El patético episodio en torno a la ocupación del IAVA por un puñadito de estudiantes radicalizados, ha sido presentado como un desafío peligroso al gobierno actual. Medios, periodistas, y sensibles opinólogos de la realidad política han vestido el episodio como poco menos que un alzamiento de la juventud rebelde, ante el cual el gobierno habría quedado preso de su falta de cintura y diálogo.
Nada podía ser más alejado de la realidad actual del Uruguay.
Este episodio configura una oportunidad dorada para el gobierno, y es la de ocupar nuevamente el lugar del consenso razonable de la sociedad uruguaya.
Más allá de los círculos urbanos, de cierta aspiración intelectual, y sensibilidad “progre”, que es lo que domina hegemónicamente al mundo comunicacional hoy en el país, existe otro Uruguay. Un Uruguay de trabajo, que aspira al crecimiento genuino, que quiere reglas claras, que se cumplan, y donde las jerarquías en cada sector estén ubicadas donde naturalmente corresponde.
Ese otro Uruguay no quiere vivir pendiente de las noticias políticas, de los conflictos, de las movilizaciones. No quiere tener que “participar” en forma permanente de la cosa pública, porque tiene una vida que atender.
Ese otro Uruguay o nunca creyó, o hace mucho tiempo que dejó de creer en las recetas socialistas, en la lucha de clases, en los liderazgos mesiánicos y revolucionarios, que prometen dar vuelta el sistema para lograr un futuro mejor que nunca llega.
Pero, sobre todo, ese otro Uruguay está podrido de las manipulaciones semánticas como ésta, según la cual una minoría de chiquilines de 16 años, rodeados por el grupo de barbudos de siempre, a quienes lo último que les interesa es el bienestar colectivo, o que la educación sirva realmente para algo, son la vanguardia de la patria, y hay que aguantarles todo. Que dejen sin clase a miles de compañeros, que destruyan la propiedad pública, que le falten el respeto a las autoridades democráticas.
“El episodio en el liceo capitalino regala al gobierno la oportunidad dorada de volver a conectar con el consenso razonable de la amplia mayoría de los uruguayos.
Está podrido de esta estrategia ridícula de permanente agresión y desgaste de una vanguardia tóxica, a la que luego siempre siguen los sensibles defensores del “diálogo” y la composición, como si fuera lo mismo un activista prepotente designado en una asamblea liceal, que un jerarca electo democráticamente en las urnas con voto secreto.
Esa gente no hace marchas, no ocupa oficinas, no agita banderas, ni hace escándalo todos los días. Pero vota. Y, aunque a muchos les parezca raro debido a que viven en una cámara de eco mediática sin ninguna capacidad de autocrítica, esa gente es la mayor parte de los uruguayos.
Cuando ese Uruguay ve a estos chiquilines de 16 años, hablando con ese tono pedante y despectivo del sistema democrático que nos hemos dado y por el que tanto hemos luchado, y cuando ve al presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira acudir presto en su apoyo y reclamando que el gobierno agache la cabeza, tiene muy claro de qué lado está el sentido común.
Y esa es la madre de todas las batallas de cualquier elección y sistema político democrático. Gana las elecciones, el partido o el candidato que logra mostrar a la sociedad que es el representante de ese sentido común, de ese consenso razonable de lo que está bien y lo que está mal.
La coalición de gobierno actual lo supo representar muy bien cuando ganó las elecciones, prometiendo poner orden en un país donde los 15 años del Frente Amplio habían mostrado carencias notorias en el manejo de la economía, y un extremismo ideológico que le hacía imposible enfrentar los problemas de seguridad pública, los excesos de los sindicatos, y la asfixia impositiva.
Renovó de manera significativa ese crédito cuando enfrentó la pandemia sin apelar a las medidas extremas que reclamaba la oposición.
Lo perdió un poco, debido al desgaste de la función de gobierno, y al efecto pinza de un discurso destructivo y sin escrúpulo alguno, apoyado por buena parte del estamento comunicacional del país.
Ahora tiene una oportunidad de oro. Cuando comienza a sentirse el pulso electoral, este episodio deja en evidencia dónde están quienes entienden que no es lo mismo “un burro que un gran profesor”, quienes respetan al contribuyente, a la voluntad del ciudadano, pero sobre todo, al sentido común de la gente. Y quienes creen que todo vale con tal de volver al poder. Este contraste es el mejor regalo político que pudo recibir este gobierno a esta altura. Ahora solo le falta aprovecharlo.