Gobierno en declive

Los números de la encuesta de Cifra son demoledores y no admiten lecturas piadosas: la desaprobación del gobierno trepó al 65% y no se trata de un sondeo aislado ni de una mala semana de comunicación. Es la fotografía de un proyecto político que se quedó sin nafta antes de salir del garaje y que, peor aún, parece no advertirlo.

La comparación que circula estos días resulta particularmente incómoda, en el mismo punto de su gestión, este gobierno está peor que el de Jorge Batlle, con la diferencia de que aquel atravesaba una crisis regional devastadora y este no enfrenta ningún cataclismo. El deterioro no se explica por la mala suerte, se explica por una pasmosa y desesperante falta de ejecución.

Hay muchos factores que suman a este resultado, pero todos confluyen en lo mismo: una administración incapaz de resolver los problemas del país.

La sensación que se ha instalado es la de un gobierno que improvisa, que realiza anuncios a la bartola y que cuando finalmente actúa, lo hace exitosamente mal.

El Ministerio del Interior es un caso testigo. Hace apenas unos meses se presentó, con bombos y platillos, un plan de seguridad que prometía ordenar el caos, hoy, sin que aquel plan haya mostrado siquiera un milímetro de avance, el ministro reaparece con una nueva medida de cartón: que vehículos militares patrullen las calles. El anuncio se desinfló a las pocas horas, cuando se recordó un detalle no menor, esos vehículos fueron donados por la embajada de Estados Unidos para misiones de paz y no pueden destinarse a tareas de patrullaje interno.

Es decir, se anunció algo que no puede aplicarse. La seguridad, principal preocupación de los uruguayos, se gestiona a fuerza de titulares que no resisten el primer análisis. No es un error de detalle, es la confirmación de que las medidas se diseñan para el efecto del día y no para resolver el problema.

La Cancillería no ofrece mejor espectáculo. El canciller se las arregla para hacer escala en Roma hasta cuando viaja a Alaska, forzando itinerarios por conveniencia personal y desvirtuando la investidura que ocupa. Representar al país no es una agencia de viajes a medida, cada uno de esos desvíos, pagados por el Estado para que el ministro tire una moneda en la fontana di Trevi deshonra una función que debería estar por encima del interés privado de quien la ejerce. La política exterior de un país se sostiene sobre la seriedad y difícilmente se pueda lograr algo desde tamaña frivolidad.

La economía completa el cuadro. El ministro se pasó más de un año yendo de anuncio en anuncio sobre su proyecto de ley de competitividad, presentado como la llave maestra que destrabaría el crecimiento. Ahora que por fin lo tenemos a la vista, la conclusión es la esperable, no le cambia la vida a nadie. Y por si fuera poco, fue forzado a desdecirse.

Había prometido una rendición de cuentas de gasto cero y terminó anunciando una con incremento de gasto, justo cuando todo indica que debería disminuir. El problema fiscal del Uruguay, lejos de encauzarse, seguirá agravándose sobre los enormes yerros del Presupuesto que no se quieren corregir.

Cada uno de estos episodios podría leerse como un tropiezo aislado. Sumados, dibujan un patrón: falta de planes, falta de ejecución y, sobre todo, falta de personas competentes en las posiciones que importan.

La paciencia de la gente, que en cualquier inicio de gobierno suele ser generosa, se agotó a una velocidad inusual, no porque la oposición haya sido especialmente agresiva, sino porque el oficialismo se encargó de defraudar las expectativas que convengamos no eran muchas luego de la campaña más anodina que recuerde en muchos años.

La pregunta que queda flotando es angustiante ¿cómo puede seguir esto? Un gobierno que recién empieza y que ya cosecha estos niveles de rechazo tiene por delante años de gestión cuesta arriba, con un capital político cada vez más magro y todavía girando en torno al “camionetagate” del que no terminan de salir porque no tienen como explicarlo bien luego de los sucesivos cambios de versiones.

Esta es la triste situación de un gobierno al que la gente le soltó la mano porque éste primero le soltó la mano a la gente. Ni los propios votantes frentistas respaldan una gestión que parece estar pidiendo la hora en el primer tiempo.

Y lo que genera mayor preocupación en inquietud en la sociedad, es imaginarse qué puede venir en los años que todavía quedan de esta administración.

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