Defender la necesidad de llevar adelante una guerra que heredó y, por otro lado recibir el Premio Nobel de la Paz, parece ser una insalvable contradicción que recae tanto sobre el presidente Obama, su beneficiario, como sobre quienes otorgan el galardón. Aparentemente, es difícil justificar esta concesión del Nobel a quien no duda en enviar 30.000 soldados adicionales a combatir en Afganistán. Pero, ¿de qué contradicción hablamos si la mayor de todas ellas es que Nobel, creador de tantos premios dignísimos, fue el inventor de la dinamita?
No obstante, nos preguntamos, ¿es que guerra y paz son términos absolutamente irreconciliables? Sin retórica algunas, los antiguos romanos creían que la paz era preservada por la fortaleza bélica que la acompaña, según reza una sentencia de ese origen: Si vis pacem, para bellum (si quieres paz, prepárate para la guerra). Una mala paz no implica la condición contraria como, por ejemplo, "la paz reina en Varsovia", surgida a raíz de la terrible dominación rusa sobre la capital polaca, en 1831.
Y a su vez, la guerra ¿no puede ser el comienzo real de una paz perdurable, como ocurrió en Europa luego de la derrota del hitlerismo? Esta interpretación coincide con el pensamiento de Cervantes: "el fruto de la guerra, en la paz felicísima se encierra".
Desde luego, no siempre es así, porque la guerra trae, invariablemente, muerte, destrucción y degradación, aunque no falten quienes, como el ilustre Bacon, (Ensayo Moral y Política) sustentan que "una paz prolongada acaba con el vigor y corrompe las costumbres de los pueblos".
En el extremo opuesto está San Mateo con su "Bienaventurados los pacíficos" y Kant, con su sueño de una sociedad donde impere "la paz perpetua"... "ya que la guerra es mala porque hace más hombres malos que los que mata" (máxima helénica. Más apego a la naturaleza humana, el Korán, Cap. II), enseña: "Está escrito que combatiréis, y tenéis horror a la guerra".
Dentro de la relatividad con que se expresa el pensamiento humano de todas las épocas respecto a la guerra y la paz, hay que inscribir el episodio del presidente Obama recibiendo el Nobel de la Paz a pesar de su intervención militar en Afganistán. De todos modos, las palabras pronunciadas por el carismático mandatario son dignas de la investidura que ostenta. Habló de guerras que, aún las justas siempre conllevan tragedias humanas, de la existencia del mal en el mundo, del deber de todos los gobernantes de defender a su país, de los límites del pacifismo por la negociación y de la razón, de las imperfecciones del hombre, de los ideales por los que se lucha y de los códigos que hay que respetar en esa lucha.
Aunque no lo mencionó, el presidente Obama, muchos de los presuntos errores cometidos en política internacional por Estados Unidos -incluidos, por supuesto, los del presidente Bush, su predecesor inmediato- obedecen al trauma provocado en el gobierno y en el pueblo estadounidense por los atentados del 11 de septiembre de 2001. Fue alcanzado el centro más vital de la nación, el corazón mismo de sus finanzas y de su orgullo. ¿De qué otra manera podía haber reaccionado cualquier otro país -y éste era y es el más poderoso y rico del planeta, de intervención decisiva en las dos guerras mundiales del siglo XX y meta prioritaria para los cultores de la ciencia, el arte, la economía y las libertades- si no es, pudiendo hacerlo, llevando la guerra a cualquier confín del mundo en procura de castigar a los responsables de aquellos atentados que ocasionaron, en muy pocos minutos, tres mil víctimas mortales, tantas como las luchas en el Medio Oriente a lo largo de tres años?
Ignoramos si en este momento hay o no otra personalidad con mayores credenciales que Obama para aspirar al Nobel de la Paz. Ello lo sabrán los responsables de discernir tal distinción. Lo que resulta evidente es que, en esta oportunidad, se ha demostrado poseer amplitud de criterios, comprensión y sensibilidad. El mundo será más y mejor habitable si se extirpan los focos neurálgicos del terrorismo.