El ministro y la embajadora

Hizo bien el ministro de Relaciones Exteriores en citar a la embajadora de Palestina para aclarar algunos puntos. La diplomática había opinado respecto a la postura uruguaya de abstenerse en la votación de la ONU a favor de un cese al fuego en la Franja de Gaza. Lo hizo después de que la prensa informara sobre un acuerdo entre Israel y Uruguay para la exportación de carne con hueso.

La embajadora Nayda Rasheed señaló que Palestina tuvo la expectativa de que Uruguay “hubiera pedido un alto al fuego” en la ONU y que seguía esperando que nuestro país “alce su voz por ello”.

Como se recordará, cuando la Asamblea de la ONU votó a favor de “un alto al fuego humanitario”, postura que obtuvo 153 votos a favor (de los 193 que integran la organización), Uruguay estuvo entre los diez que se abstuvieron.

Según la información publicada por este diario, la molestia palestina se incrementó cuando supo que el acuerdo por exportación de carne se dio a conocer casi en forma simultánea, cuando en La Haya empezó un juicio internacional contra Israel por “genocidio” en Gaza.

Para el canciller Omar Paganini era importante conocer de primera mano qué quiso decir la embajadora con sus declaraciones, que atañen a decisiones soberanas de Uruguay.

Lo de la abstención es sencillo. Nadie está en contra de un alto al fuego cuando estalla una conflagración. Solo que ella no se propone por mero voluntarismo. Uruguay entendió que la forma en que se redactó la moción era incompleta y no tenía en cuenta ciertas verdades de lo que había ocurrido (básicamente la salvaje masacre terrorista de Hamás contra población civil israelí, que fue la causa de la guerra) y por lo tanto no podía apoyar esa moción por más que deseara que hubiera un equilibrado cese del fuego.

Por eso se abstuvo.

Lo de la coincidencia entre el anuncio de un acuerdo meramente comercial, con el inicio de un juicio internacional, cuyo desenlace nadie puede pronosticar, parece un poco tirado de los pelos.

Uruguay es históricamente amigo de Israel. También está a favor de la solución, que implica la coexistencia pacífica de los dos Estados. No en vano hay en nuestro país una embajadora palestina.

El problema de pedir un alto al fuego o de reclamar por la paz en forma genérica tiene sus bemoles. Es obvio que eso es bueno y todos lo deseamos. Pero muchas veces tales reclamos no son genuinos y se hacen interesadamente para favorecer determinadas movidas políticas.

Hamás entra a Israel de sorpresa y concreta su masacre. Con el apoyo de Hezbolah en Líbano y de los hutíes en Yemen mantiene un asedio cotidiano de lanzamiento de misiles contra territorio israelí (sobre el cual nadie habla, por cierto) y en el minuto en que el agredido decide responder, recién ahí se reclama un cese del fuego y se pide “proporcionalidad” en un ataque que es, obviamente, defensivo.

El cese al fuego no se pide para dar por terminada la guerra, sino para otorgarle ventaja a Hamás. Es un pedido sesgado, no neutral.

Todas las operaciones de Hamás, sus bases de lanzamiento, sus túneles están deliberadamente ubicados en zonas densamente urbanizadas. Usan a su propios civiles como escudo. Se protegen detrás de la gente común con desmedida e infame cobardía.

Es muy fácil salir de sus túneles, matar, decapitar y secuestrar gente y una vez regresados a sus refugios, decirle a Israel: “Atención, acá hay población civil, no entren”. Como suele decirse en lenguaje coloquial: “Así cualquiera”.

Es llamativo que el mundo occidental y democrático esté reaccionando como lo hace. En el siglo XX el antisemitismo y el odio a todo lo que es judío era propio de los nazis y los ultranacionalistas. En el siglo XXI es al revés, los supuestos “progresistas” son los que ante los conflictos que estallan, se alinean ya sea con el dictador de extrema derecha ruso en su intento de conquistar Ucrania, matando civiles a mansalva, o ya sea expresándose desembozadamente contra los judíos (no solo contra Israel) con un antisemitismo rampante que Hitler seguramente celebraría. Los nazis querían la solución final y borrar la raza judía de la faz de la tierra; el terrorismo islámico quiere echarlos al mar y que se ahoguen allí.

Eso es lo que anunció Hamás y por eso, cuando Israel responde al ataque del 7 de octubre, no tiene muchas alternativas. Hamás lo puso en un brete apostando a que los “bienpensantes” de Occidente se inclinarían por ellos.

Israel sabe que no hay alternativa, que no puede ceder al chantaje y que está en juego su supervivencia.

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