Anteayer el equipo económico y la ministra de Salud Pública dieron cuenta de los ajustes a la devolución del Fonasa ante la Comisión Permanente del Parlamento.
No hubo novedades respecto a lo que había trascendido la semana anterior. Queda la constatación de que lo del Fonasa no son “errores de diseño” sino más bien horrores.
Y no nos referimos a la novedad de que 155.000 aportantes no cobrarán devoluciones o cobrarán menos, conocida con un año de anticipación a su vigencia debido a un nuevo porrazo comunicacional de nuestro presidente, quien lo comentara informalmente ante un grupo de periodistas.
Hablamos más bien del Fonasa en sí mismo: una idea que el Frente Amplio viene vendiendo desde 2007 como democratización de la salud y que, desde su primer año de vigencia hasta el presente, no hace más que dar déficits que pagamos con paciencia infinita los contribuyentes.
El subsecretario de los sincericidios, Martín Vallcorba, fue el primero en reconocerlo abiertamente: “lo que estaba mal era el cálculo de cuánto valen las contraprestaciones. Y por eso estábamos devolviendo de más”. Tanto él como el ministro Oddone admitieron después que “los equipos técnicos del MEF venían planteando esta problemática desde 2019, pero ese año no se consideró el ajuste por la campaña electoral”. En comparecencia posterior ante la prensa, Oddone fue más allá: llegó a decir que en aquel tiempo no tenía “ni idea” de la necesidad del ajuste, pero también a justificar que se lo había ocultado porque el tema no tenía “sex appeal” a la hora de pedir el voto. Y vaya si no lo tendría. Pocas veces se ha reconocido con tanta franqueza la práctica demagógica de esconder cangrejos debajo de las piedras.
Del mismo modo que en 2019 admitieron que era imperiosa una reforma de la seguridad social, pero se la dejaron envuelta con moño al gobierno de la Coalición (y después le armaron un referéndum para trancarla), lo mismo quisieron hacer con este impopular ajuste de las devoluciones del Fonasa. No lo ejecutó la CR y ahora se vieron obligados a efectuarlo, pero fingiendo demencia, como si el error original no hubiera sido de ellos.
La madre de este borrego está en esa curiosa “democratización de la salud” de 2007-2008, que implicó un sablazo generalizado sobre los salarios de la gente y una ilusión de vaca atada para un puñado de mutualistas que de golpe captaron un público cautivo (y aún así, alguna se fundió y reclamó más salvatajes de Rentas Generales). Era mucho más fácil fortalecer directamente a la salud pública, a la que todos siempre tuvieron acceso sin importar su nivel económico o condición social. Pero así es el voluntarismo populista de nuestra izquierda: si en nombre de la justicia social los números no dan, mala suerte, la plata igual va a salir de algún lado porque los almuerzos deben de ser gratis. En tal sentido es muy reveladora la enésima polémica interna del oficialismo: para Olesker lo del Fonasa no es déficit (!), mientras Oddone admite que lo es.
Es significativo que quienes hemos defendido la idea de un bono educativo -que permitiera a la gente elegir adónde mandar a estudiar a sus hijos, fuera en el sector público o privado- solemos ser tildados de neoliberales sin alma. Mal o bien eso fue el SNIS y su Fonasa: un sistema coercitivo por el cual los trabajadores perdieron la libertad de optar por la salud pública si no querían pagar una cuota mutual, con lo que las mutualistas financiaron sus ineficiencias y se superpoblaron de socios. Un sistema que -con la motivación de extender la cobertura a los menores de edad- encareció el aporte de sus padres, dándose la paradoja de que en un país con bajísima natalidad, el Estado descuenta más plata del sueldo a quienes tienen hijos, en lugar de estimular a parirlos.
En suma, quienes en la campaña electoral de 2024 prometieron que no pondrían más impuestos, ahora, a poco más de un año de aquellos cantos de sirenas, descargan un nuevo mazazo sobre los ingresos de la clase media, justificándolo en un error cometido por ellos mismos pero nunca debidamente reconocido. Entretanto seguirán proclamando que democratizan la salud, cuando lo que verdaderamente han hecho fue sostener artificialmente instituciones a costo del contribuyente.
Seguramente es tarde para echar atrás semejante andamiaje estatista, pero al menos tendríamos que asumir de una vez por todas la responsabilidad de votar en contra de estos sistemas populistas que prometen paraísos y financian miserias, exprimiendo sin descanso a la clase media.