El IASS y los privilegiados

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El reciente planteo del Presidente de la República, de que cuando las finanzas públicas lo permitan, buscará reducir el impacto del impuesto que grava a las jubilaciones, ha generado una llamativa polémica.

Para no caer en la tentación de responder a estas reacciones seleccionando las peores, vamos por la mejor. O al menos, la más racional y constructiva. Esta semana el contador Marcos Soto, decano de la Escuela de Negocios de la UCU, escribió una columna en La Diaria donde argumenta por qué considera negativa esta propuesta. Hay allí mucho material para el intercambio enriquecedor.

Los argumentos de Soto son económicos y políticos. Los económicos se basan en que el país vive una estrechez presupuestal, que el sistema previsional en general está muy estresado por problemas demográficos y financieros, y que no justifica reducir ese impuesto. Señala, además, que son pocos los jubilados que pagan IASS, y que los que lo hacen, son aquellos “privilegiados relativos” que cobran más de 40 mil pesos.

Los argumentos políticos son que es natural que en una sociedad que aspira a vivir colectivamente, los que cobran más aporten en mayor nivel. También que en Uruguay el problema de la pobreza está concentrado en los jóvenes. Por último, dice que “La idea de una especie de “tax holliday” en la vejez por haber pagado impuestos “toda una vida”, retroalimenta una concepción meritocrática”. “Detrás del IASS hay algo profundo en juego. ¿Por qué las personas que triunfan iban a deber nada a los miembros no tan favorecidos de la sociedad?”.

De estos argumentos, hay uno compartible, que es el de la situación de la niñez y juventud, siempre postergadas por su falta de peso político. Pero, como decíamos al inicio, los montos que se podrían llegar a reducir del IASS son tan pequeños, que no harían una diferencia.

Ahora bien, lo que se obvia en estos argumentos, es la cuestión filosófica de fondo. Los jubilados están en el final del trayecto. Después de una vida de esfuerzos, y de aportar al resto de la sociedad, se encuentran en un momento muy delicado, con las fuerzas disminuyendo, la soledad agobiando, con gastos en medicamentos, etc. Y, en la mayoría de los casos no están en condiciones de iniciar otras actividades que les permitan compensar la falta de dinero. Es más, la absurda ley uruguaya hasta les impide seguir trabajando luego de jubilarse.

¿Alguien puede decir que una persona en esta situación es un “privilegiado”? ¿En relación a quién?

Pero, además, los jubilados enfrentan el dilema de que los topes les hacen imposible en la mayoría de los casos mantener un nivel de vida similar al que tenían antes del retiro. Esto sí que es una injusticia. Y lleva a que muchas veces se postergue el retiro, enlenteciendo la transición que abre oportunidades a las nuevas generaciones.

Que una sociedad se ponga como eje para definir el resultado ante la vida el mérito, el esfuerzo, la voluntad de progreso, ha demostrado ser mucho más efectivo para el bienestar general, a que un grupo de burócratas defina la suerte de cada persona.

Tal vez lo más irritante de estos argumentos, sea ese desprecio por la idea de la meritocracia. ¿Cuál es la alternativa? Porque esa es la gran cuestión de fondo, que suelen obviar quienes la critican. Todos sabemos que no hay meritocracia perfecta, como no hay nada humano perfecto. Pero que una sociedad se ponga como eje para definir el resultado ante la vida el mérito, el esfuerzo, la voluntad de progreso, ha demostrado ser mucho más efectivo para el bienestar general, a que un grupo de burócratas o políticos defina la suerte de cada persona. Como si fuéramos hormigas, en vez de individuos únicos y pensantes.

Pero hay otro aspecto en esta línea. En un sistema liberal capitalista, si usted cree en el socialismo, en que el mérito es una dictadura infame, en que los que ganan jubilaciones de más de 40 mil pesos son privilegiados, puede asociarse libremente con gente que piense como usted, y organizar un sistema distinto. Ponerse un tope voluntario a sus ingresos, y redistribuir el excedente entre quienes guste. El problema con esto es cuando se quiere hacer mediante el poder coercitivo del estado, imponiendo una solidaridad forzosa a quienes no la comparten.

Ser generoso con la plata ajena es fácil. Y el argumento de que eso ayuda a vivir en sociedades más igualitarias y positivas se cae cuando mira los ejemplos históricos y contemporáneos. Los países con mayores tasas impositivas, los que brindan un rol mayor al estado en definir la suerte económica de cada uno, no son los más justos y dinámicos. Son los que tienen peor movilidad social, menor creación de riqueza, y donde a los jóvenes les cuesta más crecer y desarrollarse.

Pretender culpar a nuestros mayores, al puñado de privilegiados que cobran más de 40 mil pesos de jubilación, de las carencias que muestra Uruguay en otros sectores, no parece justo ni constructivo.

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