El enemigo está adentro

Sin incurrir en ningún alarde, los uruguayos debemos estar orgullosos de nuestro sistema democrático y en general, de su buen funcionamiento. Desde principios del siglo XX estamos integrando una sociedad que pone el énfasis en el individuo y en sus realizaciones, pues se nutre de la libertad que le es inherente, y todo ello se trasunta en el pluripartidismo, en el voto universal, secreto y obligatorio, en el mandato representativo y en el respeto a las leyes vigentes.

Se dirá, con razón, que hemos atravesado por períodos dictatoriales que han atentado contra todos esos valores. Nadie puede negar esa realidad y, por lo mismo, ella nos sirve de alerta para prevenirnos ante cualquier eventual repetición. De todos modos -y es lo que realmente vale- las mencionadas transgresiones no forman parte del sentir prevaleciente en nuestra sociedad sino que constituyen hechos circunstanciales de la misma: el ser uruguayo, mientras transcurrían, los consideraban impropios de su esencia, pasajeros, y, por tanto, destinados a desaparecer.

Nada de lo precedente quiere decir que estemos completamente satisfechos con su estado actual. Felizmente, la democracia posee una característica fundamental que es su capacidad autorrectificadora: se expurga a sí misma, endereza sus rumbos y se señala nuevos objetivos.

Con una visión harto severa de la condición humana se podría decir que la democracia es el sistema menos malo de cuantos existen. Obligada a encontrar el término medio entre la libertad y la restricción -algunos dirán entre el individualismo caótico y el orden autoritario- la democracia ha ido fortaleciéndose con el correr de los tiempos, a tal punto que Francis Fukuyama piensa- y no está solo- que con ella termina la evolución política de la humanidad pues ha superado a cuantos regímenes se le han opuesto sin que se avizore, más allá de su vigencia, nada que se le pueda comparar favorablemente.

Sin embargo, hay democracias y democracias. Hay democracias que están firmes, consolidadas y hay democracias precarias, inestables, de futuro incierto.

Porque ya no son los enemigos exteriores quienes pueden poner en peligro su existencia sino que son determinados factores internos los que pueden debilitarla y desvirtuarla hasta hacerla desaparecer.

En este sentido, los descalabros económicos y la corrupción oficial, el desengaño cívico de los ciudadanos y, principalmente, la infiltración totalitaria del marxismo-leninismo en las capas culturales, artísticas y educacionales de la sociedad, a través de rígidas organizaciones corporativas, conducen al desánimo y al escepticismo haciendo surgir falsas esperanzas carentes de asidero real y de validez histórica. Es aquí donde se radican los verdaderos y mayores enemigos de la democracia y los virus de su eventual decaimiento.

Todo lo anterior conduce al empleo abusivo y desmedido de la presión sindical que procure satisfacer sus demandas sólo mediante la paralización del trabajo y sin considerar otra cosa que su interés sectorial y no el bienestar general ni, menos aún, el afán legítimo de quienes dan viabilidad a las fuentes laborales que sustentan a los mismísimos trabajadores.

De otro modo no se explica, por ejemplo, que un sindicato disponga -por igualación hacia abajo- que los trabajadores que reciban una prima por buen rendimiento deban verterla a una bolsa común para ser repartidas entre todos los demás o, si se niegan a proceder así, serán expulsados del sindicato.

O que los notarios paralicen los trámites ante el Estado durante tres días. O que no se recoja la basura domiciliaria, o que no se levanten las cosechas de arroz, o que los camioneros resuelvan no transportar los productos agrícolas, o que se afecten los servicios de aduanas y de puertos, o que se resienta la atención sanitaria, o cosas similares o peores como paros en educación. Insistimos: el ejercicio de la democracia implica un equilibrio entre las partes y el todo. No nos extralimitemos en ningún caso.

¡No es admisible que una fábrica textil esté ocupada desde hace 7 meses!

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