Resilencia es una palabra que tiene su origen en la física, y que se define como la capacidad que tiene una entidad para regenerarse a sí misma, y sobreponerse a los golpes a los que es sometida. Difícilmente se pueda encontrar un termino mejor para describir lo que viene sucediendo con la economía de EE.UU. a medida que, sumida de una de las crisis más profundas de su historia, comienza a mostrar signos de recuperación.
Estos "brotes verdes", como dio en llamarlos el director del FMI, se han manifestado en varios aspectos, como ser el aumento del ingreso real y del ahorro personal, de la confianza del consumidor, así como en la construcción (donde empezó todo) y otros índices que alientan una esperanza de mejoría de la economía más grande del planeta. Como prueba de esto, la bolsa de Nueva York ha tenido en los últimos tres meses el porcentaje de suba más importante en diez años. Por lo visto, nada parecido al "derrumbe del muro de Wall Street" que algunos analistas han proclamado, en un paralelismo bobalicón con lo que pasó 20 años atrás cuando la caída del infame Muro de Berlín arrasó los paradigmas del socialismo real.
¿Dónde está la clave de esta incipiente recuperación? Justamente, en el vigor, en la capacidad de auto regeneración, y la pujanza de un sistema que apuesta al impulso individual, a fomentar el espíritu de competencia, y con una capacidad de adaptación superior a la de otros "modelos". Como prueba cabe señalar la diferencia de impacto de esta crisis en el EE.UU. del "neoliberalismo salvaje", y la Europa socialdemócrata. Mientras que en el país donde se originó la crisis, y donde las empresas tienen flexibilidad para cortar costos, el desempleo no ha pasado el 9%, en naciones europeas como España, con sistemas laborales rígidos, la cifra ha llegado al 17%. Es más, en febrero, el peor mes de crisis, en EE.UU. se crearon 4.3 millones de puestos de trabajo, cifra que queda opacada por el número mayor de despidos, pero que deja ver el vigor de una economía aún en su momento más negro.
Pero si se quiere una manifestación definitiva de esa "resilencia", basta ver lo que pasó cuando se anunció el concordato de General Motors, estandarte del poderío industrial estadounidense por décadas. Mientras el mundo se gastaba en coberturas sentimentales sobre el final de una era, la Bolsa de Nueva York respondía encajando un alza del 3%, a la vez que anunciaba el retiro de GM y de Citibank de las empresas que integran el Dow Jones, para reemplazarlas por dos gigantes informáticos como Cisco y Travelers Co. Poder de adaptación que le dicen.
Queda la polémica acerca de la intervención del Estado en la economía, y de sobre cómo las medidas de Obama puedan haber impactado en este proceso, otro eje de debate con quienes creen que tales actitudes son una convalidación de las políticas de gasto público e injerencia gubernamental. Se ha llegado al colmo de escuchar a algún analista comparar la operación de GM con las nacionalizaciones impulsadas por Chávez. Como si fuera comparable el asumir el control de una empresa cuyas deudas con el Estado superan en mucho su valor accionario, con que un mandatario sabelotodo se levante una mañana y decida quedarse con una empresa perfectamente viable.
Cabe decir que esta incipiente recuperación que se vive en EE.UU. se da antes de que tengan mayor efecto las políticas del actual gobierno Obama. Un gobierno, además, que se puede dar el lujo de volcar millones a la economía, porque tiene la maquinita de hacer unos dólares que el resto del mundo sigue considerando la moneda más confiable, y que cuando otros que no tienen estas ventajas quieren imitarlo (como Gran Bretaña), las agencias de riesgo los golpean como han golpeado antes a países latinaomericanos que hicieron lo mismo. Por encima de eso, ni siquiera el más neoliberal de los neoliberales ha dicho nunca que el Estado tiene que desaparecer. Si se dice, que el mercado tiende a solucionar sus crisis de manera más efectiva y saludable que un burócrata bienintencionado, cuyas acciones suelen deparar luego consecuencias de difícil pronóstico.
Más allá de todo esto, y teniendo claro que la recuperación final de la economía estadounidense está todavía lejos y en veremos, a la hora de entender la capacidad de regeneración de la misma, y la "falta de escrúpulos" ideológicos de sus gobernantes para enfrentar la crisis, es bueno citar nada menos que a Deng Xiaoping, cuando justificó las reformas capitalistas que han puesto a China en camino a ser una potencia global; "no importa el color del gato, mientras que cace ratones".