Los avances de estas últimas décadas en neurociencia han sido enormes. Hoy sabemos más y mejor cómo opera nuestra mente para fijar nuestros conocimientos, nuestros recuerdos y nuestra consciencia. Y todo eso tiene natural consecuencia en ámbitos muy distintos a los de la medicina, como por ejemplo los procesos judiciales.
Entre decenas de publicaciones importantes hay dos que se destacan en este asunto. En 2010 se tradujo al español “Juicio a la Memoria: Testigos Presenciales y Falsos Culpables”, de Elizabeth Loftus originalmente escrito en 1979. Se trata de una obra que demuestra cómo la memoria no funciona como una grabadora precisa de los eventos, sino como un proceso reconstructivo susceptible a la distorsión y a la sugestión. El libro presenta experimentos que ilustran cómo informaciones posteriores a un evento -como preguntas capciosas, comentarios de otros testigos o información de los medios, por ejemplo-, pueden alterar significativamente los recuerdos originales de una persona.
Loftus muestra claramente que la confianza que un testigo expresa en su recuerdo no es un indicador fiable de su exactitud. En el mismo sentido va el libro “Los siete pecados de la memoria: cómo olvida y recuerda la mente” del especialista Daniel L. Schacter, que fue publicado originalmente en el año 2001. Los pecados en cuestión son divididos en tres categorías principales: los pecados de omisión (olvido), los pecados de comisión (distorsión o recuerdo erróneo) y un pecado de persistencia.
En particular tres de los que refieren a la categoría comisión tienen consecuencias en el ámbito judicial: la atribución errónea, la sugestionabilidad y el sesgo. La atribución errónea sucede cuando recordamos algo correctamente, pero lo asociamos a la fuente equivocada, como confundir a un amigo con la persona que nos contó una anécdota. La sugestionabilidad es la tendencia a incorporar información engañosa o sugerencias de otras personas en nuestros propios recuerdos. Y el sesgo de la memoria, el tercer pecado de comisión categorizado por Schacter, es la influencia de nuestras creencias, expectativas y conocimientos actuales en la forma en que recordamos el pasado.
A la luz del enorme conocimiento acumulado en estos asuntos, y del que estos dos libros dan somera cuenta, debe concluirse que al menos algunos de los juicios seguidos con la intervención del Fiscal Letrado Especializado en Crímenes de Lesa Humanidad Ricardo Perciballe están completamente sesgados.
Para el caso, por ejemplo, del procesamiento del Dr. Rodríguez de Armas, las únicas reales “pruebas” que lo vinculan a un delito continuado de abuso de autoridad sobre detenidos en tiempos de dictadura son ciertas declaraciones de testigos (que se contradicen con otras) cuyas memorias refieren a episodios de hace casi medio siglo. Para el caso, por ejemplo, del Dr. Suzacq, las “pruebas” en cuestión son igualmente frágiles, al punto de que hay testimonios que señalan a un médico que, se dice, participó de apremios y que era rubio y de ojos azules, pero se termina procesando a Suzacq que era morocho y de ojos marrones.
En todo el operativo de crímenes de lesa humanidad hay varios disparates que se suman. Se ha derogado la prescripción penal y con esa idea de la lesa humanidad se han redefinido delitos que en el pasado no existían. Si este criterio bárbaro se mantuviera entre nosotros, en 2070 podrá declararse que pasan a ser imprescriptibles delitos que ni siquiera se consideraban tales en 2025, y podrá juzgarse así en 2073 a personas cuyas acciones de 2025 habrán sido simplemente “recordadas” por testigos, muchas veces evidentemente sesgados, casi medio siglo más tarde. De esta manera, como ocurre hoy, ancianos de más de 80 años, como es el caso de Rodríguez de Armas, cuyas “pruebas” de que participaron indirectamente en violaciones a los derechos humanos se basan sobre todo y antes que nada en la memoria de algunos exmilitantes políticos revolucionarios de los años 1960- 1970, terminan su vida sufriendo una prisión arbitraria.
Lo que está ocurriendo con la justicia y Perciballe sobre estos asuntos viene siendo denunciado hace años por las víctimas y sus familias. Sin embargo, por desidia o por temor a quedar mal con la cultura del rencor militante izquierdista, es un tema que no ha sido enfrentado como se debe por la dirigencia de los partidos tradicionales. Convivimos con una justicia arbitraria y vengativa. Es una vergüenza para nuestra democracia. ¿Hasta cuándo seguiremos así?