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Hoy se celebra una de las fechas que más relevancia tiene en nuestro calendario social, ciertamente de mayor convocatoria que la fecha patria que la sucede en el día de mañana.
La “Noche de la Nostalgia” creada por Pablo Lecueder hace ya unos cuantos años tocó una fibra muy sensible en nuestra población, tan afín a regodearse en un pasado idílico al que de alguna forma siempre nos imaginamos que es posible retornar.
Ese pasado donde todo fue mejor solemos ubicarlo hacia mediados del siglo pasado. Es el país campeón del mundo de fútbol, el de una ciudad capital que había construido poco antes el edificio más alto del continente -el Palacio Salvo- la rambla de Montevideo, el Palacio Legislativo y tantas obras más que llenaban de orgullo a los uruguayos. Sin embargo, aquel país en realidad ya era un país que había retrocedido mucho en términos relativos.
En efecto, si se mira con mayor detalle la evolución económica de nuestro país podemos apreciar que a mediados del siglo XX ya habíamos perdido pie. El momento realmente extraordinario de nuestro país había sido bastante antes. Hacia la década de 1870, Uruguay supo tener un producto por habitante que igual al de los países del primer mundo o, en otras palabras, éramos igual de ricos que los países más ricos del mundo.
Si deberíamos tener nostalgia por alguna etapa de nuestra historia en realidad debería ser por una etapa bastante anterior a la que solemos dirigir nuestra atención: fue el país que resurgiendo de las cenizas de la Guerra Grande en un cuarto de siglo fue el país de América Latina de mayor crecimiento demográfico y económico, un país en que se destacaron leyes de avanzada de liberalización económica y grandes presidentes como Juan Francisco Giró, Bernardo Berro y Atanasio Aguirre.
La nostalgia de los tiempos de la juventud, de su música y los viejos cuentos con los amigos es algo sano para cualquier ser humano. La nostalgia enfermiza sobre su pasado idealizado a nivel social es un problema.
Fue aquel país que Juan Bautista Alberdi tituló “La California del Sur”, el que construyó el Teatro Solis y patentaba inventos sobre la conservación de la carne el que debería encender nuestro patriotismo. Luego, a partir del avance del dirigismo económico que comenzó a aplicarse hacia fines del siglo XIX y con más vigor durante el primer batllismo y el terrismo nos fuimos alejando de los países líderes en el mundo.
El país que gobernó Luis Batlle con su política de sustitución de importaciones ya venía cayendo rápidamente y los nuevos bríos estatistas solo trajeron estancamiento económico, desempleo e inflación. Sin dudas, hay mucho de bueno en la sociedad hiperintegrada del Uruguay de mediados del siglo XX, pero esa construcción anterior aún se conservaba en tiempos en que el desempeño económico dejaba mucho que desear. No debemos olvidar, además, que fue el descalabro económico que provocó el segundo batllismo el que comenzó a agitar las aguas de nuestra pacífica convivencia social, luego azuzada por los vientos de la revolución cubana y la enorme soberbia y deslealtad de los movimientos guerrilleros.
También es cierto que los países que avanzan son los que tienen la mirada más puesta en el futuro que en el pasado. La historia sirve como inspiración y como aprendizaje y en este sentido es importante tener claro cuales fueron nuestros aciertos y errores. Pero mucho más importante es tener claro cuál es el rumbo hacia adelante, cuál es el camino de desarrollo económico y social que nos proponemos como Nación.
La nostalgia de los tiempos de la juventud, de su música y los viejos cuentos con los amigos es algo sano para cualquier ser humano. La nostalgia enfermiza sobre su pasado idealizado a nivel social es un problema, no solo porque nunca jamás se va a poder lograr algo cercano a un ideal imposible, sino porque nos desvía de los verdaderos debates relevantes en el presente.
Si esa idealización por espejo retrovisor además es tan perniciosa como exitosa para juntar votos se explica al Frente Amplio. Tanto su discurso regresivo como los resultados de sus políticas sesentistas. Escapar a la realidad es una forma de hacer política que en Uruguay suele tener éxito, tanto como mirar para el costado con los verdaderos temas de fondo, como la reforma de la seguridad social, pero es tremendamente negativo para el país. Por eso, quizá la principal división política que hoy tenga el país sea entre la mirada de futuro del gobierno que encabeza Luis Lacalle Pou y el viaje en la máquina del tiempo que propone la oposición. Esa, y no otra, es la diferencia profunda entre la Coalición Republicana optimista sobre las posibilidades del país y un Frente Amplio cada vez más radicalizado, amargado y resentido.