Frustración y democracia

Algunos analistas señalan un peligro para nuestra democracia: cierto hartazgo político genera un crecimiento de partidos y liderazgos anti-sistémicos con discursos entre populistas, demagógicos y quejosos, que pretenden beneficiarse de una sensación de frustración creciente tanto a la izquierda como a la derecha del espectro político.

En primer lugar, hay que decir que a diferencia de lo que ocurre en países vecinos nuestros partidos son fuertes y amplios. Esto quiere decir que son capaces de sintonizar rápidamente con las demandas de la ciudadanía y plantearle ofertas sectoriales adaptadas a cada una de las grandes corrientes de opinión del país y lograr así canalizar sus demandas. En concreto, si el hartazgo o la frustración se fuera formando en torno a los problemas de seguridad, por ejemplo, es muy probable que tanto blancos como colorados (y frenteamplistas) generen ciertos discursos y posicionamientos que representen las demandas que aparecen hoy como insatisfechas.

En segundo lugar, hay que decir también que de ninguna manera se puede pensar que porque hoy existan algunos partidos o liderazgos anti-sistema nuestra democracia está en peligro. En definitiva, los tres lemas más votados de 2024 representan el entorno del 90% de quienes fueron a votar en octubre de ese año; la cantidad de votantes siempre está en el eje del 90% de los inscriptos; la cantidad de votos en blanco y anulados no supera normalmente un 5% del total; y siempre existen pequeños partidos que captan insatisfechos y descontentos de todo tipo.

Aquí no hay una fragmentación partidista que haga que los principales líderes del país no alcancen grandes representaciones ciudadanas, ni tampoco hay crisis partidarias que hagan variar sustancialmente los apoyos de unos y otros de una elección a la otra. Que esas cosas ocurran en otros países de la región nos debe hacer valorar mucho el papel de nuestros partidos, sus inserciones sociales, sus vigorosos sectores con sus diferentes matices y la gran competencia electoral que existe. Ella lleva a que todos tengan chances de alcanzar el poder y que por lo tanto se esfuercen por representar ampliamente las preferencias de la inmensa mayoría de los ciudadanos.

En este sentido importa entonces desterrar este argumento del riesgo de fuga hacia partidos anti-sistema, como podría ser Identidad Soberana, frente a la eventualidad de una conformación más permanente de formato electoral coalicionista entre blancos, colorados y partidos afines a los valores republicanos que gobernaron entre 2020 y 2025. Por un lado, porque el partido del diputado Salle ya forma parte del sistema político y de ninguna manera podrá decir en 2029 que nada tiene que ver ni que nada quiere saber con el funcionamiento de nuestra democracia representativa. Por otro lado, porque es precisamente con la potenciación de las chances electorales de cada uno de los partidos que pueden conformar la Coalición Republicana que puede encontrarse un buen antídoto al crecimiento eventual de opciones anti-sistema.

El asunto es bien sencillo: una coalición permite a sus distintos partidos y sectores marcar matices a la vez que compartir ciertos lineamientos esenciales comunes de objetivos de gobierno. Esta lógica de competencia y cooperación es algo bien entendido por nuestra ciudadanía, que sabe perfectamente que al votar a su senador y diputado preferidos en octubre está ayudando a que esa representación parlamentaria tenga más peso e incidencia en el marco general de los variados apoyos coalicionistas existentes.

A partir de ese razonamiento, que es bien sabido por un país que desde 1910 conoce el mecanismo del doble voto simultáneo, es decir el voto en la misma hoja al hombre y a la idea marcando matices partidarios y sectoriales y conformando luego gobiernos sobre bases de acuerdos parlamentarios, es evidente que el voto que quiera incidir en el futuro gobierno irá a alguna de las opciones coalicionistas. La rebeldía y la frustración actuales también allí podrán tener sus expresiones con liderazgos y sectores que las canalicen.

No es verdad que ir a un formato de coalición para blancos y colorados debilite a sus sectores y favorezca a terceras opciones. Por el contrario, ese formato tenderá a multiplicar las opciones internas dentro de esa coalición y por lo tanto a favorecer que el conjunto vote más. No se combate a los partidos anti-sistema con una mayor fragmentación. Se los combate haciendo más potente la opción diferente a la izquierdista en el poder.

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