La culpa no es del grafiti

En las últimas semanas Montevideo ha ganado titulares de prensa por varias cosas. Algunas buenas, la mayoría no.

Para empezar por la positiva, hay un grupo de ciudadanos que, hastiados de la indiferencia estatal, han salido a limpiar fachadas de edificios emblemáticos, que estaban deterioradas y cubiertas de grafitis. El grupo, conocido como “Montevideo más linda”, confirma una máxima del liberalismo clásico: es más eficiente y racional el sector privado cuando se une y trabaja en causas de bien común, que cuando lo hace la fría burocracia estatal. Pese a que gente que sólo se puede calificar como idiota, ha vuelto a ensuciar las fachadas recién limpias, y otros que no están muy lejos en categoría, han cuestionado el criterio para limpiar las fachadas, el trabajo de este grupo nos devuelve cierto optimismo sobre el futuro común en la capital.

Es más, imagínese el lector si viviéramos en un país donde el gobierno permitiera que el ciudadano pueda optar por volcar aunque sea parte de lo que le toca pagar en impuestos, a grupos como este que trabajan por el bien común. Pero esto es un anatema para la gente con cabeza socialista, que cree que el estado es un fin en si mismo, al que hay que alimentar aunque no nos devuelva nada a cambio.

Un segundo tema interesante ha sido la cacería virtual que hemos visto en las últimas semanas, contra una persona con ínfulas de grafitero, que se dedica a enchastrar paredes y fachadas. La persona, identificada por ciudadanos inquietos a través de redes sociales, fue detenido y liberado sin cargo. Y a las pocas horas, volvía a hacer de las suyas.

El episodio permite señalar al menos dos cuestiones centrales. La primera, es lo difícil establecer un canon que permita separar lo que es una genuina forma de expresión artística alternativa, como es sin duda le grafiti, de alguien que solo ensucia y vandaliza. Pero si nos ponemos a analizar un minuto, parece claro que entre un Bansky, y alguien que escribe su nombre, o cosas como “manya, sos la droga de mi vida”, o cosas igualmente espirituales respecto a algún otro club de lo que sea, hay una diferencia brutal.

Lo segundo, es que el problema no son los grafitis en sí. Montevideo da una imagen deprimente por una cantidad de cosas. La basura en las calles, la iluminación pública mortecina y deprimente, que hace acordar a un videoclip de Jaime Roos de los 80, las veredas rotas, las heces animales y humanas acumuladas. Y las paredes pintarrajeadas con consignas de hace 30 o 40 años.

El problema de fondo es que el estado de abandono de calles, fachadas y veredas, hace que lejos de sumar a embellecer las vías públicas, como si lo hacen en otros países, el grafiti apenas suma capas de deterioro a un lienzo que ya es de por si muy deprimente.

Esto nos hace acordar a aquella teoría de la ventana rota, un concepto de criminología y psicología social que explica cómo el descuido, el desorden o las pequeñas faltas (simbolizadas por un vidrio roto) incitan a un mayor deterioro, vandalismo y delincuencia, al enviar un mensaje de impunidad y falta de autoridad.

¿Cómo exigirle entonces a la gente que cuide un entorno que las propias autoridades, que nos esquilman a impuestos, no cuidan en absoluto?

Y esto nos lleva justamente a las autoridades municipales de Montevideo. Esta semana, nuestro fogoso intendente Mario Bergara, se refirió al tema. Pero lejos de asumir algún tipo de autocrítica por la pobreza de su gestión en más de un año en el cargo, dijo que “decir que la ciudad toda está sucia es parte de un eslogan y de una imagen que se quiere instalar”. Y agregó que “las tareas que se han venido desarrollando en estos meses están mostrando resultados”.

Bergara claramente está padeciendo el mismo síntoma de su compañera Blanca Rodríguez, que ve disminuir a la gente que vive en la calle. Porque nadie con capacidad visual más o menos dentro de los parámetros hegemónicos de salud, puede decir que algo haya mejorado en Montevideo desde que asumió esta gestión. Salvo, tal vez, la creatividad a la hora de imaginar nuevas formas de esquilmar a los ciudadanos, ya sea con pagos extra por arreglos de veredas, o nuevos estacionamientos tarifados.

La capital del país es una ciudad que tiene todo para ser un imán para el turismo, y un lugar envidiable para vivir. Sin embargo, el permanente éxodo de gente hacia los departamentos vecinos, es expresivo sobre su situación. Ojalá que así como algunos montevideanos han tomado para sí la tarea de recuperar las fachadas, otros empiecen a aceptar que así no se puede seguir.

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