Mientras con riguroso apego a la tradición, los británicos celebraban la coronación del Rey Carlos III, en Montevideo también una ceremonia importante para muchos uruguayos tuvo lugar en el estadio Centenario: la beatificación de quien fue el primer obispo de Uruguay, Jacinto Vera.
Con mucho público, pese al mal tiempo, la ceremonia fue celebrada por obispos, sacerdotes y tres cardenales (el uruguayo, el de Brasilia y el de Buenos Aires). La importancia del hecho se redobla en un país que hace culto de su laicismo, a tal punto que a veces distorsiona su real significado.
Pocos días antes de esta celebración, el cardenal Daniel Sturla participó en una misa que tuvo lugar en la recién restaurada capilla del Hospital Vilardebó. Ese hecho generó una fuerte reacción en los laicistas más intransigentes. A los más moderados les molestó que se extendiera una invitación a presenciar esa misa al personal del hospital. Obviamente, la invitación fue un gesto de natural cortesía. Nadie obligaba al personal a asistir, so pena de apercibimiento. Eso sí hubiera sido una violación al principio del laicismo.
Es el Estado quien debe ser laico. La gente no. La gente, en uso de su libertad, elegirá la religión que quiera, si es que quiere una.
Que haya una capilla (construida mucho antes que el Estado y la Iglesia se separaran) en un hospital público, no debería molestar a los laicistas. En todo caso siempre debería haber espacio en hospitales para que quienes profesan alguna religión encuentren un lugar para el sosiego y la oración en un momento difícil. Sería un servicio, otro más, de los muchos que se ofrecen a pacientes y familiares. No vale el mismo razonamiento para la enseñanza pública, pues allí no corresponde que haya lugar para la prédica religiosa. Justamente es en la enseñanza pública donde todo tipo de adoctrinamiento, religioso o ideológico, debe quedar fuera de las aulas.
Esto último no siempre se entiende. No nos referimos a lo religioso, nadie duda de que así debe ser, sino a lo ideológico-político. Muchos creen que es lícito diseminar ahí doctrinas y hacer proselitismo partidario. Si alguien es observado por tales prácticas, reclama ser amparado en el ejercicio de su libertad de expresión.
Adoctrinar estudiantes está bien para muchos, pese a que no difiere de catequizar a alumnos en el salón.
Más de alguno debe haberse puesto nervioso con la ceremonia de beatificación de Jacinto Vera. En especial aquellos que consideran que toda expresión religiosa debe ser confinada a los templos o al interior de sus casas. Se aterran ante toda expresión pública de lo religioso, cualquiera sea su origen y naturaleza.
Es que así como mucha gente en este país (en una proporción más alta que en buena parte del mundo) no se siente creyente ni es parte de ninguna iglesia, secta, sinagoga o cualquier otra expresión religiosa, hay otra que sí busca integrarse a comunidades que reflejen su forma de entender la fe.
En definitiva, es el Estado quien debe ser laico. La gente no. La gente, en uso de su libertad, elegirá la religión que quiera, si es que quiere una.
Un Estado laico le ofrece al ciudadano todas las garantías para que ejerza su fe, sin sentirse presionado. No será el Estado que le imponga una denominación a la cual integrarse, ni lo hostigará por no sentirse creyente. Al contrario, la prescindencia del Estado permite que la gente decida en total libertad.
Lo religioso tiene mucho que ver con la vida cultural, social y artística de un país. Se funde en su historia. Tal es el caso de Jacinto Vera una figura tremendamente popular, muy querido en su tiempo y un protagonista fundamental de nuestra historia.
Tan fundamental como lo fueron otras grandes personalidades que hicieron de Uruguay lo que es. Controvertidas todas ellas, sin duda, como lo pudo haber sido Jacinto Vera, y también admirados por muchos. Así se forja la marcha de un país.
Una fuerte señal de una manera sana de entender el laicismo, fue la presencia de figuras de diferentes partidos políticos en la celebración. Estuvieron el presidente de la República Luis Lacalle Pou, y dirigentes blancos como Álvaro Delgado, Rodrigo Goñi y Beatriz Argimón, colorados como Pedro Bordaberry. los frentistas José Mujica y Lucía Topolansky y el cabildante Guido Manini Ríos.
La celebración del sábado fue importante para los católicos, pero también se refirió a una persona y una época que son parte de la historia de este país laico, diverso, respetuoso de la diversidad y tolerante. Que eso nunca se pierda.