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La invasión de febrero de Ucrania, la natural reacción de los patriotas ucranianos, y el apoyo a Kiev de los países europeos vinculados a la Unión Europea (UE) y a la OTAN, dejan planteado un escenario de guerra en Occidente que marcará la escena mundial.
Como ocurrió con la primera Guerra Mundial, cuyo desenlace terminó quitando a Europa del centro del protagonismo internacional, la guerra en Ucrania viene fijando dos campos bien determinados y de enfrentamiento duradero. Rusia, que es el país más extenso del mundo, cuenta con sus apoyos en Asia Central y con el aliado de Bielorrusia en la región, fundamental para los ataques contra Ucrania. Kiev por su parte, ha logrado el apoyo de las principales potencias occidentales y un mayor involucramiento de la OTAN en la región de Europa del Este.
El riesgo de destrucción de Occidente es muy alto. Así al menos puede ser interpretada la invasión rusa a Ucrania y sus consecuencias, desde capitales tan lejanas del conflicto como Pekín o Nueva Delhi. Porque, en definitiva, más allá de los naturales matices que dentro de la civilización occidental se puedan encontrar entre los distintos pueblos y culturas que la conforman, lo cierto es que, visto desde fuera, se trata de un conflicto entre blancos, cristianos y europeos, muy similar en este sentido al antecedente de 1914-1918.
El problema es que, a diferencia de ese conflicto de inicios del siglo XX, hoy la civilización occidental ya no es el centro económico, demográfico, cultural, financiero, comercial y militar del mundo. En efecto, tanto China e India, como el mundo musulmán con sus gigantes demográficos del sur de Asia, compiten en varias dimensiones por la hegemonía mundial con Estados Unidos y con la UE. La internacionalización de la guerra en Ucrania es pues un factor de debilitamiento de todo Occidente, y en eso también el agresor ruso tendrá la principal responsabilidad histórica.
Es que la torpeza geopolítica de Moscú es en este sentido llamativa. Por un lado, Putin reivindica una especie de representación fiel de los valores occidentales, apoyado, por ejemplo, en parte de la cristiandad ortodoxa, que justificaría a sus ojos la expansión del imperio ruso y la invasión de Ucrania. Pero, por otro lado, al generar una confrontación potente con la OTAN, el frágil entramado demográfico y económico ruso terminará debilitándose en su flanco asiático- este, dejando así abierta la puerta a una mayor influencia China en toda esa zona del mundo.
En este inicio del siglo XXI, lo que menos precisa Occidente, confrontado como está con la mayor influencia mundial de civilizaciones rivales, es una guerra interna y generalizada en el viejo teatro europeo.
La tragedia de la guerra que generó Rusia no es solamente las terribles consecuencias humanas y materiales que sufre el valiente pueblo ucraniano, sino esta otra dimensión más de largo plazo y más civilizatoria que, de alguna forma, retoma la vieja fórmula con la que el gran teórico Huntington había interpretado el fin de la guerra fría en 1993. En este inicio del siglo XXI, lo que menos precisa Occidente, confrontado como está con la mayor influencia mundial de civilizaciones rivales, es una guerra interna y generalizada en el viejo teatro europeo.
¿Acaso no es un riesgo para todo Occidente que la pujante economía china termine pudiendo hacerse de mayores recursos energéticos y de materias primas en general de origen ruso, y en particular de la región de Siberia, por causa de un debilitamiento general de Moscú en esa zona causado por la guerra en Ucrania? ¿Acaso no ha sido entonces tremendamente irresponsable de parte de Rusia invadir Ucrania y azuzar una guerra generalizada en Europa del Este que termine debilitando a todo Occidente en esa zona, cuando en Asia central crece la influencia de Pekín e incluso de Turquía en desmedro de los valores occidentales defendidos corajudamente allí, por ejemplo, por Armenia?
En este ajedrez mundial hay que ser conscientes del enorme papel que está llamado a cumplir el espacio del “extremo-Occidente” que es Sudamérica, para retomar la fórmula del analista francés Rouquié. Formamos parte de Occidente, contamos con recursos demográficos y materias primas, y debemos preservar un continente en paz comprometido con la democracia liberal y la economía de mercado. Dentro de ese escenario regional, el soft power uruguayo puede tener un gran protagonismo, como faro de democracia en el mundo, de respeto del Estado de derecho y de defensa de los valores occidentales que son los nuestros desde siempre.
Infelizmente, Occidente entró en una guerra interna de consecuencias muy graves. En el nuevo mundo que amanece, el país más democrático y estable del extremo-Occidente tiene una gran oportunidad para hacerse valer.