El tren perdido

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Hoy cae como una pesada condena aquella sentencia de Vázquez de 2006: “el tren, algunas veces, pasa solo una vez”.

Como se recordará, el asunto refería a aquella metáfora sobre el tratado de libre comercio (TLC) que Estados Unidos (EEUU) ofreció a Uruguay en un momento histórico en el que Washington apretó el acelerador para asentar una vinculación comercial de este tipo con todo aquel país del continente que lo quisiera. Fue así que por esos años países de gobiernos con signos políticos tan diferentes como Chile, Perú, Colombia o Panamá lograron una apertura comercial con EEUU que les cambió sus vidas económicas. Pero el Uruguay, gobernado por el Frente Amplio (FA), eligió perder ese tren.

En efecto, la oferta estadounidense tuvo una enorme oposición de la izquierda política e intelectual del país. Por un lado, el por entonces canciller Gargano expresó que “hay trenes que te pasan por arriba”. Dejó así en claro que no quería saber de nada del TLC con EEUU y representó con su sentencia a la inmensa mayoría del pensar del FA. Por otro lado, los compañeros de ruta izquierdistas de la academia llegaron a redactar una carta abierta, en la que se preguntaban si era “posible ir por más y mejor Mercosur y a la vez concretar un TLC con los Estados Unidos”, y plantearon que ese TLC era de conveniencia “al menos dudosa”.

Hoy, a más de 15 años de aquella decisión de la izquierda en el poder, importa dejar en claro sus gravísimas consecuencias. Quizás, incluso, sean las más graves de todas las malas decisiones que el FA tomó en sus tres lustros de gobiernos. Es que si hubiéramos firmado un TLC con Estados Unidos hoy todo sería distinto: con la perspectiva de 16 años ya de aquel episodio, cualquiera se da cuenta de que ese acuerdo nos hubiera permitido un mayor comercio para nuestros productos competitivos, sobre todo los agropecuarios.

Podríamos habernos transformado en la cabecera de referencia en la Sudamérica atlántica para inversiones estadounidenses que apuntalaran nuestro crecimiento; y haber participado luego de la liberalización comercial que benefició más tarde a los países de la Alianza del Pacífico en Sudamérica. También, habríamos aligerado la pesada carga de un Mercosur, que hoy sigue siendo un lastre como ya lo era en 2006; e incluso, habríamos podido limitar nuestra dependencia comercial con China, a la vez que potenciar otras aperturas, como por ejemplo con la Unión Europea -tal como lo logró en su momento el presidente socialista de Chile, Ricardo Lagos-. De forma general, podríamos habernos beneficiado de la influencia moderna, plural y pujante de empresas, universidades y cultura norteamericanas que siguen siendo, casi veinte años más tarde, las más destacadas del mundo.

Perdimos una gran oportunidad que hoy estamos pagando. Porque la posición actual de EEUU ya no es de generar aperturas comerciales como en aquel entonces, y porque todo aquel movimiento aperturista con otros países de Europa y Asia, del cual tantos vecinos americanos se beneficiaron, ya no están tan presentes en el orden del día.

Hoy todos nos damos cuenta de que la concreción de TLC, tanto con EEUU como con otros países, es mucho más cuesta arriba que en 2006. Primero, porque nuestra economía es muy pequeña y los grandes del Mercosur, con su vieja lógica de trenza de intereses comunes, no favorecen una apertura comercial con potencias de fuera de la región. Y segundo, porque los intereses nacionales y el enfrentamiento de potencias han azuzado las lógicas de encierro y proteccionismo que en 2006 estaban muy menguadas.

Es muy fácil ahora criticar las demoras que está teniendo la agenda aperturista internacional del gobierno. Sin embargo, hay que tener claro que todo el esfuerzo diplomático que la cancillería está desplegando con Pekín, con Londres, con Ankara y con todo aquella capital que esté interesada en abrirse al comercio bilateral con Montevideo, sufre el inconveniente de que llegamos tarde: hace al menos una década que las grandes potencias se abrieron al mundo y que en particular EEUU y China generaron TLC con distintos países del continente americano.

Infelizmente, tenía mucha razón Vázquez cuando afirmó que “el tren, algunas veces, pasa solo una vez”. Ahora, con un gobierno de signo político distinto y de dinámica negociadora más convencida que los del FA, Uruguay está intentando subirse a algunos de los últimos vagones de un tren que, hasta hace un par de años, parecía totalmente perdido por exclusiva responsabilidad de una izquierda que, por 15 años, prefirió dejar al país en Pampa y La Vía.

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