La “revolución de las cosas simples” no para de asombrar.
Hace unos días nos enteramos de que, según Juan Labraga, director de la Asesoría de Política Comercial del Ministerio de Economía y Finanzas, el proyecto que se acaba de presentar para el fomento de la competitividad “se asimila a la baja de aranceles generalizada que realizó el gobierno de Lacalle Herrera, que abrió Uruguay al mundo y después unió a Uruguay al Mercosur” (Búsqueda, 25 de junio).
De tildar de “neoliberal” al gobierno nacionalista del período 1990-1995, pasaron sin escalas a citarlo como ejemplo de buenas prácticas económicas. Ya lo había dicho el ministro Oddone en ocasión de presentar su proyecto: “se trata de una modesta pero importante reforma del Estado, algo que desde 1995 no estuvo puesto sobre la mesa”.
Bien hizo el exministro Ignacio de Posadas (prestigioso columnista de esta página), en admitir que “hay un reconocimiento en quienes están en el tema, porque ellos saben de qué se trata”. Cuesta imaginar cómo habrán reaccionado los comunistas, socialistas y casagrandistas, con la vicepresidenta Cosse a la cabeza, a este explícito elogio ministerial al Herrerismo.
¿Qué hay detrás de tal reconocimiento tardío? ¿Acaso la voluntad de dar señales de calma y probidad a los agentes económicos, hoy crecientemente alarmados por la deriva del gobierno? ¿Tal vez una guiñada a la oposición, en busca de un apoyo del que los moderados del FA carecen en su propia interna? ¿O será un repentino ataque de pragmatismo, contradictorio con una campaña electoral de 2024 plagada de promesas voluntaristas e irrealizables?
El gobierno sabe bien que estos mensajes irritan a una base electoral de izquierda que, expresada en el disparatario maximalista de Juan Castillo, Constanza Moreira y compañía, sigue empujándolo hacia el precipicio del modelo kirchnerista.
Lo interesante es desentrañar el verdadero sentido del lema “la revolución de las cosas simples”. De alguna manera trata de dejar contentas a las dos mitades en que se divide el FA: los que piden revolución -o como dijera Vázquez, “hacer temblar las raíces de los árboles”- y los que, por el contrario, tienen puesta la camiseta frenteamplista pero son conscientes de que el rumbo del gobierno anterior fue el correcto, por lo que temen cualquier cambio en las reglas de juego. Así que para ellos iba lo de las “cosas simples”: hagamos una revolución pero “más tranqui”. Cambios pequeños, no sea cosa que te asustes y votes a quienes te demostraron capacidad de gestión.
Ahora, en el gobierno, siguen hablando a los dos públicos internos, pero están pagando tamaña incoherencia con una creciente desaprobación popular.
Son conscientes de que una decena de blindados en la calle no mejorará la seguridad pública, pero con ello procuran satisfacer la demanda de mano dura, aunque al mismo tiempo horroricen a sus bases antimilitaristas.
Son conscientes de que unos millones de dólares más de transferencias a los sectores más vulnerables no moverán la aguja de la pobreza infantil. Lo hacen para dejar contenta a esa militancia, aunque irriten al contribuyente, harto de un gasto público que no para de crecer.
A unos les hablan de austeridad y de un Estado eficiente, a otros los contentan sumando 4.500 empleados públicos, y designando un récord de 79 asesores en los ministerios, con salarios de hasta 240.000 pesos (El Observador, 2 de julio).
Otorgaron un puesto importante a una persona no idónea, por el solo hecho de ser transgénero, y como se les derrumbó semejante tinglado, ahora la apartan mediante un discreto enroque.
El de ellos no es un problema de comunicación. A esta altura, es de identidad.
Acceden al gobierno prometiendo paraísos artificiales que la práctica demuestra ilusorios. Pasando en limpio, lo que queda al ciudadano es la convicción de que la política necesita de gestores capacitados y no de diletantes a los que premiar por su esforzada militancia. Que no alcanza con declarar buenas intenciones en campaña y cambiar la pisada en el ejercicio del poder.
Que la tradicional “colcha de retazos” funciona más o menos bien cuando son oposición o acatan a líderes mesiánicos, pero ahora, con una mitad de la colcha en guerra contra la otra mitad, se parte en cualquier momento.
Es bien simple: como pretenden jugar a ambos lados de la cancha al mismo tiempo, todos los goles del partido -tanto los que meten como los que reciben- son en contra.