Heridas abiertas

SEGUIR

Introduzca el texto aquí

Con la celebración de una Marcha del Silencio que será multitudinaria, en esta jornada los uruguayos todos reafirmamos nuestro compromiso con la dilucidación de una tragedia que no debe olvidarse.

El destino aún incierto de los 197 compatriotas desaparecidos, en el marco de la represión política ejercida por la dictadura militar.

La fecha elegida para esta movilización rememora el trágico hallazgo, en 1976, de los cuerpos sin vida de los legisladores Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, junto a los de los jóvenes Rosario Barredo y William Whitelaw.

Tal vez uno de los testimonios más impactantes de ese hecho luctuoso sea la película D.F. (Destino Final), un documental dirigido por Mateo Gutiérrez, hijo del “Toba” Gutiérrez Ruiz, que recoge las evocaciones de aquellos tiempos turbulentos por parte de protagonistas de ayer y de hoy.

Es difícil contener la emoción cuando aparecen ante nuestros ojos filmaciones de época, donde el Toba se declara “biológicamente optimista” con su ancha y contagiosa sonrisa, tan contrastante con el terrible final de su vida. Verdaderos mártires de la democracia, Zelmar y el Toba representan mucho más que sus propios derroteros políticos: son un símbolo de la rebeldía indoblegable del pueblo uruguayo en defensa de la democracia y la libertad.

No deben verse como figuras representativas de sus respectivos partidos políticos, porque claramente los trascienden.

A partir del referéndum de 1989, que afirmó la Ley de Caducidad, consolidada a su vez en una segunda consulta popular de 2009, queda demostrada la voluntad mayoritaria de los uruguayos de no empantanarse en los odios del pasado.

Como cayó Washington Beltrán en un duelo infame en 1920, como se suicidó Baltasar Brum en 1933, la muerte violenta de Gutiérrez Ruiz y Michelini es una paradójica reafirmación de la vida: al homenajearlos, honramos su admirable capacidad de ofrendarla en el altar de sus ideales de justicia.

Por eso equivocan el camino quienes convierten la efemérides de hoy en una mera herramienta de propaganda partidaria. En las redes sociales (esas que, más que un altar, son un chiquero de odios y querellas menores), extremistas de uno y otro signo se desangran en una polémica sin sentido.

No es verdad que rendir homenaje a los detenidos desaparecidos de la dictadura sea mostrar irrespeto por los caídos por la guerrilla de izquierda de los años 60 y 70. Unos y otros son víctimas inocentes de un país polarizado, donde algunos iluminados creyeron que debían sustituir las urnas por las armas, y otros aprovecharon ese caldo de cultivo para cercenar libertades e instaurar una dictadura a sangre y fuego.

En esa interpretación de los hechos, estamos en las antípodas de aquella propuesta del expresidente José Mujica, que felizmente no prosperó, consistente en fundir las armas de las fuerzas represivas con las de los guerrilleros, para crear una especie de memorial a favor de la paz. Esa visión edulcora la violencia, de alguna manera la convierte en la materia constitutiva de la paz alcanzada, y nada hay más lejos de la verdad histórica que verlo de ese modo.

Más bien podría decirse que con esa idea peregrina, Mujica pretendía sanar sus propias culpas por haber formado parte de la secta violentista que tanto daño hizo a la ejemplar civilidad uruguaya. La mayoría demócrata del país no cree que ningún arma de fuego sirva para celebrar la paz.

Ni las que cobardemente alzaron los guerrilleros contra policías y civiles, ni las que con similar insanía se usaron en cuarteles y centros de reclusión para asesinar a presos políticos.

La tolerancia por las ideas ajenas es una causa que debería unirnos a todos los uruguayos, porque solo así, asumiendo la autocrítica que compete a cada uno, puede alumbrarse una esperanza de reconciliación.

A partir del referéndum de 1989, que afirmó la Ley de Caducidad, consolidada a su vez en una segunda consulta popular de 2009, queda demostrada la voluntad mayoritaria de los uruguayos de no empantanarse en los odios del pasado. Pero eso no significa que la sociedad cierre los ojos a la verdad histórica. Desde la Comisión para la Paz creada por el expresidente Jorge Batlle en el año 2000 hasta los más de doscientos pedidos de acceso a la información que el ministro Javier García está respondiendo en la actual administración, el sistema político ha demostrado sensibilidad en este tema, más allá de cualquier adhesión política o ideológica.

Sin prisa y sin pausa, al decir de Goethe, debemos seguir honrando a todas las víctimas y buscando la verdad histórica con dedicación y objetividad. Porque no se siembra el futuro negando el pasado.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

Editorial

Te puede interesar