La obsesión actual del gobierno argentino es someter al Poder Judicial y hacer un juicio político que haga caer a la Suprema Corte. Nada más importa. Donald Trump se considera un perseguido político porque se le inició juicio por haber desviado fondos electorales para silenciar a una prostituta.
En Israel, manifestaciones callejeras lograron frenar un proyecto del gobierno que pretendía limitar seriamente la independencia del Poder Judicial.
Son muchos los países que arremeten contra el Poder Judicial. Ya Hugo Chávez había logrado someterlo cuando recién empezaba con una dictadura que aún continua en manos de su sucesor Nicolás Maduro. Hasta el papa Francisco está preocupado por tanto “lawfare” y señaló que había que “detectar y neutralizar la impropia actividad judicial” que actuaba junto con “operaciones multimediáticas paralelas”. El papa defiende por igual a Cristina Kirchner, Donald Trump y a Benjamin Netanyahu.
El kirchnerismo llama a combatir al “neocolonialismo” para defender a líderes populares supuestamente víctimas del “lawfare”. Sostiene que hay una alianza de jueces, periodistas y la embajada de EE.UU. contra líderes populares como Cristina.
Estas críticas cuestionan la clásica teoría de los tres poderes separados e independientes, diseñada hace más de tres siglos. Para ellos es una “novedad neocolonial” que debe suprimirse.
La ligereza de los argumentos asombra. Y la facilidad con que son comprados, también. Pero por esa vía estos regímenes intentan asentar su poder.
No es que el kirchnerismo practicó la más descarada megacorrupción que el país jamás haya conocido. Lo que todo el mundo vio en escandalosos videos, no sucedió. Los cuadernos que llevaban cuentas de pagos irregulares, son pura fantasía. La actual vicepresidenta es una santa colmada de virtuosa inocencia.
De igual modo los seguidores de Trump se rasgan las vestiduras por el atropello contra su líder.¿Cómo se atreven los jueces a acusarlo?
Atacar al Poder Judicial es ir contra el Estado de Derecho, las instituciones, y la democracia misma. Es una atrocidad pedir la cabeza de una Corte Suprema por el simple hecho de haber emitido un fallo que no gustó.
El Poder Judicial comete errores, como lo hace el Parlamento y el Ejecutivo. Pero aún en su imperfección, su sola existencia permite los controles y equilibrios que evitan que alguien por si solo, concentre todo el poder.
En Argentina, la agresión surge a partir de que ya hay sentencias contra la expresidenta. Pero la excusa es un fallo de la Corte que estableció como inconstitucional quitarle recursos a la Ciudad de Buenos Aires. El objetivo es destrozar al Poder Judicial a como de lugar.
Los teóricos del “populismo” cuestionan la forma de integrar una Corte por no ser democrática. No lo es, sin duda, en el sentido de que nadie vota directamente por los miembros de la Corte. Ellos son designados por mecanismos más o menos similares en el mundo democrático. Se requiere un aval parlamentario, por lo general otorgado por una mayoría especial para evitar la partidización y garantizar su independencia. Duran en sus cargos más que el período correspondiente al Ejecutivo. En Estados Unidos un juez de la Corte es vitalicio. En Uruguay, su gestión puede llegar hasta los 10 años.
Que no sea votado directamente por la ciudadanía evita que se duplique una representación del abanico político similar al del Parlamento.
El Poder Judicial está para imponer justicia, castigar la criminalidad y garantizar la libertad y los derechos de cada persona individualmente considerada.
Por eso, sus fallos suelen reconocer derechos de las minorías y buscan frenar que las mayorías se impongan en forma abusiva.
Basta que un individuo, solo con su alma en el mundo y contra lo que dice todo el resto de la sociedad, entienda que un derecho suyo fue conculcado para que la Justicia asuma el caso y vea si tiene razón, más allá de la sabiduría convencional impuesta por la mayoría. Por eso, su independencia es crucial en una democracia.
El Poder Judicial comete errores, como lo hace el Parlamento y el Ejecutivo. Pero aún en su imperfección, su sola existencia permite los controles y equilibrios que evitan que alguien por si solo, concentre todo el poder.
Si en una democracia con un Poder Judicial vigilante, igual hay corrupción, peor sería sin ella. Se cumpliría el axioma de Lord Acton: “el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Tanto Cristina Kirchner como Trump están en manos de un juez por cosas que hicieron. Son ellos quienes tienen un problema, no la Justicia.
El Poder Judicial será siempre la garantía de la gente común. Garantía de la libertad de cada uno de nosotros.