Entre ollas y fanáticos

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Son necesarias las “ollas populares”? ¿Se trata de una respuesta saludable de la sociedad a una crisis puntual? ¿O acaso son otra muestra de la capacidad de la oposición de manipular cualquier cosa con tal de atacar al gobierno?

Estas preguntas rondan la cabeza (o deberían rondar la cabeza) de cualquier ciudadano informado. Es que en los últimos meses el debate público se ha centrado en un fenómeno que tiene la capacidad de mostrar lo mejor y lo peor de la sociedad uruguaya. Pero que también deja en evidencia la incapacidad de los uruguayos para separar la paja del trigo a la hora de analizar los desafíos que enfrentamos como país.

Todo empezó a los pocos días de asumir el gobierno actual. No habían pasado dos semanas de su instalación, cuando el covid-19 arribó a nuestras costas, y con él, el miedo, la histeria, y un frenazo económico como no se veía en décadas. Y eso que el gobierno se opuso a una manija opositora por todos los flancos para declarar una cuarentena forzosa que habría multiplicado por diez el hambre y la miseria.

Pues fue allí, en esas primeras semanas de gestión de Lacalle Pou, que los medios comenzaron a hablar de las “ollas populares”. Una respuesta “social” a la crisis, que crecían como hongos en cada barrio, y los medios y periodistas mostraban de manera acrítica y almibarada, como la prueba evidente de la solidaridad sempiterna de los uruguayos.

El periodismo uruguayo está en su peor momento en muchos años. Solo por ello se explica que nadie se hubiera puesto a averiguar cómo pudo pasar que en un país que según decía quien había gobernado hasta hacía 15 días era una copia austral de Suecia, de golpe, hubiera miles de personas con hambre. Algo que se agravó luego, a medida que algunas organizaciones que tomaban protagonismo en torno a este fenómeno, empezaban a mostrar la hilacha.

El periodismo y los medios, por miedo a la presión pública de ciertos actores, o por falta de altura, hemos sido cómplices de una situación indignante. Sacando el foco del problema estructural y de fondo, para ser funcionales a una estrategia política de la oposición.

Tal vez el primer episodio significativo fue cuando en plena recolección de firmas por la LUC, una “movilera” de un canal fue por quinta vez en pocas semanas a una “olla” en el barrio capitalino de Palermo. Allí, hizo una nota a los “voluntarios”, que alimentaban a la gente con camisetas que decían “No a la LUC”. Ni a la periodista, ni a sus colegas en el canal, se les ocurrió que sería relevante preguntarle a los voluntarios como compaginaban el activismo partidario, con la actuación social. ¿Acaso condicionaban la entrega de alimentos a una firma? Nunca lo sabremos.

Pero a partir de allí el fenómeno fue creciendo en intensidad. Y a medida que la economía del país se iba recuperando, el tono de los activistas se hacía más duro. Primero, exigiendo insumos al Estado y criticando su accionar. Luego, impulsando discursos ideológicos y de un radicalismo de izquierda panfletario. Por último, siendo instrumentales a una estrategia de la oposición, que decía que mientras que algunos sectores del país se enriquecían, otros pasaban hambre.

El colmo se dio cuando el Mides, en una medida natural y lógica para una oficina que usa recursos extraídos por el Estado a los contribuyentes, pidió a una de estas organizaciones algunos datos básicos para saber qué hacían con el dinero público. La respuesta fue una negativa airada, y un tour mediático de su líder, Esteban Corrales, que recorrió medios y canales con cara de enojado, y con un discurso sectario y de barricada.

A esta altura, ya tenemos algunas cosas claras. Primero, hay gente que no tiene para comer en Uruguay, lo cual es una vergüenza lacerante. Pero son más o menos los mismos que desde hace por lo menos 20 años.

Segundo, el Estado no logra generar sistemas eficientes para satisfacer esa necesidad. Y no es por falta de recursos o de voluntad de sus jerarcas actuales. Claramente, el INDA tiene problemas que requieren una reforma a fondo.

Tercero, hay gente que no titubea en usar el hambre de los más necesitados para lograr un objetivo político. Alcanza escuchar 10 minutos al señor Corrales, para darse cuenta que detrás de un supuesto espíritu humanista y solidario, se (mal) disimula una agenda política de izquierda radical.

Cuarto, el periodismo y los medios, por miedo a la presión pública de ciertos actores, o por falta de audacia, hemos sido cómplices de una situación indignante. Sacando el foco del problema estructural y de fondo, para ser funcionales a una estrategia política de la oposición.

La solución al problema de fondo, requiere medidas de peso. Cambios estructurales en la educación, en la asistencia social, en la planificación económica. Pero nada de eso concretaremos si seguimos haciendo caso a los fanáticos, y poniendo el foco en el lugar errado.

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