El fetiche de los impuestos

El anuncio de rebaja impositiva del presidente Lacalle Pou ha generado efectos muy llamativos. De lado de quienes votaron a este gobierno (la mayoría de los uruguayos, por si todavía queda algún confundido), hubo cierta sensación de “gusto a poco”.

Tal vez la idea del gobierno era anunciar algo más profundo, y el miedo al impacto de la sequía y algunas amenazas externas, llevaron a una mayor prudencia. En cualquier caso, el simple hecho de tener un gobierno que ante la mejora de los datos económicos, piensa en aliviar a los contribuyentes antes que en gastar más, es un soplo de aire fresco que la sociedad sin duda sabrá valorar.

Pero las reacciones más sorpresivas vinieron del otro lado.

Primero desde los legisladores opositores, que hasta el día de los anuncios señalaban que bajar impuestos sería una locura, y que se ponía en riesgo la estabilidad del país con el único fin de beneficiar a los “más ricos”. Pero que al día siguiente reclamaban que el anuncio había sido poca cosa, y que eso no le cambiaba la vida a nadie.

Paladín de estas argumentaciones fue el senador Bergara. Escuchar a Bergara el día antes y el día después de los anuncios del presidente es la explicación más clara de por qué siendo uno de los pocos referentes ilustrados en la “nomenklatura” frentista, las encuestas le dan la mitad de intención de voto en la interna de su partido que a Oscar Andrade. Sí, el líder obrero de la construcción que se olvidó de pagar el BPS.

Pero mucho más intrigante que lo que sucede con la dirigencia política opositora, es lo que ocurre con un cierto estamento de quienes cultivan la ciencia económica en nuestro país. Y donde la mentalidad de grupo, la ideología, o el afán de protagonismo, parecen pesar mucho más que el sentido común a la hora de hacer análisis y vaticinios.

Tal vez la figura más emblemática de esta visión sea Gabriel Oddone, quien en una extensa entrevista en este diario en su día de mayor circulación, se despachó con una serie de conceptos muy ilustrativos.

Básicamente su postura fue que la economía del país, tras un par de años muy buenos, se encamina a un período más estrecho, que la sequía agravará más las cosas, por lo cual la rebaja es “inoportuna, inconveniente y desaconsejable”. Para ello hace una serie de consideraciones banales sobre el cuidado de los equilibrios presupuestales (no porque eso sea banal, sino porque la intensidad de su preocupación parece más determinada por el color del gobierno que por los números del déficit). Y cierra con un comentario clave: “Esto terminará consolidando una composición del gasto que no es suficiente para atender temas estructurales y urgentes que están pendientes”, dice Oddone.

Ahí está la madre del borrego. Oddone, como otra serie de economistas (casi todos de la misma generación) creen que el problema es que el estado uruguayo necesita más plata, no menos. Y que cualquier rebaja impositiva, complica las cosas por ese lado.

Las palabras de Oddone merecen dos comentarios. El primero, referido a los equilibrios macroeconómicos requiere ir al pasado. Desde que asumió este gobierno Oddone y su “barra” siempre anticiparon cifras peores en lo económico que las que preveía la ministra Arbeleche y su equipo. En estos tres años, siempre estuvo más cerca de la realidad la ministra. Por lo cual se ha ganado con creces una carta de crédito en cuanto a lo que puede pasar a futuro.

Lo segundo es que parece haber un fetiche con los impuestos y el gasto público. Desde 2007, el estado uruguayo ha multiplicado por cuatro sus ingresos, o sea que ha extraído de la sociedad productiva cuatro veces más recursos. Pese a ello, las necesidades y urgencias siguen siendo más o menos las mismas. Y la gente no aguanta más.

¿Que hay necesidades insatisfechas en muchas áreas? Claro que sí. Pero también hay enormes derroches y dispendios en otras, que nunca serán encarados si se infla la visión de que la sociedad siempre puede aportar más.

A esto se suma un tema ideológico, ya que un sector importante de la academia local cree que el impuesto no es solo una herramienta para financiar el gasto general, sino una especie de arma justiciera, que la política debe usar para tener una sociedad más igualitaria. Un elitismo intelectual según el cual un burócrata sabrá dar mejor destino a los recursos que quien los genera de forma genuina. La sociedad uruguaya, el votante, debe tener bien claro dónde es hegemónica esa forma de pensar. Y lo que se vendrá, si logran volver a tener el control del gobierno.

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