La sal, como casi todo en esta vida, puede ser muy positiva, o un veneno potente. Todo depende de la dosis, de la cantidad ingerida. Algo parecido ocurre con la política. Puede ser una actividad noble, constructiva, “la carrera de los honores”, la llamaban los romanos. O puede ser un pantano viscoso, repleto de alimañas sin moral, capaces de hace cualquier cosa con tal de llegar a tener una cuotita de poder.
La realidad es que desde que el Frente Amplio fue desalojado del gobierno a través de las urnas, hemos visto la emergencia en esa fuerza política de figuras, operadores, activistas, que encajan mucho más en la segunda categoría que en la primera. Y todo el episodio de esta “crisis” con el suministro de agua potable, lo deja más en evidencia que nunca.
El trasfondo de esta situación es público y notorio. Una sequía particularmente severa y prolongada, de la que de a poco vamos saliendo, ha dejado en evidencia una crisis en las fuentes de suministro de agua potable de la región metropolitana. La misma ha forzado al ente público que regula este tema a apelar a distintas fuentes a las habituales para el suministro de esta zona, que le da al agua que consumimos una concentración algo mayor de sal.
Vale señalar que eso no afecta ni la potabilidad, ni la salud de quien la consume. Se trata de una medida extrema para prolongar las reservas de agua de esta región, mientras se espera que se normalice la situación climática.
Aquí hay que marcar un detalle. Ningún experto o entendido ha señalado con un mínimo de seriedad que se trate de un problema generado por el “cambio climático”. Decimos esto porque hay un sector de la política que parece haber descubierto allí el santo grial de las excusas. Si hay inundaciones, “cambio climático”, si hay seca, “cambio climático”, si hay basura en las calles, “cambio climático”, y si me gasté millón y medio de dólares en un evento promocional de mi eventual candidatura... bueno, algo tendrá que ver el cambio climático.
Pues no. Uruguay, desde que hay memoria, cada 20 o 30 años experimenta sequías severas, así como cada un poco menos de tiempo, padece inundaciones. Es la ley natural, son los ciclos naturales. Pasa que antes no había Twitter y redes para que miles de oficinistas ociosos den rienda suelta a su creatividad y a su histeria de ciudadanos siglo XXI, donde si el aire acondicionado se baja o sube de 25 grados, parece que se viene el mundo abajo.
Pero volvamos al terreno político. Desde que explotó esta crisis, hemos visto a toda la oposición, incluso a sus figuras más razonables, y dialogantes, caer en una espiral de hipocresía, sectarismo y demagogia, rayanas en el ridículo. Al parecer esto sería culpa del gobierno, de la falta de inversión pública, de previsión, de inteligencia, de las nuevas autoridades. Y desde senadores a aspirantes a ediles, han salido a los medios a intentar llevarse una tajada del supuesto botín político de esta crisis.
La sal, como casi todo en esta vida, puede ser muy positiva, o un veneno potente. Todo depende de la dosis, de la cantidad ingerida. Algo parecido ocurre con la política, como vemos por estos días con la “crisis” en el suministro de agua potable en Montevideo.
Los problemas en el suministro de agua potable de la región metropolitana son algo de lo que se viene hablando hace décadas. Aquí mismo, hemos publicado decenas y decenas de columnas de Hernán Sorhuet, Juan Oribe Stemmer, y otros analistas, alertando sobre el problema. Uno podría pensar que los dirigentes del Frente Amplio no leen la página de opinión de El País, lo cual explicaría algunas tonterías que han hecho y dicho. Pero ya en 2010 el senador Fernández Huidobro hablaba del tema, y de la necesidad de hacer inversiones en fuentes alternativas de suministro.
El entonces presidente de OSE del Frente Amplio, del mismo microsector político que el director actual Ortuño, descartaba el asunto. Durante 15 años de gobierno, en los que los ingresos del estado se multiplicaron por cuatro, no se hizo nada en la materia. ¡Nada!
Pero resulta que la culpa es de este gobierno, que asumió hace tres años, y en el ínterin tuvo que enfrentar una pandemia, y recomponer unas finanzas públicas y a un tejido empresarial arrasado. ¿No hay un mínimo de pudor?
Pero la cosa es más grave todavía. El gobierno asumió con consciencia del problema, y puso en marcha un proyecto para dar solución definitiva al mismo. ¿Imagínese qué pasó? El Frente Amplio y el sindicato de OSE se han opuesto radicalmente al mismo. Por motivos absolutamente absurdos, que van desde detalles técnicos mínimos, a la cantinela habitual de apelar al cuco de la privatización y todo eso.
Pero la gente, la sociedad uruguaya, no es boba. Sabe separar la paja del trigo, a los políticos con mayúsculas, de los caranchos. Y los segundos, recibirán el “premio” que merecen en las urnas.