EE.UU. - China y el nuevo orden

La reunión bilateral China-Estados Unidos (EE.UU.) en Pekín del mes pasado debe ser bien interpretada para comprender las grandes definiciones internacionales que marcarán el rumbo mundial de los próximos años.

En primer lugar, no se trata de una reunión excepcional. Desde aquel famoso encuentro entre Nixon y Mao en 1972 hasta nuestros días fueron varios los mano a mano presidenciales entre lo que hoy son las dos potencias económicas más importantes del mundo. Ellas siempre fueron clave para aportar diálogo y estabilidad tanto en Asia Pacífico como en el resto de las regiones candentes del mundo. Esta no fue la excepción: hubo un reconocimiento mutuo del peso de cada uno en los asuntos internacionales y de la necesidad de mantener el diálogo abierto a pesar de las notorias e importantes diferencias de objetivos y enfoques que separan a Washington y Pekín.

En segundo lugar, ha sido evidente que las diferencias filosóficas, militares y políticas entre ambas potencias no han impedido que sigan haciendo grandes negocios. En particular, EE.UU. logró expandir sus exportaciones de soja y carne vacuna y también contratos de venta de hasta 200 aviones Boeing a China. Aquí hay una dimensión muy importante que todos debemos atender: la división internacional por zonas de influencia de grandes potencias, que es el escenario que de alguna forma ha planteado la reformulación de la doctrina Monroe en la interpretación de esta administración Trump, de ninguna forma impide seguir comerciando con China.

Hay que separar muy bien lo que es el comercio de lo que son las dimensiones estratégicas militares y geopolíticas. En un marco general de competencia entre dos superpotencias económicas y militares, es claro que la historia de estos últimos dos siglos lleva a Pekín a procurar garantizarse una zona de influencia propia en su área más cercana. Para el asunto de Taiwán, por ejemplo, su voluntad de unificación no puede relativizar el protagonismo que esa isla tiene en la industria de los chips más avanzados para las nuevas tecnologías (Taiwán produce más del 90% del total mundial). El pragmatismo de Pekín no permite hoy una iniciativa militar contra la isla que implicaría una desestabilización económica de consecuencias nefastas para todos. Y en ese mismo marco, es claro que el papel mundial vuelve a exigirle a Washington, como hace dos siglos, procurar una política hemisférica en la que no haya influencias de potencias extra-americanas decisivas y contrarias al liderazgo de EE.UU.

En este esquema importa mucho entender los márgenes de maniobra con los que cuenta Sudamérica para avanzar en su desarrollo económico y social. Washington no puede imponer, por ejemplo, que el continente deje de lado sus potentes vínculos comerciales con Pekín: hoy China es el principal socio, tomando en cuenta volumen total de exportaciones e importaciones, de Argentina, Brasil, Chile, Perú, Uruguay y Venezuela. No obstante, sí se plantea que los vínculos con Pekín sean menos potentes que lo que han sido hasta ahora en dimensiones de infraestructura comercial y de seguridad militar.

El ejemplo venezolano es evidente: luego de la caída de Maduro, China ya no obtiene un petróleo a bajo precio del país sudamericano, ni tampoco conserva una relación militar y estratégica privilegiada con Caracas. Lo mismo ocurre con Argentina, por ejemplo: es claro que Buenos Aires no dejará de vender soja a China, pero también lo es que la estación espacial de observación del espacio profundo de China en la provincia de Neuquén no puede tener ninguna connotación estratégica militar a los ojos de Washington.

Se trata así de un nuevo orden internacional basado en el protagonismo excluyente de las grandes potencias y de la defensa de sus intereses en competencia. No es que las reglas no sean claras. Simplemente, se van delineando de manera diferente a lo que fue el tiempo de globalización de protagonismo multilateral. Y si así son las cosas, el papel de Uruguay es evidente: beneficiarse de un amplio comercio con China, pero también apostar a que EE.UU. se decida a invertir en nuestro país, en el natural entendido de que nuestra posición geopolítica sigue siendo, como siempre, clave para la configuración regional del Atlántico sur.

Ojalá la ideología antiyanqui, infelizmente tan extendida en la izquierda, no se transforme en ceguera estratégica que contradiga el nuevo orden mundial. Estamos en un momento internacional tan particular que, bien comprendido, puede favorecer grandemente nuestro desarrollo comercial y económico.

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