Cuando Nicolas Sarkozy fue elegido presidente de su país, pronunció un discurso que nos apresuramos a reproducir en sus aspectos fundamentales porque contiene conceptos clarísimos sobre la sociedad de hoy, carcomida y debilitada por falsos principios que la izquierda se encargó de insuflar para facilitar su propio acceso al poder.
Decía entonces el actual primer mandatario galo: "No me da miedo la palabra "moral", pese a que desde hace años acá no se puede hablar de moral. Es una palabra que ha desaparecido del vocabulario político. Se nos ha impuesto el relativismo intelectual y moral. Se ha impuesto la idea de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo. Han querido hacernos creer que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que poner bajas notas para no traumatizar a los malos estudiantes, que no hay diferencias de valor y de mérito. Han querido hacernos creer que la víctima cuenta menos que el delincuente y que no puede existir ninguna jerarquía de valores. Han proclamado que todo está permitido, que la autoridad ha terminado, que las buenas maneras se han extinguido, que no hay nada que sea grande, nada que sea sagrado, nada admirable, que tampoco vale ninguna norma ni hay nada que esté prohibido. Recordemos el slogan de mayo del 68 en las paredes de la Sorbonne: `Vivir sin obligaciones y gozar sin límites`".
Hasta aquí Sarkozy. No hay palabras más adecuadas para reflejar la realidad de nuestro tiempo. Sus referencias a mayo del 68 indican que en aquel entonces, hace más de cuarenta años, se afirmaba que la libertad es libre y que estaba prohibido prohibir... Diez años antes había surgido la revolución castrista y aún faltaban treinta para que el gobierno de Mihail Gorbachov enterrara al ignominioso sistema soviético. Pero durante todas esas décadas -proceso que continúa en la actualidad- los centros culturales y artísticos, los medios de comunicación y muy especialmente, las aulas, todo ello, siguiendo la estrategia recomendada por el comunista Antonio Gramsci de copar y manipular toda actividad capaz de propagar la ideología marxista, condujo a un lavado de cerebro casi universal en favor de ese extremismo siniestro.
Para ser plenamente conscientes de la gravedad e importancia de este fenómeno devastador, téngase presente su efecto multiplicador. ¿Cuántas mentes infantiles son captadas por los violadores contumaces de la laicidad? ¿Cuántos hogares son infiltrados a través de estos agentes inocentes? ¿Cuántos lectores, oyentes o televidentes son víctimas y propagandistas de esta sibilina penetración?
Sarkozy no se equivoca: la moral "burguesa" -surgida de una evolución milenaria- está siendo atacada y socavada mediante una negación sistemática de sus valores. Por ese camino, se llega a un vacío moral que es llenado por otros valores ¿Cuáles son los valores sustitutos? Obviamente, los del marxismo-leninismo, que sólo puede producir ineficiencias, terror y oscurantismo. La humanidad ya pasó por la experiencia de la hoz y el martillo. Felizmente ya superó esa etapa en los vastos dominios que fueron del poder soviético. Pero lo grave no es tanto que aún queden sobrevivientes de ese poder en algunos puntos del globo sino que esa mentalidad ha logrado enquistarse en varias sociedades pues aprovechan sus libertades para difundir su ideología funesta. En consecuencia, la gran batalla está aún por darse.
¿Cómo conciliar la vida en libertad con la convivencia con los liberticidas?
Este es el principal desafío que deben enfrentar las generaciones del presente.
Parece evidente que la reconquista de nuestra estructura moral ha de comenzar por el mismo punto en que se inició su deliberado deterioro. Es decir, si la estrategia de Gramsci tuvo su campo de acción en los medios de comunicación -que a su vez, son primordialmente medios de formación- entonces, cae de su peso que es allí donde debe principiar nuestra lucha, sobre todo en el terreno educativo. Es imperioso.