Juntos y no entreverados

Cuál ha sido desde siempre la característica principal del sistema político uruguayo? La centralidad de sus partidos “atrápalo todo”, es decir, partidos con varias y distintas corrientes, con matices entre ellas, que suman al mismo caudal electoral y forman grandes y potentes representaciones políticas de la sociedad.

Históricamente esa acumulación de corrientes dentro del mismo partido encontró acomodo electoral en el sistema del doble voto simultáneo: se votaba “a la idea y al candidato” y en el resultado de las urnas estaba la más fidedigna legitimidad del peso de cada candidato y cada idea en el devenir del país. La “idea” era la expresión concreta que una corriente quería darle, en la circunstancia particular que atravesaba el país, a los principios del partido; el “candidato”, era aquella persona que portaba esas banderas y las sometía al juicio popular; finalmente, el resultado de las urnas implicaba procurar acuerdos, en el marco de la representación proporcional integral, para que el rumbo nacional reflejara el peso de los liderazgos, la fuerza de las ideas y la inteligencia de la concordancia lograda.

Todo ese delicado e inteligente entramado que formó nuestro sistema político fue fuertemente criticado a partir de los años sesenta por la izquierda. Enancada en algunos análisis sobre todo de Real de Azúa, influyentes dirigentes e intelectuales torpedearon la legitimidad del doble voto simultáneo sobre la base de negar la importancia de la instancia partidaria de negociación -hicieron hincapié en las fuertes diferencias entre distintos subsectores y líderes partidarios-, y de negar también la cualidad de integrantes de partidos de ideas a blancos y colorados.

Simples maquinarias clientelistas para juntar votos y sin ideas: a partir de ese simplista y tremendamente errado diagnóstico sobre los partidos, muchos procuraron cambiar el sistema electoral de forma de generar una nueva lógica política. Parte de la motivación de la reforma de 1997 se encontró en estos razonamientos, y es por ello, por ejemplo, que en ella se limitó la cantidad de candidatos a intendente por lema; que se fijó una instancia interna partidaria para elegir candidato único presidencial por partido; e incluso, algo más técnico aunque de enorme repercusión sobre todo en las circunscripciones del Interior, que se prohibió la acumulación por sublema a nivel de diputados.

Pero como si fuese un río que vuelve por su cauce natural más democrático, los viejos partidos tradicionales que se amoldaron con enormes dificultades a las nuevas reglas de 1997 terminaron procesando una nueva forma de presentar la acumulación por afinidades electorales y políticas.

Es así que en una primera instancia interna cada sector de cada partido presenta su candidato y sus ideas, y procesa acuerdos para llevar una fórmula común y un programa partidario único. En octubre cada partido compite con los otros de forma de ganar el apoyo popular. Y luego, con el resultado de la primera vuelta ya conocido, todos aquellos que creen que pueden converger en una propuesta común para el balotaje se ponen de acuerdo y sobre la base de un programa negociado apoyan a la fórmula presidencial que efectivamente llevará esas ideas al gobierno.

El legislador facilitó las cosas en este sentido: para octubre, cada partido lleva sus distintivos, colores y números de listas que los identifican; para noviembre, las hojas de votación solo tienen a los candidatos presidenciales de la fórmula, sin identificación partidaria ninguna. De esta manera, por ejemplo, aquel colorado que votó a su partido en octubre de 2019 pudo luego hacerlo por el bisnieto de Herrera en el balotaje sin por ello adherir a las identificaciones blancas, o aquel blanco que votó a su partido en 1999 apoyó un mes más tarde a un Batlle sin votarlo en una hoja colorada.

Entender toda esta lógica política sutil importa mucho para darse cuenta de que hay reglas de juego que deben ser respetadas si lo que se busca es promover un nuevo triunfo de la Coalición Republicana (CR). En junio de 2024 cada partido de la CR definirá su candidato y su programa; en octubre cada uno competirá para promover sus ideas y buscar apoyo de la ciudadanía; y será en el balotaje que todos se unirán en la síntesis de un programa común defendido por la fórmula que pase a esa instancia y enfrente a la del Frente Amplio.

Esa es la única forma de rastrillar ampliamente y de sumar desde distintos horizontes al objetivo común. Pretender cambiar esa fórmula es asegurar el fracaso de la CR.

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