Democracias, dictaduras y comercio

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Mientras el presidente Lacalle Pou marca con firmeza las diferencias entre una democracia y una dictadura en la cumbre realizada en México, Argentina trata de encontrar una entreverada salida a su ya crónico entrevero político.

Lejos está de ser un país donde gobierna un régimen autoritario como ocurre en Cuba, Venezuela o Nicaragua. Pero tiene enormes dificultades para funcionar dentro de las reglas de juego que identifican a una democracia.

¿Es Alberto Fernández el presidente legítimo de Argentina? Debería serlo; para eso fue ungido en 2019. Sin embargo, tal como dice la vicepresidenta Cristina Fernández en una carta difundida la semana pasada, también fue ungido por ella. Por lo tanto, ¿a quién se debe el presidente? Según las reglas democráticas, a la ciudadanía que lo votó. Según las reglas de juego improvisadas sobre la marcha por el peronismo, a su jefa natural pese a que es la segunda en la línea del mando presidencial.

Estas son las “desprolijidades” que preocupan en el sur del continente. Más arriba son dictaduras lisas y llanas. Acá cerca, son salidas de línea alarmantes sin duda, pero aún lejos de aquello. Cuando el presidente de Brasil cree que por el solo hecho de serlo puede amenazar al Poder Judicial, es evidente que juega con reglas que nada tienen que ver con una democracia constitucional, representativa y republicana, donde hay tres poderes y cada uno es independiente del otro.

Uruguay tiene, en el terreno comercial y diplomático, relaciones con muchísimas naciones del mundo, incluidas numerosas dictaduras.

Al diputado del MPP, Daniel Caggiani, no le gustó la defensa de la democracia asumida por el presidente uruguayo en México y a través de su cuenta de Twitter dijo: “hace muy mal el presidente Lacalle en confundir su posición personal o partidaria con la posición de nuestro país en un foro regional como la Cumbre Celac 2021”.

¿Personal y partidaria? ¿No defendió algo que es un valor común a todos los uruguayos? Lo de Caggiani es más alarmante que lo de Bolsonaro, Chávez o Díaz Canel. Cree que defender la democracia, la libertad y los derechos humanos es una posición antojadiza del presidente, no algo que nos identifica a todos los uruguayos. Cree que eso ni es bueno ni lo representa.

Que un diputado, miembro de un partido con representantes en el Parlamento elegidos por el libre voto de los ciudadanos y que ejerció el gobierno hace muy poco, no crea en la democracia ni se sienta representado por quienes la defienden, le está planteando un serio problema a su partido y al país.

Caggiani cierra su razonamiento con una frase de Lord Palmerston muchas veces citada por el presidente: “Las naciones no tienen amigos ni enemigos permanentes, solo intereses permanentes”. Con esto quiere decir que Uruguay no debería preocuparse por cuan democráticos son otros países, sino ir solo a donde hay afinidad de intereses. Esto viene a cuento en momentos en que Uruguay anuncia su deseo de negociar un acuerdo comercial con China, país donde decididamente rige una dictadura y se violan derechos humanos.

La discusión sobre si un país es o no una dictadura, y en especial los de nuestra región, forma parte de un constante recordatorio de cuánto vale nuestra democracia y cuánto nos costó recuperarla en 1985 tras 12 años de dictadura.

Tiene que ver con nuestra identidad como país, con nuestras convicciones y valores y por lo tanto no podemos ni debemos dejarnos acorralar cuando en una cumbre los dictadores se presentan con actitud prepotente.

Otra cosa es la relación que Uruguay tiene, en el terreno comercial y diplomático, con esos países. Hoy mantiene relaciones con muchísimas naciones, incluidas numerosas dictaduras. Hay embajadas nuestras en Venezuela, Cuba y Nicaragua y nadie piensa en retirarlas. Si las relaciones comerciales no son mejores con esos países es porque no dieron los resultados esperados. Basta preguntarle al sector lácteo cómo le fue cuando exportaba sus productos a Venezuela. Y está la deuda que Uruguay le perdonó a Cuba. Esas razones son las que evitan un mayor intercambio, no el signo dictatorial de sus regímenes.

Nadie, dentro y fuera del país, tiene dudas de que en China hay una dictadura. Ni los propios chinos dudan de ello. Saben que rige un régimen de partido único donde no hay libertad y la disidencia es reprimida. No se discute: se sabe. Nadie pretende, como sí sucede con estos tres países latinoamericanos, hacer pases mágicos argumentativos para demostrar lo que no es demostrable.

En definitiva, Caggiani perdió la oportunidad de haberse mantenido en silencio. Le hubiera ido mejor.

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