Democracia en peligro

Adlai Stevenson no fue solamente un brillante (y fracasado) candidato a la presidencia de los Estados Unidos, cuya trayectoria permitiría trazar más de un paralelismo con la del uruguayo Wilson Ferreira Aldunate. En su desempeño intelectual, Stevenson fue además un agudo observador de la realidad de su tiempo. En una ocasión, hablando sobre la democracia en el ámbito latinoamericano, señaló: "No creo que el régimen democrático pueda sobrevivir mucho tiempo con más del 25% de inflación anual". Lo decía en un momento donde los índices inflacionarios de la región podían ser enloquecedores, como ocurrió más de una vez en Argentina y Brasil, por no hablar de la vorágine devaluatoria de Bolivia en la época. Pero en todo caso es sugestivo que Stevenson vinculara un sistema de gobierno con una contingencia económica, porque demuestra que sabía ver más allá de las apariencias o los hechos cotidianos, hasta comprender por transparencia cómo ciertos sucesos golpean a las sociedades y las inestabilizan.

Porque todo se vincula por dentro en la complejidad de la vida social de hoy, y ciertamente las inseguridades y angustias que puede provocar una presión inflacionaria en la conducta y las emociones de la gente, puede también quebrantar la tranquilidad colectiva y la normalidad de las relaciones -tanto laborales como afectivas- entre los cuidadanos, hasta descalabrar el funcionamiento democrático, desacreditándolo y abriendo paso a esos desplantes de fuerza que imponen los regímenes ajenos a la tolerancia y la razón, pero que en momentos de alarma general y de emergencia económica suelen prometer el remedio mágico para solucionar los desgastes de la convivencia democrática, incluida la inflación. Cuando la gente descubre que los remedios mágicos no existen, ya es demasiado tarde.

El tema -y hasta el recuerdo del honorable Stevenson- vienen al caso cuando se lee que según un estudio realizado por el Development Research Center, el 54% de los uruguayos cree que la democracia está amenazada. Las razones que determinan esa amenaza son varias, de acuerdo a la encuesta. La principal indica que el peligro para la estabilidad democrática consiste en la corrupción entre los políticos, y cabría agregar que también entre quienes rodean a los políticos. En ese plano y en este país podría aludirse por ejemplo a los turbios entretelones de los casinos estatales, al beneficio obtenido por empresas que se dedican a la limpieza en hospitales públicos o al clientelismo en un ente telefónico al que parece fácil ingresar por la ventana, quizá por la altura de la torre que aloja a ese organismo.

Otra gente, sin embargo, menciona motivos diferentes para referirse a los temores sobre la firmeza del sistema democrático. Uno de ellos es la falta de oportunidades de futuro para los jóvenes y otro consiste en la gran desigualdad entre ricos y pobres, un desnivel especialmente profundo en toda América Latina. Mencionar ese último rasgo es oportuno en el Uruguay, porque tres economistas vinculados a la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República han dictaminado que la distribución de la riqueza entre unas clases y otras no ha mejorado bajo el actual gobierno, lo cual es grave para una coalición política que dice apostar a las políticas sociales y enfatiza el alcance de sus planes de emergencia o de equidad.

El análisis realizado no es tranquilizador, porque indica que más de la mitad de la población no confía demasiado en la estabilidad democrática. El resultado del estudio, en cualquier caso, obliga a reflexionar sobre la profundidad de los conflictos sociales y los matices de insatisfacción colectiva capaces de agrietar y comprometer el futuro de un sistema apoyado en el respeto por las ideas ajenas, en el reconocimiento de los derechos del prójimo, en el juego de principios institucionales y en la estructura de valores y convicciones que pueden hacerse pedazos si sucumbe aquel respeto y se tambalea ese reconocimiento. La mejor manera de demoler la democracia, consiste en suponer que el ciudadano no tiene más que ir a votar cada cinco años, o que los políticos están cumplidos con su cuota de discursos quinquenales. En verdad, la democracia debe defenderse todos los días, en cada gesto del ciudadano, cada idea que se esgrime, cada servicio que se presta, cada palabra que se pronuncia y cada actitud que se asume ante los demás.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar