Cuiden al Presidente

No es la primera vez que estas líneas se ocupan de un fenómeno que debería preocupar a todos más allá de la camiseta partidaria: el presidente de la República está quedando innecesariamente expuesto. Él y su entorno, en lugar de preservar la investidura, la dejan a la intemperie todo el tiempo. El episodio de la camioneta es, en ese sentido, un manual de cómo no se protege la investidura presidencial.

Estas líneas no son sobre el episodio de la camioneta, no pretenden concentrarse en ningún tipo de acusación al respecto. Ya serán los organismos de contralor los que deberán determinar la conveniencia, o no, de dicha compra.

El problema no es ese. El problema es que un problema puntual haya desnudado con tanta brutalidad la fragilidad en la que queda el Presidente de la República. Explicación tras explicación, comentario tras comentario, información tras información la cosa empeora. La situación hoy es mucho más confusa e incómoda que al inicio cuando Patricia Madrid publicó la primer información al respecto.

Empecemos por Presidencia, que tuvo la peor idea posible: calificar el descuento como una “gentileza” de la concesionaria precisamente porque sabían que sería el auto presidencial. Es difícil imaginar una formulación más torpe. En una sola palabra, el entorno del presidente ató un aumento en el patrimonio económico de Yamandú Orsi a la condición de mandatario electo, que es exactamente el nudo ético que cualquier asesor competente habría querido desactivar. Lo expusieron ellos, no la oposición.

Siguió el prosecretario Jorge Díaz, que “salió a respaldarlo” con un argumento de abogado defensor: que al momento de la compra Orsi “no era funcionario público”, de modo que el Código de Ética no lo alcanzaba, y que él de ética no opinaba. Puede ser jurídicamente impecable. Políticamente es desastroso. Cuando el escudo que le ofrecen al presidente es “técnicamente no es ilegal”, ya se perdió la batalla, porque se admite tácitamente que en el plano de la confianza pública sí quedan dudas.

Y luego el oficialismo en pleno, sin coordinación alguna, salió a opinar a coro. El presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, lo “defendió” con una frase que lo hunde más de lo que lo salva: “no me preocupa cómo la compró, me preocupa que ande en un auto seguro”. Pretender llevar el episodio a una discusión sobre la seguridad vial es no querer entender qué se está discutiendo. No conforme con ello Pereira dijo que “Con el diario del lunes es fácil decir que esto no debería haberse hecho”. ¿Dónde se vio que quien dice querer defender al Presidente asume el error antes que él?

Pero lo de enmendarle la plana a Orsi no quedó allí. El Canciller Lubetkin, salió a decir que no está de acuerdo con que el Presidente trabaje en su auto particular. Algo que es obvio a esta altura, pero de vuelta: Lubetkin es un empleado del Presidente, debe protegerlo, no hacer mea culpa a su nombre en público.

Aquí está el verdadero asunto de Estado. A Yamandú Orsi, como ciudadano, que le pierdan el respeto es su problema. Que se lo pierdan al presidente de la República es un problema de todos. La investidura presidencial no es propiedad de quien la ejerce de manera transitoria: es una institución que garantiza continuidad democrática y previsibilidad, y se erosiona cada vez que se la deja expuesta a la intemperie por improvisación, vanidad o simple falta de oficio de quienes deberían blindarla.

Cuidar al presidente no es adularlo. Es ordenarle la comunicación, anticiparle los flancos, coordinar quién habla y, sobre todo, saber cuándo conviene callar. Un equipo que defiende al presidente con argumentos que agravan el problema no lo está protegiendo. La verdad es que, para defenderlo así, sería preferible que se quedaran callados.

Por eso la apelación final no es solo al gobierno. Si su propio partido y su propio entorno no son capaces de resguardar la figura presidencial, también es tarea de la oposición y de todos quienes quieren preservar nuestras instituciones señalar esta debilidad. No para sacar rédito menor, sino porque la degradación de la investidura, a la velocidad a la que está ocurriendo, nos empobrece como país.

Cuidar al presidente no es un favor que se le hace: es una obligación de quienes cobran por estar a su lado. Y si no saben hacerlo, si cada palabra suya deja al jefe de Estado más débil que antes, entonces el mejor servicio que pueden prestarle, y prestarnos, es el silencio. Cuiden al presidente. O, al menos, no lo expongan.

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