Jarabe democrático

En un mundo mediático y académico cada vez más volcado a la izquierda, nos hemos acostumbrado a escuchar que son estas visiones las que defenderían la democracia tradicional y ciertos valores liberales en política. Se escucha una y otra vez decir que hay una amenaza “ultraderechista” en todo el mundo, de “barreras sanitarias” para evitar que estas fuerzas lleguen al poder. Y, cuando no, que figuras como el presidente argentino Javier Milei son locos, que no están en condiciones de liderar a un país.

A tal punto llega esto, que líderes de la menguante izquierda regional organizan periódicos foros en defensa de la democracia, y con llamados de alerta ante el avance del fascismo.

Pues bien, la reciente elección en Colombia termina por marcar una tendencia que deja en evidencia la falsedad y doble discurso de buena parte de esos enunciados.

El presidente Petro no sólo amenaza todos los días con desconocer los resultados de unas elecciones que él mismo se encargó de supervisar sino que en los últimos días ha hecho declaraciones y salidas públicas, que cuestionan de manera expresiva su estado de salud mental, y su capacidad de gobernar un país. Incluso a nivel visual, con alguna aparición disfrazado de Bad Bunny, que hace que Milei parezca un discreto profesor universitario.

Curiosamente, o sin curiosidad, una columna publicada ayer en el The New York Times, del expresidente del centro Diálogo Interamericano, Michael Shifter, sostiene que los colombianos hicieron un “salto al vacío” al votar a Abelardo de la Espriella. Se ve que el señor Shifter no ha visto los delirantes posteos en twitter de las últimas horas del presidente Petro. Si Colombia pudo sobrevivir a un período presidencial de eso, no tendrá problemas con lo que viene.

Pero el problema no es sólo Petro o Colombia. En Perú, el candidato cobijado de manera insólita por la izquierda global, Roberto Sánchez, también está llamando a desconocer los resultados electorales que le llevaron a perder las elecciones con Keiko Fujimori. Eso pese a que en la primera vuelta, cuando quien se quejaba de irregularidades era el conservador Rafael López Aliaga, el propio Sánchez lo acusaba de antidemocrático y golpista.

Y decimos que es insólito el apoyo de la izquierda regional y global a Sánchez, porque el candidato tiene su base electoral en sectores que son directamente reaccionarios en lo social, y con muy escasas convicciones democráticas. Incluyendo al entorno del ex presidente golpista Pedro Castillo, o al etnocacerista Antauro Humala, que día por medio clama ante quien quiera escucharlo que los problemas de Perú se resolverían con fusilamientos masivos. O que tendrían que secuestrar al Rey de España cuando acuda al cambio de mando.

A esto hay que sumar lo ocurrido en Bolivia, donde el ex presidente Morales, que supo ser el niño mimado de la izquierda regional (la actual senadora Constanza Moreira llegó a decir que todo el progresismo latinoamericano debía tomarlo de ejemplo) ha encabezado una asonada golpista contra el recién electo Rodrigo Paz. Con cortes de rutas y bloqueos, que han generado decenas de muertos. Por suerte, gracias al apoyo de otros países democráticos de la región, la intentona golpista parece haber fracasado. Pero nadie de la izquierda regional ha dicho nada al respecto. Ni el The New York Times ha editorializado sobre la materia.

Pero no todos los ataques a las normas y el espíritu democrático que vienen de la izquierda son tan chocantes y ordinarias. Hay otras más sutiles, como la que se ve en el Brasil de Lula da Silva. Allí, una alianza peculiar con el Tribunal Supremo ha hecho que la carrera electoral esté claramente sesgada. Figuras como el juez Alexandre de Moraes se han impuesto por encima de las normas democráticos, sancionando discursos y acallando a figuras de enorme peso político, simplemente por su capricho personal. Incluso manteniendo durante años y años una investigación abierta, que le permite operar como gusta sobre las campañas políticas.

El tema de fondo, es que mientras todos los medios, los “expertos”, y los referentes morales de la izquierda se escandalizan con que si Milei ataca a un periodista, o Kast tuvo un abuelo nazi, todas estas violaciones flagrantes a los valores democráticos, que son mucho más graves y profundas, parecen pasarles por al lado sin generar ningún escándalo. Un doble rasero tan evidente, que los pueblos de la región ya ni los escuchan, y terminan votando a quien más los haga enojar.

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