El elevado y ya endémico índice de conflictos laborales que sacude al país es un claro ejemplo de la validez de aquella sentencia popular que aconseja "no criar cuervos que te quitarán los ojos". Porque resulta obvio que durante décadas sectores muy cercanos ideológicamente al actual gobierno organizaron, impulsaron e hicieron suyos todos los reclamos planteados por el movimiento sindical. No les interesó nunca saber si eran justos o no; simplemente, los apoyaba con todo su fervor, automáticamente, desde todas sus tribunas. Ahora que es gobierno, el Frente Amplio está recogiendo la cosecha amarga generada por su prédica y su acción: paros, huelgas y conflictos por doquier. No se trata de una mera "sensación térmica" sino de una brutal distorsión de nuestra vida cotidiana. Es el cultivo de la técnica para paralizar un país.
La realidad uruguaya escapa a la concepción mussoliniana del corporativismo. En el caso itálico, en efecto, el Estado regulaba, manejaba y mandaba en todo: el poder se ejercía de arriba hacia abajo. En nuestro país, en cambio, ya se instaló en sus bases y amenaza con imponerse sobre todas las estructuras, incluida la política, gracias a su enorme capacidad coactiva. Entre nosotros, diccionario mediante, el corporativismo constituye "una tendencia abusiva a la solidaridad interna de sus grupos componentes y una defensa de los intereses del cuerpo" que dice representar.
A pesar de que los trabajadores sindicalizados son una minoría dentro del total de los mismos, la dirigencia sindical se permite el lujo de hablar en nombre de todos ellos y de presionar en su favor a la sociedad entera.
En unos casos, de la huelga se pasa a la ocupación del lugar de trabajo y de ésta a la quiebra de la empresa ocupada y, a menudo, a la gestión sindical de la misma. Así surge un peligroso corporativismo basado en premisas engañosas y falsas. El personal de cada ente autónomo o de cada servicio descentralizado o de cada organismo nacional o municipal se cree el ombligo del país y se considera poseedor del derecho de anteponer sus intereses a los de la nación.
Similar o peor panorama se advierte en el ámbito laboral privado: no sólo las cúpulas están alejadas de la voluntad electoral sino que, incluso, los obreros y empleados sindicalizados, obran prescindiendo de los objetivos nacionales para abocarse, únicamente, a satisfacer sus aspiraciones gremiales.
No les importa que la empresa se vuelva inviable, que se frene su desarrollo productivo, que se desmoralicen sus legítimos dueños al perder el control de sus fábricas, como tampoco les inquieta que se ahuyente a los inversores.
Este socavamiento está respaldado por dirigentes "todólogos" que, presuntamente entienden de economía y finanzas, de educación, de cuestiones jurídicas, políticas y constitucionales. Y que, además, están envalentonados por su capacidad de dañar, de paralizar actividades sociales vitales como son el transporte de pasajeros y de cargas, la atención médica, la distribución de alimentos, de electricidad o de agua.
Pueden dejar de cobrar impuestos, de enseñar o dejar sin custodia policial a la sociedad. Pueden detener toda la actividad bancaria o impedir el pago de sueldos y pasividades. Cualquier extremo está a su alcance, al parecer sin ninguna consideración por el interés y el bienestar general.
Estos sectores de trabajadores públicos y privados, insistimos, comparados en número con la ciudadanía total, no son más que unos pocos, muy pocos, pero pueden hacer prevalecer su voluntad, si es que el Estado no asume su responsabilidad de defender a la sociedad que encarna.
La democracia se define tradicionalmente como el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. En la medida en que esta clara y rotunda concepción de los próceres norteamericanos sea sustituida por el predominio de la voluntad sindical y por una burocracia trabante, gorda y ciega, la democracia se debilita y desvirtúa.
Aunque conserve sus marcos formales, pierde su esencia y pasa a ser un mero disfraz tras el cual se esconden quienes con su acción erosionan seriamente sus bases fundamentales. Entre otros, el sindicalismo extremo y politizado, ideológicamente está sentado en el banquillo de los acusados.