La historia pasa por Venezuela

Lo que ocurrió ayer en Venezuela es histórico: finalmente, luego de casi trece años de dictadura infame presidida por el tirano Maduro, y de otra cantidad de años previa similar bajo el liderazgo autoritario y empobrecedor de Chávez, se acabó el régimen chavista.

Vendrán tiempos políticos difíciles en los que mucha incertidumbre deberá ser resuelta con capacidad y perseverancia. Una transición de una dictadura a una democracia completa, como bien sabemos los uruguayos, no es algo que se logre sin esfuerzos ni que se obtenga de un día para el otro. Además, para el caso venezolano, fue la intervención de Estados Unidos la que logró terminar de hacer caer al régimen sanguinario y tiránico, por lo que, definitivamente, la tarea también tendrá una dimensión internacional nada desdeñable.

Importa mucho ponerle perspectiva histórica a todo esto. Es que hay una tentación antiimperialista, que viene del siglo XIX, que siempre pone por delante la libertad de los pueblos a forjarse su propio destino y sin intervenciones extranjeras. Y si bien es cierto que ese es el escudo más importante que países pequeños como el nuestro tienen en la escena mundial, de la mano del respeto por el derecho internacional, también es cierto que el orden internacional ha fijado hace años, a través de sus principios y de sus prácticas, situaciones de legalidad que exigen la intervención frente al derecho a proteger a poblaciones indefensas y sometidas a los vejámenes más atroces, como ha sido sin duda lo que ha sufrido el pueblo venezolano en todos estos años.

Hace muchas décadas, adelantándose a todo esto, y con debates y circunstancias mundiales muy diferentes, desde este diario se avanzó la doctrina Larreta. Ella implicaba un involucramiento regional para apoyar la democracia cuando ella se veía ferozmente atacada por tiranos autoritarios que no hacían más que daño a su pueblo, ya que utilizaban el poder del Estado en favor de sus intereses personales y en contra de la libertad y el progreso colectivos. En este siglo XXI, se terminó haciendo evidente, en particular con el artero fraude electoral de 2024, que no habría forma alguna de quitar del poder a Maduro y su régimen de terror si no era con una intervención inspirada en lo que sabiamente fue definido por aquella doctrina de 1945. Es claro que una intervención de este tipo no es algo positivo para la región. Pero es claro, también, que la intervención regional que llevó adelante Venezuela en estos veinte años fue tremenda: desde operaciones militares y de inteligencia directas dentro de otros países de la región, hasta financiamiento corrupto de partidos y posiciones favorables a sus intereses, pasando por lo más grave para todos que ha sido la perversa y desestabilizadora invasión demográfica de la gran mayoría de los países sudamericanos con costas en el Pacífico, y la extensión de una red narcotraficante con apoyos internacionales tan sólidos como peligrosos. Maduro fue la puerta de entrada para la influencia iraní en Sudamérica; fue el apoyo de Rusia en el Caribe; y a través de distintos sostenes logísticos y políticos horadó lo que más pudo a Estados Unidos con su narcotráfico y su emigración narcoterrorista.

La historia que está ocurriendo en Venezuela tendrá consecuencias enormes en todo el continente. Para empezar, no le quedará mucho tiempo más a la tiranía cubana para seguir manteniéndose en el poder: Maduro era el que la sustentaba con su dinero de tráfico de drogas y petróleo. Para seguir, con el paso del tiempo se irán conociendo más detalles de los vínculos de la dictadura venezolana con distintos actores de izquierda de la región y del mundo. En efecto, la caída del régimen es vista con angustia en el entorno de los Monedero de la izquierda radical española o en el de los Zapatero de la socialista, por ejemplo.

Ni que hablar de lo que podrá terminar sabiéndose de vínculos con el partido de Lula, el kirchnerismo argentino, o lo que más nos importa en Uruguay, la estrecha cercanía de la dictadura de Venezuela con el Frente Amplio y en particular con tupamaros y comunistas locales. Y al ocurrir todo esto en 2026, habrá varios años por delante para poder tener bien clara toda la información. Llegaremos a la próxima instancia electoral que nos corresponde en nuestra democracia, en 2029, con todo bien sabido.

El mundo festeja con inmensa alegría la caída de una dictadura infame que ha hecho enorme daño a su país y a todo el continente. Es tarea de los venezolanos recuperar la libertad y la democracia.

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