El enemigo fantasma

DIECIOCHO integrantes de una célula de la red Al Qaeda fueron condenados el mes pasado en España a variables penas de cárcel. Ese juicio le fue iniciado a veinticuatro miembros de la organización, pero seis de ellos resultaron absueltos. En todo caso, se trató del proceso más reciente en que aparecen acusados algunos militantes de esa banda terrorista, cuya extensión mundial ha obligado a cambiar muchas medidas en materia de seguridad, control, vigilancia y prevención criminal en numerosos países.

Ese despliegue abarca desde el endurecimiento de ciertos rigores fronterizos hasta la mayor investigación a cargo de servicios secretos y policía en todo momento y todo lugar. Desde que Al Qaeda demostró en setiembre de 2001 la capacidad de maniobra que podía llegar a tener, las cosas ya no son las mismas en un mundo alarmado.

AL cabo del juicio que culminó en Madrid hubo una sentencia a 27 años de prisión para el sirio Imad Eddin Barakat Yarkas, acusado de pertenencia a la red en grado de dirigente y por conspiración vinculada a los atentados de 2001. El imputado había sido fundador de redes islámicas en España y se lo vincula asimismo con los atentados de marzo de 2004 en Madrid. Pero también tuvo su condena el periodista sirio-español Taysir Alouny, que trabajaba en la cadena de televisión Al Jazeera con base en Qatar y se había hecho notorio por haber realizado la primera entrevista a Osama Bin Laden luego de los atentados de 2001 en Nueva York y Washington. En su caso, fue sentenciado a siete años de cárcel por complicidad, lo cual desencadenó una sonora protesta de la emisora en que trabajaba.

Otros procesados obtuvieron penas de cinco o seis años de prisión, algo menores de las que se han fijado en diferentes juicios emprendidos en varios países contra miembros de Al Qaeda. Por ejemplo, en febrero de 2003 el marroquí Munir El Motassadeg fue condenado en Alemania a quince años de cárcel por complicidad en atentados y pertenencia a la red terrorista. Hace seis meses en Francia, el islamista Djanel Beghal recibió una sentencia a pasar diez años entre rejas por haber fundado una asociación terrorista contra intereses norteamericanos en ese país europeo. Hubo asimismo otros juicios (en Bélgica, Turquía, Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia, Marruecos, Yemen, Indonesia y Jordania) contra decenas de terroristas acusados de integrar la red Al Qaeda. Esas penas iban entre condenas a muerte y castigos más leves a unos pocos años de encierro.

DE cualquier manera, tales rigores judiciales aplicados a integrantes de una enorme y casi invisible organización secreta, cuyos planes operativos han tenido un ejemplo reciente en los atentados de Londres del mes de julio, no parecen capaces de inutilizar la capacidad bélica de la red ni de neutralizarla en su estructura, en su esotérico funcionamiento ni en el fanatismo de sus miembros, que incluye por cierto la inmolación en operativos suicidas.

Los procesos ante diferentes tribunales parecen en cambio una batalla desigual, librada por instituciones públicas como la Justicia (o el Ejército, en el caso de las guerras de Afganistán y de Irak) contra formaciones fantasmales infiltradas en la sociedad civil, que han ido expandiéndose a escala internacional y que parecen responder a un plan maestro dictado desde remotos centros de control a cargo de dirigentes como Bin Laden, instalados probablemente en las montañas limítrofes entre Pakistán y Afganistán.

NO resulta claro cómo debe combatirse a un enemi- go impalpable, tentacular, subterráneo e imprevisible como éste. Lo que está claro en cambio es que el método tradicional de enfrentarlo con despliegues militares o policiales no es el más aconsejable porque eso equivale a tirar una piedra contra una masa de algodón, que se traga silenciosamente el impacto y no sufre daño alguno a raíz de ese tiro. La prueba de ello está en que nunca pudo atraparse a las máximas figuras de Al Qaeda y nunca pudo desarticularse su trama en ningún país, mientras la presencia de numerosos efectivos militares en todo Irak no puede impedir que la oleada de resistencia popular siga creciendo y cometiendo atentados como estrategia que quizá no responda a directivas de Al Qaeda pero en todo caso imita sus procedimientos.

NO conviene olvidar que los calamitosos atentados de setiembre de 2001 contra dos centros neurálgicos de la principal potencia del mundo, fueron cometidos por diecinueve individuos que simplemente portaban pequeñas armas blancas. Ese contraste, esa aterradora simplicidad de planificación y de realización, esa economía de recursos para instrumentar un operativo espectacular, son síntomas del enemigo fantasma.

Sólo el ingenio podrá dictar cuáles son las armas o los mecanismos adecuados para hacerle frente, de la misma manera en que se hace frente a una pandemia con herramientas sanitarias apropiadas. Quizás el secreto de esa lucha radique más en las ideas que en los gatillos.

Maestro de la Medicina

La Asociación Médica del Uruguay otorga el título de Maestro de Medicina, para lo cual prioriza a aquellos que se destaquen por su condición humanitaria y los que hayan demostrado capacidad para hacer escuela. Este año el honroso título será otorgado —con la presencia de un delegado de la Asociación Argentina— al doctor Antonio Borrás, profesor de Oftalmología y un brillante profesional en la materia, que ha marcado durante muchos años su liderazgo, su profesionalismo, su alto sentido social junto a una especialización que tanto avanzó hacia fines del siglo pasado, adelantos de los que Borrás fue un fiel intérprete, ajustado a las más exigentes reglas. Pero, además, el doctor Antonio Borrás que desciende de una antigua y tradicional familia, es un ser humano de excepción y con un recato ético ha practicado un servicio a la comunidad a través de sus ideales de democracia y nacionalismo. Así que, la distinción conferida le cae como de medida.

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