Historia de los maltratados

En un mural imaginario sobre las sociedades contemporáneas, que podría imitar el aliento épico de los grandes frescos mexicanos, el sector de las miserias humanas debería ocupar mucho espacio, porque de ellas no se salva ningún país, por más desarrollado que sea. Hace cinco décadas, un viajero uruguayo vio por primera vez en su vida a gente vieja durmiendo en la calle. Eso lo sorprendió en un barrio céntrico de París durante un otoño bastante frío, por lo cual aquellos indigentes estaban echados sobre las rejillas de ventilación del tren subterráneo para aprovechar ese aire tibio. Un cuadro así no se veía en Montevideo.

Hace cuatro décadas, en el Bowery de Manhattan, ese viajero pudo ver a varios grupos de vagabundos tirados en las veredas a plena luz del día, durmiendo o pidiendo limosna, lo cual era algo igualmente desconocido en Montevideo. Hace tres décadas, el viajero observó la extensión de los rancheríos que cubrían las laderas de unos cerros a dos pasos de las avenidas del centro de Caracas, contraste capaz de asombrar a un montevideano nada habituado a esa brutal desigualdad. Hace dos décadas, el uruguayo recorría por la noche una calle vecina de la Gran Vía madrileña y vio cómo dos muchachos, junto a un portal, se inyectaban droga a la vista de quienes pasaban por allí, un cuadro de truculencia nunca vista en Montevideo.

En todos lados había excusas para tales espectáculos. Los franceses decían que dormir en la calle era una extravagancia de los "clochards"; los neoyorquinos decían que la resaca humana del Bowery estaba combatiéndose con nuevos planes de recuperación social; los caraqueños decían que la gente pobre se negaba a abandonar sus chabolas aunque una lluvia torrencial las demoliera; los madrileños decían que una vez por semana pasaba una brigada de auxilio que llevaba a los drogadictos a un centro de rehabilitación. Pero todas esas figuras de una variada penuria estaban en exhibición en cuatro grandes ciudades, dejando atónito al visitante montevideano, que debía tomar un avión y hacer un largo recorrido para descubrir esas muestras de abandono.

Ya no hace falta tomarse ese trabajo, porque Montevideo se ha puesto a tono con los oscuros perfiles del mural de las miserias. Hace pocos días, el uruguayo que había registrado aquellos episodios viajeros, se sentó a tomar algo frente a la ventana de una confitería de Pocitos. Delante de él, junto al cordón de la vereda, había un contenedor y ahí se zambulló un adolescente que no debía tener más de 15 años, comenzando a tantear y seleccionar bolsas y papeles que arrojaba hacia el exterior, donde eran recogidos por un acompañante mayor de edad con destino al carro que estaba en la esquina.

Quien estaba observándolo pensó varias cosas. Pensó por ejemplo cuántas barreras culturales deben derribarse para que un chico cumpla públicamente esa tarea sin sentirse humillado, como si el resto del mundo no existiera, y cuántas deben borrarse para que el prójimo vea semejante espectáculo sin horrorizarse. Pensó que en Montevideo también hay excusas para tolerar tales actividades y permitir que ultrajen diariamente a sus actores y sus testigos, porque la autoridad municipal no solo autoriza esa imperdonable recolección de residuos (con sus graves consecuencias sanitarias, sociales, psicológicas y ambientales) sino que se complace en regularizarla mediante el registro de sus operadores y la matriculación de sus carros. Pensó además que la mejor excusa para ser esgrimida por los gobernantes es que los hurgadores no tienen otro medio de vida, con lo cual consiguen multiplicar la misma marginalidad que dicen combatir. Así, de paso, legitiman el trabajo infantil que en esa categoría se realiza bajo condiciones inadmisibles, sobre las cuales la buena conciencia oficialista prefiere no opinar.

Sería bueno saber qué piensan hacer las jerarquías de la Intendencia Municipal, del Ministerio de Salud Pública, del Ministerio de Desarrollo Social y del INAU, ante el problema de los menores que trabajan desde hace años manipulando desperdicios dentro y fuera de los contenedores, por no hablar de los mayores que los acompañan. También sería bueno saber si esa interrogante tiene una respuesta aceptable.

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