El episodio de la muerte de un caballo, durante las jineteadas de Semana Santa en Montevideo, es un buen reflejo de la crisis que enfrenta la cultura occidental en especial, pero la especie humana en general. Si, no exageramos ni un ápice.
El hecho es conocido: en una de las centenares de jineteadas, uno de los centenares de caballos que participan, sufrió un fuerte golpe en la cadera. Y, como sucede con los caballos cuando sufren fracturas o golpes que son muy difíciles de recuperar, el animal debió ser sacrificado. Se trata de un episodio triste, lamentable, que puede ocurrir en una jineteada, en una carrera en Marañas, o persiguiendo a un novillo revoltoso durante las tareas rurales en el campo. Como dijo una vez el hoy ex ministro Salinas (y por ello recibió expresiones de indignación de los periodistas que cubrían esa conferencia de prensa), “la muerte es parte de la vida”. Y así es.
El problema es que vivimos en una era muy extraña. La lamentable muerte del caballo generó una ola de preocupación, azuzada por los grupos que se identifican como “animalistas”, por los medios de prensa que hablaron de “episodio fatal”, y otras zonceras. Y por algunos burócratas como Gastón Cossia, exdirector ejecutivo del Instituto de Bienestar Animal, quien llamó a “generar un marco regulatorio específico”, afirmando conmovido que “¿Qué tenemos que esperar? ¿Que fallezca un jinete? No son actividades que tengan la protección adecuada. No hay chaleco, no hay casco, no hay protección de ningún tipo”. No contento con lo cual, agregó que “por otro lado, está la creciente resistencia que hay por grupos muy importantes de la sociedad de espectáculos donde los animales sufran maltratos y terminen muriendo”.
No es por dar a este señor Cossia más relevancia que la que amerita, pero su planteo pone el dedo en la llaga de hasta dónde llega la ignorancia y soberbia de ciertos sectores “ilustrados” urbanos, cuando opinan sobre temas de campo, de la vida real en el planeta tierra.
Marco regulatorio, existe y de sobra en las jineteadas, más una actividad cultural que un deporte, y que se practica desde hace siglos en nuestro país.
Y si se tomara el trabajo de leer un poco, sabría que sí, que ha pasado que algún jinete ha muerto alguna vez. Se trata de una actividad rústica, que se basa en confrontar la fuerza bruta de un animal portentoso, con la habilidad de un jinete que apela a su experiencia, talento y conocimiento de la mente del caballo, para resistir en su lomo.
Pero ni hay maltrato perverso (un tropillero cuida a sus caballos como a hijos), ni hay una masiva resistencia a las jineteadas. Todo lo contrario. Y la idea de obligar a un jinete a usar casco, chaleco, o protección, no solo es ridícula, sino que es un insulto a las tradiciones y costumbres que forman parte ineludible de la cultura nacional.
Esto nos da pie para ilustrar sobre dos de los desafíos más grandes que enfrenta hoy la sociedad. Por un lado, un nivel de infantilismo ridículo, potenciado por generaciones que al influjo de una antropomorfización payasesca de los animales, creen que la vida “natural” es una película de Walt Disney. Donde los animales tienen sentimientos humanos, y viven todos en el bosque, retozando y comiendo bayas silvestres.
No. La vida natural es una sangrienta lucha por la sobrevivencia, y si no pregúntele al zorro que se come al corderito blanquito, recién nacido. Al dulce perro hogareño, que sale en frenesí de sangre a matar ovejas por el campo. A la orca que juega con el simpático lobito de mar, hasta que se lo engulle.
Si a la madre de Bambi no la mataba el cazador, lo más probable es que se la comiera Simba.
Pero lo más grave es la falta de respeto por la cultura nacional. Esta gente piensa que su sensibilidad de sillón de apartamento, se puede imponer a todo un país, como si este fuera un campo arrasado, donde no existe nada más que ellos y el estrecho campo visual que los separa de la pantalla del momento.
Las jineteadas son parte de la cultura que nos formó, que nos da identidad. Son la representación actual de una forma de vida que nos hizo ser lo que somos, y una muestra de respeto a las raíces que hacen posible el país actual.
Si no entendemos que estas generaciones actuales no somos más que un puente entre lo que hubo y lo que vendrá, y no somos responsables de preservar nuestras señas culturales, embriagados por una sensibilidad falluta, ajena, impostada, condenaremos a nuestros descendientes a lo peor que se puede condenar a un ser humano. A no tener identidad. A no ser nada.