veces extorsiva de los cuidacoches, el escape negro de camiones y ómnibus con motor desajustado o la nube de ciclistas que ignoran el flechamiento de cualquier calle, se obtienen elementos adicionales para sumar al espectáculo que ofrece una gestión municipal cuya desgastada rutina acompaña a un lastre burocrático aparentemente irreparable. Haría falta un coraje renovador, un espíritu de servicio y un talento administrativo que siguen ausentes.